¿A quién sirve Alicia Bárcena al reunirse con Alex Soros?

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La reunión entre Alicia Bárcena, funcionaria del gobierno mexicano y Alex Soros no es un simple acto diplomático. Es un mensaje político de enorme gravedad. Se trata del acercamiento directo del gobierno mexicano con uno de los principales operadores globales de una agenda ideológica que busca transformar, desde sus raíces, la identidad cultural, social y moral de las naciones.

Alex Soros es el heredero y ejecutor del vasto entramado financiero y político de Open Society, una red internacional que opera en más de 120 países, invirtiendo miles de millones de dólares para imponer el modelo de la llamada “sociedad abierta”: un concepto que, bajo el disfraz de derechos, diversidad e inclusión, promueve la disolución sistemática de la familia, la relativización de la vida humana, la sexualización temprana, la ideología de género y la ingeniería social a gran escala.

En México, la presencia de estas fundaciones no ha sido marginal. En los últimos diez años, Open Society ha canalizado más de 1,130 millones de dólares a organizaciones nacionales dedicadas principalmente a promover el aborto, la agenda LGBT, la reconfiguración educativa y la presión legislativa para desmontar los valores tradicionales que han sostenido históricamente a nuestra sociedad. No se trata de filantropía: es activismo ideológico financiado con recursos extranjeros.

Por ello, la pregunta no es si la funcionaria debía reunirse con Alex Soros, sino por qué lo hizo y a nombre de quién. ¿En representación del pueblo mexicano o como interlocutora de intereses globales que buscan convertir a México en un laboratorio social? ¿Qué compromisos se discutieron? ¿Qué acuerdos se están tejiendo en lo oscuro del poder?

Resulta profundamente alarmante que, mientras millones de familias mexicanas luchan por sobrevivir en medio de la violencia, la pobreza y la inseguridad, la élite gobernante dedique tiempo y capital político a estrechar lazos con estructuras que impulsan la colonización cultural y la imposición ideológica. Esta no es una política exterior soberana: es una sumisión estratégica.

La llamada cultura “woke”, promovida por estas redes, no es un movimiento espontáneo ni una demanda social genuina. Es una construcción ideológica impulsada con miles de millones de dólares para reconfigurar conciencias, capturar instituciones y erosionar los cimientos morales de las naciones. Allí donde avanza, deja sociedades fracturadas, sistemas educativos ideologizados y una profunda descomposición del tejido social.

México no puede ni debe convertirse en un experimento más de ingeniería social financiada desde el extranjero. Nuestra historia, nuestras tradiciones, nuestra identidad cultural y nuestra visión de la vida y la familia no están en venta. Quien pretenda subastarlas al mejor postor ideológico traiciona no solo su cargo, sino la confianza de toda una nación.

Alicia Bárcena debe rendir cuentas. Debe explicar con absoluta claridad qué se negoció, qué se prometió y qué se pretende implementar. Porque cuando el poder político se arrodilla ante el poder financiero global, la soberanía deja de ser un principio y se convierte en una palabra vacía.

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