‘Tercera vía’ y socialdemocracia, las opciones para México
Hoy, la realidad mundial sorprende a México y al mundo entero. La resultante de la más reciente reunión del Foro Económico de Davos, en Suiza, lo ha dejado claro.
La idea que teníamos de un mundo polarizado, enfrentado, ha mutado y hoy tenemos una nueva circunstancia de disputa más que diplomática, formalmente ideológica en el mundo.
Aquellas dos posturas que reconocimos en las últimas décadas, aparentemente irreconciliables: la de los ‘soberanistas’ patrocinados por misteriosas fuerzas anti institucionales, personificadas por filántropos y multimillonarios de muy extraños orígenes, como el húngaro nacionalizado estadounidense George Soros; contra la de los ‘conspiracionistas’, por un “Nuevo Orden Mundial” (que terminó siendo, irónicamente, un auténtico desorden), impulsados desde los ochentas y noventas del siglo pasado por la dupla Reagan-Thatcher y que presuponía “que no había alternativa para el mundo más allá del capitalismo salvaje”. De hecho, su acrónimo llevado a la categoría de eslogan político ‘T.I.N.A.’ (There is no alternative) se constituyó en el credo de la política internacionalista del bloque EU-Reino Unido en el último cuarto del siglo XX.
Ambos bandos (‘soberanistas’ y ‘conspiracionistas’) han resentido en los últimos tiempos una especie de ‘mutación’ hacia formas más agresivas de contrariedad y confrontación entre sí.
Los ‘soberanistas’ adoptaron o hasta se asumieron de un tiempo a la fecha como impulsores de la llamada “agenda Woke” (significa despierto en inglés) y personifica a quienes se dicen “alertas” o “atentos” ante cualquier acto de injusticia social o discriminación. Su análisis parte de una dialéctica irresoluble y eterna: la relación opresor-oprimido, apoyándose de la llamada “equidad racial”, social, el feminismo, el reconocimiento de la comunidad LGBT+ y la lucha contra el racismo estructural.
Y por su parte, los oficialistas del gobierno estadounidense, antes oficiosamente ‘capitalistas salvajes’ y promotores de un mundo ‘unipolar’, con un solo centro hegemónico, combatientes a ultranza de las economías cerradas a la competencia y la apertura internacional; y opositores a las economías centralmente planificadas, hoy se adhieren a un discurso ‘Nacionalista Cristiano’, personificado por el presbiteriano Donald Trump, cuadragésimo séptimo presidente de la Unión Americana, quien ya vimos que sí es capaz de negociar un mando universal tripolar o hasta multipolar, siempre y cuando le sea concedido el control pleno (político, comercial y militar) del hemisferio occidental.
Se insiste. La forma en que terminó la reciente Cumbre de Davos, Suiza, propicia que deduzcamos este inverosímil saldo: el mundo entero experimenta, indiscutiblemente, el parto de un nuevo orden mundial. Con todas sus consecuencias.
Pero tal y como lo consigna el gran politólogo marxista, de nacionalidad italiana, Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere, el nuevo mundo lucha por nacer: ahora es el tiempo de los monstruos”, haciendo una alusión impecable del momento que vivió y que vive la humanidad, que a la manera de un “inter-regno”, surge como un período de crisis de hegemonía universal; donde lo viejo no acaba de irse y lo nuevo no acaba de instalarse plenamente como un régimen general.
Gramsci catalogó a esta ‘hora cero’ del mundo, como un ‘claroscuro’, donde ya no son efectivas las viejas normas y estructuras del poder, pero donde las nuevas aun no convencen ni son los suficientemente ‘probas’ para abrazarse.
Y los “monstruos” a los que se refería Gramsci, emboscados o anidados en estos períodos de transición, son la inestabilidad sistémica de los gobiernos, las crisis súbitas y profundas de los sistemas financieros y políticos y, atención, la variante más ilustrativa de este listado: el surgimiento de opciones políticas alternativas de carácter extremo, que se nutren de la ausencia de otras vías más claras para el electorado.
Una primera crisis pudiera decirse que ya apareció en la Cumbre Financiera Internacional de Davos, Suiza, la semana pasada.
Donde las formalidades dejaron ver discordia y hasta disolución previsible de ese foro-instrumento de negociación de importancia neurálgica para la estabilidad financiera y política del mundo occidental, a raíz de aquel 1971, en que el irremplazable genio de la diplomacia moderna, discutido y ponderado pero siempre admirado por ‘tirios y troyanos’, Henry Kissinger, sugiriera al entonces presidente estadounidense Richard Nixon, desestimar los acuerdos de Bretton Woods, firmados desde el mes de julio de 1944 y, de paso, ganar tiempo en lo que se encontraba una solución o un factor que materializara la riqueza acumulativa de las economías nacionales y que respaldase a sus respectivas monedas.
Cabe recordar que entonces se acordó que el patrón oro (oro sólido en barras o lingotes almacenados en grandes bóvedas propiedad de la Reserva Federal de los Estados Unidos) respaldaría en lo sucesivo o era la garantía de pago de esos pagarés que son los billetes o la moneda en papel estadounidense.
A partir de Bretton Woods (llamada así la resolución o acuerdo tomado por todos los países suscriptores, en su mayoría aliados al ganador de la Segunda Guerra, los Estados Unidos, por el poblado, ubicado en New Hampshire, EU, donde se celebró en las postrimerías de la conflagración universal, en 1944, la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas), fue cuando la economía mundial adquirió una moneda “casi” oficial en todo el mundo; un referente pues: el dólar estadounidense.
Pero este ‘bono de confianza post-guerra’, que el mundo le concedió a la Unión Americana, tuvo un inesperado fin, en 1971.
El mundo desconfiaba desde entonces de la existencia de suficientes lingotes de oro que respaldasen la capacidad de pago del dólar y, consecuentemente, que respaldaran a la propia Reserva Federal estadounidense de ‘echar a andar la maquinita’ de imprimir dólares sin rubor alguno y causar inflación como devaluaciones monetarias en todo el mundo (recordemos en México, el período encabezado por el presidente Luis Echeverría).
Sabedor de esto, el gran diplomático americano de origen alemán, Kissinger, alentó la creación de ese instrumento llamado “Foro Económico de Davos, Suiza”, mediante el que pudo Estados Unidos consolidar un nuevo período de ‘coexistencia pacífica’ de más de 50 años; se le debe en gran medida al hoy añorado exsecretario de Estado norteamericano.
El también impulsor del futbol soccer asociado, habría argumentado cientos de veces quizá, la necesidad de un mundo seguro, ante la amenaza inminente de una conflagración nuclear, dado que vivía ya la humanidad en alerta, en esos años que fueron los más álgidos de la llamada Guerra Fría.
Con ese argumento respaldó Kissinger su propuesta y, consecuentemente, así la presentó el presidente Richard Nixon al Congreso norteamericano y después al mundo.
Por eso convencieron los estadounidenses a la opinión internacional, que con patrón oro respaldando al dólar americano o sin él, ellos deberían permanecer en el liderazgo universal por un tiempo más, para garantizar la paz y la estabilidad del planeta.
Pero la ‘coexistencia pacífica’ está en riesgo y algunas formalidades, como las del economista y primer ministro de Canadá, Mark Carney, lo confirman.
Carney, enemigo acérrimo de la administración de Trump, dijo el pasado jueves 22 de enero que: “Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de fortalecer nuestra casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente, y es un camino abierto de par en par para cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros”.
Se reitera: se prevé la extinción de este grupo de discusión y ponderación política universal (Foro de Davos) muy pronto.
Un estudioso mexicano de Gramsci, el politólogo Heriberto M. Galindo Quiñones, en alguna de sus muy valiosas colaboraciones para el diario mexicano La Jornada en fechas recientes, extrajo una puntual cita que respalda nuestra prescripción: “Buenas maneras, hasta con los adversarios”, atribuyéndosela a Antonio Gramsci.
El también político Heriberto Galindo, rescata en su remembranza al intelectual italiano, en su visión compartida sobre la civilidad y la ética, que deben prevalecer en la vida pública y la comunicación política, incluso ante posturas contrarias, pero, ante todo, en que cuando se desdeña la diplomacia en un acto público, se degrada también la actividad política, así como se deprecia como asignatura social y política. Indiscutiblemente.
Viene este comentario a propósito de la forma en que se expresó el economista y primer ministro canadiense, Mark Carney, a su homólogo estadounidense Donald Trump. Fue un signo inequívoco de ruptura y de urgencia por encontrar nuevas vías y alternativas para la comunicación política entre actores y personalidades de gran calado.
Todo este escenario relatado a ustedes amables lectores, también nos obliga a ponderar estas nuevas “alternativas” consolidadas hasta hoy para el mundo de nuestros hijos y nietos: “Nacional-Populistas Cristianos” vs. “Soberanistas Woke”. ¡Ni a cuál irle! Dos auténticas amenazas fundamentalistas.
El mundo merece otras opciones…
Sobre todo, naciones como México, que no se encuentran liderando frente alguno.
Afortunadamente y en ese mismo orden de ideas, precisamente, se puede rescatar un par de alternativas más visibles y funcionales que siempre han estado ahí, frente a la realidad actual mexicana.
Con diferencias mínimas, apenas imperceptibles, está la ‘Tercera Vía’, que emergió a partir del llamado “Nuevo Laborismo” surgido en el Reino Unido durante el mandato de Tony Blair, es una corriente que al igual que la Socialdemocracia en su tratamiento a la fuerza laboral, pretende conciliar las políticas económicas del mercado, con las ideas y los instrumentos conducentes a la llamada justicia social, dentro del capitalismo agresivo de nuestros días.
Cabe destacar que la “Tercera Vía” es un producto de manufactura original mexicana, pues fue el destacado economista y funcionario gubernamental mexicano, don David Ibarra Muñoz (titular de la SHyCP de 1977 a 1982), quien aún vive afortunadamente y puede dar el testimonio, que fue en un foro internacional sobre macroeconomía, a inicios de los noventas (año 1994 o 1995), donde expuso su propuesta a la concurrencia y, entre ellos se encontraba el ‘chief of staff’ del entonces recién electo líder del Partido Laborista británico, el escocés Anthony Charles Linton Blair, mejor conocido como Tony Blair, quien sería electo años más tarde Primer Ministro británico (1997). La propuesta de don David Ibarra gustó a tal grado a los laboristas ingleses, que lo siguieron llamando para pedirle algunas ideas y confeccionar su propio modelo económico y social, adecuado a la realidad del Reino Unido y aplicarlo, consecuentemente.
Por su parte la Socialdemocracia, la otra gran alternativa, cuyo principal exponente ideológico fue el gran estadista alemán, Willy Brandt, fue concebida para sociedades con estructuras corporativizadas, con visiones más colectivas que individuales, aunque en esencia tienen pocas diferencias entre sí.
No obstante, hay que reconocer que el mundo ha cambiado. Hoy permea la idea de una “Sociedad del Conocimiento”, que habrá de traer de nuevo al debate, la importancia de rescatar las virtudes del ser individual.
Muchas de las ideas del héroe socialdemócrata alemán, Willy Brandt, perseguido por los nazis durante el régimen de Hitler, las trajo a México Porfirio Muñoz Ledo, quien las aplicó en la medida de lo posible al proyecto de gobierno del presidente Luis Echeverría desde la titularidad de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social.
Y es que por sobre todo lo anterior, tendrá que reapreciarse el valor de la mano de obra y del tiempo del trabajador con su familia o consigo mismo. Ahí estriba la funcionalidad de una u otra alternativa.
Cualquiera que sea la que se imponga entre los mexicanos que no coincidan con el Nacional-Populismo Cristiano de Trump y con el ‘Soberanismo-Woke’ trasnochado de George Soros.
Porque los mexicanos tienen muy claro algo. Nuestra realidad no admite modelos extremistas ni ocurrencias que impliquen más sacrificios. Los trabajadores mexicanos demandan justicia remunerativa y acceso al bienestar social de inmediato y con estabilidad.
Así que ni populismo atroz ni capitalismo salvaje.
Cierto populismo es bueno, pero siempre y cuando tenga sustentabilidad económica y financiera. Y cierto monetarismo (neoliberalismo) también es bueno, siempre y cuando tenga como una de sus prioridades el desarrollo social integral con énfasis en los que menos tienen.
Usted tiene la palabra.
Autor: Héctor Calderón Hallal
@pequenialdo; @CalderonHallal1