Asesinatos, caos y terror
Trump y el Estado salvaje armado contra su pueblo
Hay un punto en el que el abuso deja de ser exceso y se convierte en sistema. Un punto en el que la violencia deja de ser un error operativo y pasa a ser una herramienta deliberada para infundir miedo, someter y disciplinar. Estados Unidos parece haber cruzado ese umbral. Y lo ha hecho a plena luz del día, con cámaras encendidas, cadáveres sobre el asfalto y funcionarios defendiendo lo indefendible.
El asesinato artero y cobarde de Alex Pretti marca ese quiebre. Sometido, vejado, reducido, acribillado por la espalda, indefenso, por múltiples disparos directos. No fue un “incidente”. No fue un “uso excesivo de fuerza”. Fue una ejecución. Y lo que siguió fue todavía más revelador: impunidad cínica, criminalización de la víctima y el colmo de la infamia institucional: autoridades y voceros llamando “patriotas” a los asesinos. La barbarie no sólo se ejerce; se justifica, se normaliza y se protege.
Como si no bastara, el caso del niño Liam Conejo Ramos rompe cualquier intento de relativización. Detenido de manera arbitraria y violenta. Un niño indefenso, incapaz de comprender qué ocurre, preguntando por sus seres queridos mientras el aparato del Estado lo trata como amenaza. Las imágenes no admiten interpretación ideológica: son terror puro, aplicado con método. Un mensaje claro a la sociedad: nadie es demasiado pequeño para ser usado como escarmiento.
Y está también Aliya Rahman, ciudadana, mujer con discapacidad, arrastrada, golpeada y vejada por agentes federales cuando se dirigía a una cita médica. Sacada de su vehículo con brutalidad, ignorando su condición física y su dignidad humana. Las imágenes muestran lo que los comunicados ya no pueden ocultar: deshumanización absoluta. ¿Dónde está ella hoy? ¿Quién responde? ¿Quién rinde cuentas? Nadie.
Minnesota se ha convertido en epicentro de una indignación que ya no es marginal. Alcaldes llamando abiertamente a la defensa de su gente. Gobernadores activando la Guardia Nacional no para reprimir protestas, sino para proteger a la población de las propias fuerzas federales. Una escena impensable hace pocos años. Hoy es rutina. Y no es el único estado. El clima de terror se extiende. La pregunta ya no es si habrá más. Es cuántos seguirán.
La respuesta del poder federal ha sido tan obscena como predecible. Negación. Cinismo. Burla. El vicepresidente Vance, el secretario del rebautizado “Departamento de Guerra” —ya ni siquiera de Defensa— y la responsable de seguridad repitiendo el mantra hueco: “lo hacemos para protegerlos, my fellow Americans”. ¿Protegerlos de qué? ¿De niños? ¿De mujeres discapacitadas? ¿De ciudadanos desarmados?
No hace falta diagnosticar nada para advertir el deterioro. Basta observar la conducta: pérdida de inhibición, estallidos de ira cada vez más frecuentes, desprecio absoluto por la empatía, incapacidad para reconocer límites y una tendencia creciente a responder con violencia —verbal, política y operativa— a cualquier forma de disenso. Analistas, figuras públicas y líderes de opinión ya no se preguntan si esto es estrategia, sino hasta qué punto el descontrol personal de Trump se ha convertido en un riesgo objetivo para su propio país y para el mundo. Y aun si se tratara sólo de narcisismo exacerbado y no de algo más grave, la pregunta sigue siendo demoledora: ¿cómo puede una democracia permitir que alguien con este nivel de impulsividad concentre poder armado, agencias federales y capacidad de daño masivo sin contrapeso efectivo?
La caja china sigue funcionando. Groenlandia tapa al ICE. El ICE tapa los asesinatos. Los aranceles tapan el caos interno. Y en capas más profundas quedan ocultas la farsa y la complicidad en Venezuela, donde se toleran crímenes de lesa humanidad si hay rentabilidad política, y la inhumana negligencia frente a Irán, donde la retórica altisonante convive con una pasividad que no evita ni la represión ni el sufrimiento humano. Trump —y en esto no está solo— actúa sólo cuando hay beneficio. Todo lo demás es prescindible. Incluso la vida.
Habrá quien diga que exageramos. Es el mismo argumento que siempre precede a los abismos. Los regímenes no se vuelven salvajes de un día para otro. Se vuelven salvajes cuando el poder prueba la violencia y descubre que nadie lo detiene.
Hoy la pregunta ya no es qué le pasa a Trump. La pregunta es qué les pasa a quienes lo rodean y lo permiten. A los liderazgos republicanos que callan por cálculo electoral. A los demócratas que reaccionan tarde. A los jueces que miran a otro lado. A los mandos civiles y militares que obedecen sin límite. A los líderes internacionales que prefieren no incomodar.
Quítenle el arma al palurdo antes de que dispare contra todo.
No por él.
Por la gente.
Por lo que queda del Estado de derecho.
Porque cuando un gobierno llama patriotas a los asesinos, convierte niños en enemigos y arrastra mujeres indefensas en nombre de la seguridad, ya no gobierna: aterroriza.
Y la historia —siempre implacable— no absuelve a quienes, viéndolo venir, decidieron no hacer nada.
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