Aniquilar como forma de gobierno
El asesinato de Alex Pretti —enfermero de 37 años de edad, blanco, ciudadano estadounidense, trabajador del sistema de veteranos, abatido por un agente del ICE en Minneapolis— no es solo un hecho violento más en la estadística de una administración obsesionada con la fuerza. Es un patrón que comienza a repetirse y que va delineando la aniquilación como forma de gobierno. Renee Good fue asesinada también por la corporación antimigrantes tildada como “la Gestapo de Donald Trump” para exhibirlo como el fascista moderno que nadie parece poder detener.
La batalla de hoy no es siquiera sobre la forma en que esta extremista política se convierte en persecución ideológica contra todo aquel que disienta. La batalla es sobre si la muerte era el camino justo para aquel “terrorista armado para algo grande” como calificó el gobierno a Alex. Pam Bondi, cabeza del Departamento de Justicia, celebró la injusticia y llamó “héroes” a los asesinos. Los reconoció con honores. Trump culpó a los líderes políticos de Minnesota por incentivar las protestas y “provocar” lo sucedido.
Una señal de que el lenguaje del poder ya no busca explicar la realidad, sino fabricarla.
La escena, registrada por testigos, contradice el relato oficial: Pretti intentaba proteger a una mujer, fue rociado con gas pimienta, derribado, golpeado y luego ejecutado a tiros. La respuesta del gobierno fue inmediata y predecible: no investigación, no contención, no prudencia. Difamación. De “héroe” para su familia, a “terrorista” para la maquinaria discursiva de la Casa Blanca. La vieja fórmula: matar primero, justificar después, negar los hechos, convertir a la víctima en amenaza. Transformar la brutalidad en “autodefensa”. La estrategia DARVO “Deny, Attack, Reverse Victim and Offender”.
Es una técnica clásica de manipulación política, psicológica y mediática, usada por abusadores, gobiernos autoritarios, líderes populistas y estructuras de poder cuando son acusados de violencia, abuso o crímenes.
Un mensaje pedagógico, casi doctrinal, dirigido tanto a la sociedad como a las fuerzas del Estado: el abuso extremo de autoridad es legítimo si el enemigo está bien construido. La lógica es simple y brutal: no importa lo que ocurrió, importa lo que el gobierno diga que ocurrió. La verdad se vuelve maleable. La muerte, negociable. La legalidad, un accesorio retórico.
En ese punto, el conflicto ya no es entre seguridad y derechos, ni entre orden y libertad. Es entre realidad y propaganda. La disputa por las narrativas nos empuja al relativismo más absurdo: un gobierno construyendo argumentos para convencer a su pueblo de que matar ciudadanos mediante el abuso extremo de poder es un camino correcto. Una pedagogía del terror que funciona como mensaje interno para las fuerzas represivas: ustedes son los nuevos superpoderosos, los autorizados para decidir quién vive y quién muere.
Las protestas en Minneapolis y en otras ciudades se han sobrepuesto a las condiciones climáticas extremas del fin de semana con tormenta de nieve y temperaturas bajo cero como respuesta política al colapso extremo también de los límites.
Cuando el ICE dispara contra ciudadanos, cuando se despliega la Guardia Nacional, cuando las calles se llenan de barricadas improvisadas y consignas, lo que emerge no es el caos: es la fractura entre el poder y la sociedad. Gobernadores, alcaldes, senadores, periodistas y ciudadanos coinciden en una misma palabra: terror. Terror de Estado. No como metáfora, sino como método.
El problema no es solo Trump. Es el modelo. Un modelo de gobierno que ya no busca consenso, sino sumisión y que paradójicamente se adapta a la perfección al sistema que anunciaba a Estados Unidos como el país de la libertad; que ya no gobierna mediante instituciones, sino mediante miedo; que no persuade con políticas, sino con castigo. María Gessen lo escribió con crudeza en su columna de hoy en The New York Times: no se trata de gobernar, sino de someter a la población a un estado permanente de ansiedad. El miedo como arquitectura del poder. El Estado como el nuevo terrorista.
Lo peor es que según la narrativa del trumpianato, los migrantes “valen menos” que los ciudadanos estadounidenses. Pero la tortura simbólica y la muerte real ya alcanzan a sus propios ciudadanos. Si esto es lo que recibe un enfermero estadounidense, propietario legal de un arma, trabajador del Estado, ¿qué destino espera a quienes ni siquiera tienen ciudadanía o aquella nationality? El desprecio absoluto a la vida.
Los crímenes injustificables son el principio del fin. Cuando Maquiavelo escribe El príncipe, incluye una advertencia sobre el abuso de poder y autoridad: debía evitarse, porque no hay estabilidad para un gobernante que acumula el desprecio total de su pueblo, y eso termina en protestas o incluso en golpes para sacarlo del poder.
Si la ética no le dice nada a Donald Trump, el pragmatismo debería hacer detener esta irracionalidad. Porque incluso desde la lógica más cínica del poder, gobernare sobre cadáveres y mentiras no construye estabilidad, solo acelera el derrumbe.