El triste caso de la embajada de México en el Reino Unido
Como ha sido informado, el ex fiscal Alejandro Gertz Manero será eventualmente ratificado por el Senado para desempeñarse como embajador de México en el Reino Unido. Se confirmará de nuevo que los máximos cargos de la diplomacia mexicana sirven como obsequios de consolación o como métodos de premiación –o de silenciamiento– de incómodos personajes de la clase política mexicana.
Se desconoce, en realidad, la verdad detrás de la salida de Gertz. Algunos han apuntado hacia una probable colaboración de la Fiscalía a su cargo con el Departamento de Justicia estadounidense, lo que habría incomodado profundamente a la presidenta Sheinbaum y a otros miembros conspicuos del morenismo. Otros le han responsabilizado por sus supuestas omisiones en el caso del rancho Izaguirre, mientras que otras voces le han recriminado su impericia al frente de la institución responsable de perseguir los delitos del orden federal. Se ha tratado, en todo caso, de un nombramiento político.
Sin embargo, el caso de la embajada mexicana en Londres merece una atención especial. De acuerdo al diario español El País, Josefa González-Blanco, la embajadora saliente, fue reportada por dieciséis funcionarios por haber presuntamente cometido actos de acoso laboral. De acuerdo al informe, la embajadora mostró comportamientos hostiles, vejatorios y abiertamente humillantes contra sus colaboradores.
González-Blanco, nombrada embajadora por el presidente AMLO, no cuenta, al igual que Gertz, con la menor experiencia diplomática. Por el contrario, será recordada como una mujer sin talante ni credenciales. De manera anecdótica, se traerá a la memoria el vídeo en que la funcionaria pretende imitar un acento británico propio de la clase alta inglesa, mejor conocido como “Queen´s English”. El suceso fue reproducido como un acto de soberbia y ridiculez propios de una mujer cuyo penoso paso por Londres ha quedado al descubierto.
En suma, la presidenta Sheinbaum y el secretario Juan Ramón de la Fuente no demuestran el menor respeto hacia lo que conlleva ostentar la distinción de representar a México con el máximo cargo diplomático, y particularmente a través de la sede mexicana en una de las principales potencias del mundo.
Los casos de González-Blanco y Gertz Manero han puesto de manifiesto cómo la presente administración, en su voluntad de premiar hombres y mujeres leales -o incómodos- al movimiento, utiliza sin titubeos las representaciones de México en el extranjero para nombrar improvisados y personajes que no han hecho más que mancillar la reputación de la diplomacia mexicana.