Trump y el capricho como doctrina
Hay frases que retratan una forma de pensar. La carta atribuida a Donald Trump, dirigida al primer ministro noruego Jonas Gahr Støre, pertenece a esa categoría. “Ya no siento la obligación de pensar únicamente en la paz”, dice el presidente de Estados Unidos, dolido porque Noruega —o, más bien, el aura escandinava del Nobel— no le concedió el Premio de la Paz. El mensaje no es diplomático ni elegante, pero sí profundamente revelador: para Trump, la paz, la guerra, la cooperación o el castigo no son principios, sino estados de ánimo.
No es la primera vez. Tampoco será la última. Trump ha gobernado —en sus dos administraciones— con una lógica que se parece más al berrinche que a la estrategia. Una lógica donde el reconocimiento personal pesa más que la arquitectura institucional, y donde el aplauso se confunde con legitimidad histórica. El Nobel, en este contexto, no es un premio: es una herida narcisista que exige desquite.
Trump asegura haber “parado ocho guerras”. La afirmación es tan grandilocuente como difusa, pero coherente con su estilo: magnificar su papel, simplificar procesos complejos y reducir la diplomacia internacional a una especie de reality show geopolítico. Si me premian, soy pacificador; si no, me reservo el derecho de dejar de serlo. La paz como moneda emocional.
Ese es el hilo conductor de muchos de sus caprichos presidenciales. En su primera etapa en la Casa Blanca, Trump decidió abandonar el Acuerdo de París sobre cambio climático no porque fuera inviable, sino porque no había sido suyo. Despreció la OTAN para luego exigirle lealtad, coqueteó con Kim Jong-un a golpe de tuits, rompió el acuerdo nuclear con Irán porque llevaba la firma de Obama y convirtió la política migratoria en un espectáculo de castigo simbólico: el muro como tótem, más que como solución.
No gobernaba para resolver, sino para marcar territorio. Cada decisión llevaba implícito un mensaje: aquí mando yo, y mando como quiero. La racionalidad quedaba en segundo plano; lo importante era el gesto, la escena, la reacción inmediata. Trump no buscaba consensos, buscaba impactos.
Su regreso al poder no ha modificado esa lógica; la ha radicalizado. Ahora hay menos sorpresa y más rencor acumulado. Menos improvisación ingenua y más cálculo emocional. El mundo ya no es un tablero desconocido, sino un álbum de agravios. Europa no lo admiró lo suficiente. Los organismos multilaterales no lo celebraron como creía merecer. El Nobel, ese símbolo máximo de validación moral, nunca llegó. Y Trump no olvida.
Por eso la carta a Noruega encaja tan bien en el personaje. No es solo una queja; es una advertencia. Si no me reconocen como pacificador, puedo dejar de actuar como tal. Como si la contención fuera una concesión personal y no una obligación inherente al poder que ejerce.
Este tipo de razonamiento es peligroso no por lo que dice, sino por lo que normaliza. La idea de que la estabilidad global depende del estado de ánimo de un solo hombre. Que las reglas existen mientras satisfacen el ego del líder. Que la paz es un favor, no un deber.
Trump ha sido consistente en ese enfoque. Caprichoso con China, alternando guerras comerciales con elogios personales a Xi Jinping. Caprichoso con América Latina, usando la amenaza arancelaria como látigo político. Caprichoso incluso con sus propios aliados, a quienes mide no por valores compartidos, sino por la cantidad de halagos que le prodigan.
Nada de esto es accidental. Trump cree sinceramente que el mundo funciona como él: a base de fuerza, transacción y vanidad. En ese universo, los premios importan porque validan al ganador, no porque simbolicen una causa. Y si el premio no llega, la causa se relativiza.
El problema es que Estados Unidos no es una empresa privada ni un programa de televisión. Sus decisiones no afectan ratings, afectan vidas. Cuando el presidente sugiere que ya no se siente “obligado” a pensar en la paz, no está haciendo una broma; está desnudando una visión del poder donde la ética es opcional y la responsabilidad, negociable.
Trump no inventó el uso político del capricho, pero sí lo elevó a doctrina. Gobernar desde el impulso, corregir desde la revancha, anunciar desde la ocurrencia. Y ahora, con la experiencia acumulada y el resentimiento intacto, ese estilo resulta aún más inquietante.
La comunidad internacional haría mal en tomar estas declaraciones como simple bravuconería. Detrás del tono infantil hay una lógica clara: si el mundo no me celebra, el mundo puede pagar el precio. Es una política exterior basada en la susceptibilidad, una diplomacia de piel delgada.
El Nobel de la Paz, paradójicamente, fue creado para reconocer esfuerzos colectivos, procesos largos, renuncias silenciosas. Todo lo contrario al trumpismo. Tal vez por eso nunca llegó. Y tal vez por eso Trump no lo perdona.
Al final, el verdadero problema no es que Donald Trump se sienta menos obligado a pensar en la paz. El problema es que nunca entendió que pensar en la paz no es una opción, sino una responsabilidad histórica. Y que el poder, cuando se ejerce desde el capricho, deja de ser liderazgo para convertirse en riesgo.
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