Ayer pasó de nuevo. Y no pasó nada
“La violencia no es solo un acto físico: es la negación misma de la vida social y política de las mujeres.”
Judith Butler
“La indiferencia frente a la violencia sistemática es su forma más eficaz de reproducción.”
Diana Russell
Ayer volvió a pasar. Y como manda la tradición institucional mexicana, no pasó nada.
En Culiacán, Sinaloa, Ivonne Daniela “N”, de aproximadamente 18 años, y Michel “N”, de 19, fueron asesinadas a balazos en plena vía pública, en la colonia Juntas de Humaya. Murieron jóvenes, a plena luz del día, como parte de un patrón que ya ni siquiera sorprende: siete mujeres asesinadas en lo que va de enero en ese estado. La violencia, puntual como el calendario.
La Fiscalía General de Sinaloa abrió carpetas por feminicidio y homicidio doloso. La Fiscalía General del Estado de Sinaloa, encabezada por Claudia Zulema Sánchez Kondo, abrió carpetas de investigación por feminicidio y homicidio doloso.
El procedimiento se activó. El lenguaje jurídico quedó en orden. El sistema cumplió consigo mismo.
Se cumplió el ritual. Se activó el protocolo. Se hizo lo de siempre. Como si llenar formatos fuera una forma de justicia y no apenas una coartada administrativa.
Mientras eso ocurría, Claudia Sheinbaum, presidenta de México, y su gabinete mantuvieron la agenda intacta.
Hubo mañanera. Hubo discursos. Hubo cifras cuidadosamente seleccionadas. Hubo ese tono de todo bajo control que ya es marca registrada del régimen. Nada que sugiriera que dos mujeres acababan de ser asesinadas. Nada que interrumpiera la rutina.
Las muertes de Ivonne y Michel quedaron, otra vez, clasificadas como “hechos aislados”.
En este país, cuando algo ocurre todos los días, se le llama aislado. Es una convención semántica muy útil para no hacer nada.
No es que el gobierno no se entere. Es que ya aprendió que no pasa nada cuando pasa. Ese aprendizaje tiene nombre y apellido.
Andrés Manuel López Obrador dedicó seis años a construir una pedagogía política basada en la anestesia social. No resolver la violencia, sino enseñarnos a vivir con ella. No enfrentar la tragedia, sino repetir que antes era peor hasta que el presente dejara de importar.
La conversación pública se llenó de cifras, comparaciones, gráficas optimistas y relatos de eficiencia que jamás tocaron la realidad. No se corrigieron crímenes. Se diluyeron.
Claudia Sheinbaum no inventó ese método. Lo heredó. Y lo ejecuta con disciplina. Hasta ahora no ha mostrado intención de corregirlo ni de romper el guion. Su gobierno sigue apostando por lo mismo: minimizar lo incómodo y amplificar lo irrelevante. Gobernar sin que la violencia estorbe.
El resultado es predecible: el escándalo dejó de tener costo político.
La indignación social dura lo que dura un hilo de X. Las víctimas se acumulan. Las responsabilidades se evaporan. Nadie cae. Nadie responde. Nadie paga.
La Fiscalía de Sinaloa abrió carpetas. Eso es procedimiento. Pero procedimiento no es justicia. Los asesinatos de Ivonne y Michel —y de otras cinco mujeres en el mismo periodo— quedaron debidamente archivados en la estadística burocrática, mientras el país siguió con su programación habitual.
En paralelo, Ernestina Godoy Ramos, al frente de la Fiscalía General de la República, reconoce fallas en la atención de la violencia contra las mujeres. Las reconoce. Las enumera. Las lamenta. Y ahí se quedan. Porque el reconocimiento sin consecuencias es solo otra forma de simulación.
Las mañaneras —la presidencial y sus réplicas estatales— no informan: anestesian. Saturan el espacio público de palabras irrelevantes para que lo verdaderamente grave pase sin eco. No explicaron cómo ni por qué fueron asesinadas Ivonne y Michel. No exigieron resultados. No declararon crisis. No alteraron la agenda.
Aquí no estamos frente a un Estado rebasado. Estamos frente a un Estado que aprendió a gobernar desde el rebase, convirtiéndolo en normalidad administrada. El desorden ya no es un problema: es el método.
No se trata de emociones. Se trata de política. Se trata de responsabilidad. Se trata de poder. Se trata de que la muerte de una mujer deje de ser una línea más en un reporte policial, una cifra que sirve para la estadística pero no para la justicia.
Las cifras oficiales confirman lo evidente: en 2025 se registraron 444 feminicidios. El número es escandaloso. La respuesta del Estado, no. Porque las cifras se anuncian, se acomodan y se olvidan, sin que detonen políticas de choque reales.
Mientras tanto, Clara Brugada, jefa de Gobierno de la Ciudad de México, presume reducciones estadísticas y, bolígrafo en mano, asegura que estamos “a punto de erradicar la impunidad”. El problema es que la realidad no lee comunicados y la violencia cotidiana no se deja convencer por discursos optimistas.
De nada sirven cifras maquilladas, diagnósticos floreados o planes de seguridad si todos los días hay nombres de mujeres que terminan convertidos en números sin rostro.
Ese es el verdadero horror. No la violencia —tan antigua como el patriarcado—, sino la indiferencia institucional frente a ella.
Ayer pasó de nuevo. Se llamaban Ivonne y Michel.
Y como ya es costumbre en este país, no pasó nada.