Solo yo soy la verdad

No oigo, no oigo, soy de palo; tengo orejas de pescado.

Rima popular infantil

Muchos crecimos escuchando aquella vieja cancioncilla infantil. Era la respuesta clásica cuando un niño no quería escuchar absolutamente nada que contradijera sus deseos. Bastaba taparse los oídos, repetir el estribillo y fingir que el mundo desaparecía. Era una travesura inocente. Una manera infantil de creer que la realidad podía modificarse simplemente ignorándola. Con el paso de los años aprendimos que las cosas no funcionan así. O al menos eso creíamos.

Décadas después, Carlos Salinas de Gortari dejó para la historia política mexicana una frase igualmente célebre: “ni los veo ni los oigo”. Aquella expresión fue interpretada como soberbia, distancia o indiferencia frente a quienes cuestionaban al poder. Vista desde la perspectiva actual, casi parece una versión moderada de algo mucho más inquietante. Porque ya no se trata solamente de no escuchar o de no ver. Se trata de negar. Negar una crítica. Negar una evidencia. Negar una elección. Negar una encuesta. Negar una realidad. Negar cualquier hecho que contradiga una narrativa previamente construida.

La palabra “delirio” suele utilizarse con una ligereza sorprendente. En el lenguaje cotidiano se emplea como sinónimo de disparate, exageración o fantasía. Sin embargo, en psicología y psiquiatría posee un significado mucho más preciso. Un delirio no es simplemente una mentira ni una equivocación. Se refiere a una creencia sostenida con firmeza pese a evidencias importantes en sentido contrario. Conviene aclararlo desde el principio: no corresponde a periodistas, analistas ni columnistas formular diagnósticos clínicos sobre personajes públicos. Hacerlo sería irresponsable. Pero sí corresponde observar conductas, identificar patrones y reflexionar sobre ellos. Y algunos patrones que hoy observamos en la política mundial merecen atención.

Las democracias descansan sobre una premisa elemental: nadie posee el monopolio de la verdad. Precisamente por eso existen elecciones, tribunales, congresos, organismos autónomos, medios de comunicación y mecanismos de control institucional. Todos parten de una misma idea: los seres humanos pueden equivocarse. Los ciudadanos pueden equivocarse. Los periodistas pueden equivocarse. Los jueces pueden equivocarse. Los gobernantes pueden equivocarse. Precisamente porque nadie es infalible, las sociedades libres construyen instituciones capaces de corregir errores y establecer contrapesos. El problema comienza cuando alguien deja de contemplar la posibilidad de estar equivocado. No cuando cree tener razón, porque todos creemos tener razón alguna vez. No cuando defiende sus convicciones, porque todos tenemos convicciones. No cuando sostiene una posición firme, porque la política está llena de posiciones firmes. El problema surge cuando desaparece la duda.

Cuando una elección es impecable si se gana y fraudulenta si se pierde. Cuando una encuesta es rigurosa si favorece y manipulada si contradice. Cuando un juez es honorable si coincide y corrupto si discrepa. Cuando la prensa es libre si elogia y enemiga si cuestiona. Cuando un aliado es brillante mientras obedece y traidor cuando expresa reservas. Cuando toda evidencia favorable se convierte en verdad absoluta y toda evidencia adversa se transforma automáticamente en conspiración. En ese punto ya no estamos observando un simple desacuerdo político. Estamos observando algo más profundo: la sustitución gradual de una realidad compartida por una realidad personal.

Los ejemplos abundan y atraviesan ideologías, continentes y generaciones. Miguel Díaz-Canel insiste en presentar como expresión de soberanía popular un sistema donde la competencia política efectiva prácticamente no existe. Daniel Ortega transformó una revolución que prometía pluralismo en un régimen donde la disidencia es perseguida. La dinastía Kim en Corea del Norte ha llevado el culto a la personalidad a extremos que parecen extraídos de una novela distópica. Los ayatolás iraníes presentan la discrepancia no sólo como una diferencia política sino casi como una desviación moral. En distintos países africanos algunos dirigentes han modificado constituciones y reglas electorales para prolongar su permanencia en el poder. Vladimir Putin ha construido durante años una narrativa donde Rusia nunca actúa por error y siempre responde a agresiones ajenas. Donald Trump insiste en que las elecciones son ejemplares cuando gana y sospechosas cuando pierde, descalifica a medios que lo cuestionan, convierte periodistas en adversarios y presenta cualquier crítica como una conspiración. Los nombres cambian. Las banderas cambian. Las ideologías cambian. Lo que permanece es la misma tentación: sustituir los hechos por una narrativa propia y convertir esa narrativa en una verdad superior.

Quizá por eso resultan tan reveladoras ciertas escenas recientes. Entrevistas donde preguntas incómodas provocan irritación inmediata. Periodistas convertidos en enemigos por el simple hecho de preguntar. Medios acusados de conspirar contra el país. Jueces cuestionados cuando no complacen al poder. Aliados convertidos en adversarios por discrepar. Videos generados con inteligencia artificial donde se insiste una y otra vez en una idea obsesiva: todos aman al líder, todos lo respaldan, todos lo necesitan. Resulta una paradoja fascinante. Nunca en la historia reciente tantos dirigentes afirmaron sentirse tan amados mientras dedicaban tanto tiempo a combatir a quienes supuestamente no los aman. Si todos los respaldan, la lista de enemigos resulta extraordinariamente extensa. Si todos los admiran, la irritación frente a las preguntas resulta difícil de explicar. Si la verdad es tan evidente, la necesidad de repetirla sin descanso resulta cuando menos llamativa.

Existe una vieja máxima atribuida a propagandistas del siglo pasado según la cual una mentira repetida suficientes veces termina pareciendo verdad. La repetición puede influir en percepciones. Puede moldear emociones. Puede alterar narrativas. Lo que jamás ha conseguido es modificar los hechos. Los hechos permanecen. Resisten. Esperan. La inflación no desaparece porque alguien la niegue. Los déficits no desaparecen porque alguien los desconozca. Las derrotas no se convierten en victorias porque alguien las rebautice. Las crisis no desaparecen porque se les cambie el nombre. La realidad posee una característica extraordinariamente incómoda: no necesita nuestra aprobación para existir.

La historia ofrece una lección constante. Napoleón terminó convencido de que Europa podía acomodarse indefinidamente a su voluntad. Hitler llegó a creer que la realidad militar terminaría obedeciendo sus deseos. Stalin convirtió la discrepancia en traición. Mao transformó errores evidentes en dogmas intocables. Ninguno comenzó proclamándose enemigo de la realidad. Todos comenzaron creyéndose excepcionalmente capaces de interpretarla. El problema apareció cuando dejaron de distinguir entre interpretar la realidad y sustituirla.

Tal vez ahí se encuentre la verdadera enseñanza de nuestro tiempo. El problema no surge cuando una persona tiene su propia interpretación de los hechos. Todos la tenemos. El problema surge cuando la realidad misma comienza a ser tratada como una adversaria porque se niega a coincidir con esa interpretación. El problema aparece cuando se deja de discutir con periodistas y se empieza a discutir con los hechos. Cuando se deja de debatir con adversarios y se comienza a debatir con la evidencia. Cuando la verdad deja de ser algo que se busca y se convierte en algo que se proclama como propiedad exclusiva.

Existe una diferencia enorme entre decir “creo tener razón” y decir “yo soy la razón”. Existe una diferencia enorme entre defender una convicción y exigir que los hechos se sometan a ella. Existe una diferencia enorme entre interpretar la realidad y pretender sustituirla. Y quizá esa diferencia sea una de las fronteras más importantes que separan a la democracia del autoritarismo. Porque las democracias exigen algo que los autoritarismos detestan: humildad. La humildad de aceptar límites. La humildad de reconocer errores. La humildad de admitir derrotas. La humildad de escuchar críticas. La humildad de aceptar que ninguna persona, por poderosa que sea, representa por sí sola la verdad.

Cuando esa humildad desaparece, las instituciones se convierten en obstáculos, la prensa se convierte en enemiga, los tribunales se convierten en estorbos, las elecciones se convierten en sospechosas y los hechos se convierten en una molestia. Los autoritarios de todas las épocas comparten una tentación común: dejan de creer que poseen una verdad para comenzar a creer que ellos mismos son la verdad.

La psiquiatría estudia los delirios. La política estudia el poder. La historia estudia las consecuencias, pero tambien enseña una lección constante, severa e implacable: los problemas más graves no comienzan cuando alguien cree tener razón. Comienzan cuando alguien deja de admitir la posibilidad de estar equivocado. Comienzan cuando desaparece la duda. Comienzan cuando la realidad deja de ser un punto de referencia y se convierte en una enemiga.

Los niños pueden cantar “no oigo, no oigo, soy de palo” porque son niños. Las democracias, en cambio, no tienen ese lujo. Porque la realidad podrá ser incómoda. Podrá ser molesta. Podrá ser cruel. Podrá contrariar nuestras convicciones y frustrar nuestros deseos. Pero posee una característica que jamás ha perdido.

La realidad suele ser paciente.

Y nunca ha perdido una sola de sus batallas.

X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinionsalcosga23@gmail.com

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