¿Destruir, asesinar una civilización y una cultura entera?, los persas no lo hicieron

El mundo “occidental” y otras regiones terrestres se han venido informando de manera más o menos certera de lo que en realidad sucede en el campo de guerra tras el ataque de Israel y Estados Unidos contra Irán, y la respuesta de este, gracias no a los medios de comunicación convencionales sino a la sólida y constante presencia de académicos, especialistas, expertos y exfuncionarios de seguridad y guerra internacionales, en medios alternativos. En particular en youtube, donde investigadores y comunicadores entrevistan a esos conocedores especializados en la problemática. Nombres de entrevistadores como Glenn Diesen, Nima Alkhorshid, Tucker Carlson, Danny Haiphong, y entrevistados como Jeffrey Sachs, Seyed Mohammad Marandi, Pepe Escobar, Gilbert Doctorow, Jiang Xuequin, Stanislaw Krapivnik, Laurence Wilkerson, Scott Ritter y algunos más.

Entre estos, me interesa destacar a los profesores Jeffrey Sachs, un judío antisionista, y Seyed Mohammad Marandi, iraní musulmán, quienes no sólo informan acuciosamente de manera regular sino que hacen análisis tanto actuales como prospectivos (sin caer en ese juego-trampa de supuestos geo-politólogos que “analizan” con una esfera en las manos para predecir el futuro). En la semana reciente, a partir del 7 de abril, estos profesores han alzado la voz para subrayar, reclamar, demandar y señalar al mundo que los medios convencionales de comunicación y sus analistas, periodistas sesudos con miles o millones de seguidores en las redes sociales, no han establecido un posicionamiento determinante, radical, frente a una de las mayores amenazas genocidas de Donald Trump –que se yergue como la culminación de los crímenes de lesa humanidad que han estado perpetrando impunemente en Palestina, Líbano e Irán, el propio Trump (y su enloquecido secretario de Guerra, Peter Hegseth) y Netanyahu–: la completa aniquilación de una civilización y una cultura milenarias, la actual Irán, depositaria de la historia y la tradición persa. Esta amenaza significa un riesgo terminal para ese pueblo y un atentado contra la humanidad: el uso de la destrucción nuclear. El hecho de sólo proferirla, es un crimen barbárico.

Cuando supe de la insana amenaza lanzada por Trump, pensé en lo mismo que probablemente muchos: en la arrogancia, la locura, la perversidad y lo maldito. Y me remití a dos o tres citas que habían estado dando vueltas en mi cabeza desde que Irán ha sido objeto de ataque sionista en 2025 y 2026: las evidencias del profesor teórico de la cultura, Alfred Weber, sobre la civilización y la sociedad persa en su libro Historia de la cultura, publicado en 1935 en Alemania y que he releído en varias ocasiones (en México, FCE, 1941). Un libro que explica la historia universal por medio de las expresiones civilizatorias y culturales de las distintas sociedades que han existido (desde las culturas primarias, Egipto, Babilonia, China e India, hasta la cuarta década del siglo XX, pasando por los imperios dominantes durante ese curso de tiempo). Más clara resulta la propuesta del libro por su título en alemán: Kulturgeschichte als Kultursoziologie (Historia de la cultura como sociología de la cultura). En él establece cómo el pueblo persa (parte de las culturas primarias de primer grado, es decir, las antiguas del Asia y el Mediterráneo: persas, judíos, griegos, romanos), cuando fue dominante y conquistó otros pueblos, nunca los eliminó ni les impuso su propia cultura o el zoroastrismo, su religión; no los asesinó ni adoctrinó. Es decir, dentro de todo terrible que implica una conquista, fue una civilización noble y aun generosa, interesada sobre todo en el comercio. (Junto a la del historiador Weber en tiempos modernos, resulta asimismo gozosa la narración de la grandeza persa en voz de Heródoto, en Los nueve libros de la historia).

Así actuó Persia también con los judíos sometidos: los dejó ser. Y viendo lo que sucede ahora uno piensa: qué error, ¿por qué no los eliminaron hace tres mil años? Pero en realidad, esos judíos llegados de Egipto, integrados a los grupos locales, todavía no obligados por sus sacerdotes a idolatrar a Yahvé, adoradores incluso de Baal, no eran los mismos que los hoy judíos sionistas askenazis que se han apropiado no sólo de esas tierras antiguas sino de la etnicidad local queriendo hacer creer que ellos son los herederos por gracia de su dios; que como escogidos de su dios esas tierras les fueron prometidas hace 3 mil años.

El propio Weber, en relación a la no existencia de Cristo (de lo que no hay evidencia histórica), y citando una descripción naturalista de Josefo sobre el posible perfil de Jesús, caracteriza al judío promedio de la época: tez oscura (grisácea, más bien), de pequeña estatura, de tres codos de alto, jiboso, con rostro alargado, con cejas que se juntaban las cuales podían asustar a los que le veían, con poco cabello desmelenado y partido por una raya sobre la frente al modo de los Nazarenos, con escasa barba y nariz aguileña (en el libro citado de Weber, pág. 132). Es decir, todo lo contrario al rubio turco-polaco-ruso-ucraniano, o mezcla semejante tipo Netanyahu, que se apropió de lo que hoy se llama Israel desde 1948, el súmmum de una política europea sionista, colonialista. De ahí que los sionistas quieran arrasar con todo y deseen eliminar (asesinar en realidad, pues Israel sionista es un Estado asesino) a todos quienes les rodean para ampliarse del Éufrates al Nilo –su sueño de “El Gran Israel” –, a parir de un torcido revisionismo bíblico que justifica su política territorial expansionista. En consecuencia, sí es necesario diferenciar el judaísmo auténtico del sionismo secular asesino y colonialista.

Alfred Weber explica la magnanimidad persa en las dos citas subsecuentes, como sigue:

1. El círculo de cultura del Asia occidental, que fue determinado en fin de cuentas sobre todo por la dominación de los persas, presenta como pueblo de más esencial importancia para la historia universal al judeo-israelita que apenas contaba con un millón y medio de almas. Ocurre que los persas, aunque actúen como dominadores, dejan subsistir la armazón de la vieja cultura de los pueblos sometidos, de suerte que esta permanece viva durante todo el tiempo, y sigue irradiando su influjo. Por el contrario, el círculo de culturas mediterráneas, representado sobre todos por los griegos y romanos, destruye las estructuras sociales e incluso culturales que encuentra.

2. Los judeo-israelitas fueron elevados a su misión universal por la corriente de un pueblo extraño, a saber, por los elementos de alcance universal que les suministraron los persas, este gran pueblo de la parte oriental del Asia Menor, de carácter dominador moldeado por la religión de Zoroastro. (Ambas citas, en Weber, ob. cit., pp. 69-70).

Una cosa resalta de estas dos referencias, más allá de la generosidad de un pueblo: que el sentido de la universalidad persa impulsa la ideología judaica, de ahí que se haya convertido en el pueblo “de más esencial importancia” para la historia universal. Esto, en el sentido de la creación y desarrollo, a partir de su raíz, de los tres monoteísmos dominantes: judaísmo, cristianismo e islamismo, que han definido y continúan definiendo, para desgracia de la mayor parte del mundo, la historia de ese mundo.

Pero por más que desde la perspectiva atea se establezca la crítica radical a los tres monoteísmos, no se puede aceptar la destrucción de una civilización y una cultura milenarias que han arrojado en el tiempo obras humanas en todas las expresiones artísticas y de pensamiento posibles. No se puede destruir Irán, o Palestina, o el Vaticano (considerando las amenaza trumpistas), o México. No se puede destruir la civilización, la cultura ni sus pueblos que contienen en el presente la memoria y la historia. Por decir un ejemplo colateral, así como los actuales iraníes predominantemente musulmanes heredan geografía, historia y cultura de los antiguos persas, así los mexicanos heredan geografía, historia y cultura de las antiguas sociedades mesoamericanas que hoy son predominantemente cristianas.

Dado que el Estado de Israel es una invención europea y ha resultado expansionista y asesino –en relación en particular a su genocidio contra Palestina–, muchos quisieran legítimamente su extinción, su “no derecho” a existir. Sin embargo, a consecuencia de la realidad en el presente, quizá lo menos peor sea la llamada “solución de los dos Estados”. Es decir, la coexistencia de Palestina e Israel. Pero también necesariamente la preminencia y el derecho de Irán a vivir en paz; y por añadidura, de Líbano y todos los pueblos de la región. Sí, quizá eso sea lo menos peor, pero una cosa es clara: Sin los sionistas. Estos deben de ser eliminados como expresión política, al menos sometidos, como los nazis, si es que el mundo en verdad procurará algún día la paz.

Expreso aquí abiertamente mi ánimo y mi pensamiento en favor de Irán, Palestina y Líbano, sociedades que quieren ser destruidas por el mal, por la perversidad muy poco humana de dos entidades ambiciosas de poder y criminales: Israel y Estados Unidos. Que viva y perviva la cultura de esas civilizaciones, que es muy rica en expresiones humanas de todo carácter y naturaleza.

Héctor Palacio en X: @NietzscheAristo

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