No hubo paz… hubo puesta en escena

Amenazaron, escalaron, negaron… y ahora actúan como si hubieran resuelto algo. Pero no hubo acuerdo; hubo actuación. Mientras Irán mantiene condiciones —control, restricciones, presión— y deja claro que no permitirá el paso libre en los términos exigidos, Donald Trump niega que esas condiciones existan. No las negocia, las borra. No porque no estén ahí, sino porque reconocerlas implicaría aceptar que no pudo imponerlas. Ese es el núcleo del problema. No es solo geopolítica, es narrativa.

Y en esa narrativa, Trump se coloca como protagonista absoluto: amenaza, eleva el tono, retrocede sin admitirlo y reescribe el resultado. Eso no es diplomacia, es escenificación. Porque mientras el discurso habla de una pausa, los hechos cuentan otra historia: Israel sigue bombardeando, Líbano permanece fuera de la ecuación, Irán endurece su postura y el estrecho continúa siendo una palanca de presión estratégica. Nada se resolvió, simplemente se dejó de escalar, por ahora.

El matiz es clave. No hay estabilidad, hay contención momentánea. Y esa contención no nace de un acuerdo sólido, sino del cálculo de costos. Es una pausa táctica, no un cierre. Por eso el resto del mundo observa sin intervenir: China calcula, Rusia mide, Europa espera. Nadie entra de lleno porque no hace falta. El desgaste está ocurriendo por inercia, sin necesidad de forzarlo. Ese es el verdadero dato: no hay control, hay administración del desorden.

Un desorden que tampoco es únicamente externo. Mientras el foco se mantiene fuera, adentro persiste lo que nadie ha logrado disipar: conflictos abiertos, escándalos latentes, presiones políticas y riesgos institucionales que no desaparecen, solo se acumulan. Como una espada suspendida que no termina de caer, pero tampoco deja de amenazar. Y que en cualquier momento puede volver a ocupar el centro del escenario.

Por eso la escena internacional también cumple otra función: ordenar el relato, desplazar el ruido interno, ganar tiempo. Es una válvula narrativa. Pero no resuelve nada de fondo, ni afuera ni adentro. Y cuando el fondo no se resuelve, el margen de maniobra se reduce inevitablemente. Los problemas que se posponen no se disipan, se reorganizan. Esperan. Se cargan de tensión.

Hasta que se precipitan.

Porque cuando un conflicto se convierte en espectáculo, lo que sigue no es la solución, es la repetición. Y la siguiente crisis no se evita, se programa.

Opinion.salcosga23@gmail.com

@salvadorcosio1

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