La abogacía no desaparecerá porque, aún con la IA, la naturaleza humana no ha cambiado
Leo que algunas universidades han decidido eliminar licenciaturas consideradas menos útiles frente a la competencia tecnológica, el auge de las ingenierías y la nueva vida profesional basada en competencias más que en carreras tradicionales. Desafortunadamente, algunas de las afectadas son justo las que sostienen la reflexión sobre por qué la humanidad es la humanidad, como historia o letras.
Lo curioso es que distintos reportes colocan a la abogacía como una profesión con alta probabilidad de ser reemplazada por la IA. Hay bastantes razones por las que se llega a esa conclusión. Por un lado, la ley es una especie de algoritmo previo con reglas e instrucciones que pueden ser procesadas a una velocidad mayor por los grandes modelos de lenguaje, los cuales traducen el lenguaje legal a lenguaje matemático complejo y con ello, su aplicación se vuelve bastante precisa. Identificar si un supuesto se acoge o no a lo que dice la norma es rápido e inclusive, evita algunos vicios propios del humano, como el favoritismo, la corrupción o las excepciones injustificadas.
Pero hay algo que, a menudo, queda fuera de estos debates.
La estricta y simplona aplicación de la ley no es la única labor de la abogacía. Los exégetas más antiguos dedicaron años de esfuerzo a comprender que la ley se interpreta y que, por esa interpretación, el abogado atraviesa la filosofía del Derecho, la psicología, la psiquiatría, la sociología, la antropología y todo tipo de conocimiento proveniente de las profesiones de la salud, del patrimonio, de la economía, de las finanzas, de las empresas, de los patrones, de los trabajadores, de los animales y hasta de la naturaleza. Mientras exista la posibilidad de conflicto y la necesidad de armonizar dos posturas opuestas, de encontrar la razón o defender a alguien, la abogacía seguirá existiendo en el sentido más antiguo del oficio que es la defensa. Es decir, que alguien construya argumentos más allá de la ley, con la capacidad de interpretar lo humano y dotarlo de contenido jurídico o de consecuencias legales. A los abogados se les paga principalmente por pensar, no tanto por aplicar la ley a rajatabla. Pensar implica, entonces, encontrar en los hechos una interpretación que convenza de que algo puede ser una excepción a la regla. El derecho no se trata de conocer las leyes, sino de saber cuáles son las excepciones desperdigadas por códigos, jurisprudencias, legislaciones y otros criterios internacionales.
Defender no se trata de sugerirle a una persona que su caso está en contra de la ley y que, por lo tanto, lleva las de perder. Defender implica escavar en la naturaleza humana para encontrar cualquier hecho que pueda justificar algo de lo que se hizo ilegalmente; significa buscar las sanciones menos gravosas para quienes cometieron algo malo, si se defiende al culpable y maximizar las ofensas o intentar mostrarlas tal como afectan para mostrar el daño, si se defiende al inocente. El derecho no es superable por la Inteligencia Artificial porque esta no tiene sentidos para percibir lo humano. No tiene capacidad de sentir al cliente que miente ni de leer los ánimos de los juzgadores que los vuelven más proclives a ser convencidos de una u otra postura.
Por ello, la Inteligencia Artificial podrá procesar normas, identificar precedentes y anticipar resultados con una velocidad que ningún ser humano alcanzará. Pero el derecho no es solamente velocidad, el derecho es la política y el poder condensado en disposiciones, su aplicación es otra regla de poder basada en las pasiones, intereses e incentivos humanos mientras que como ciencia, el derecho es el mapa de control de las sociedades. El derecho es el intento permanente y siempre inacabado, de traducir la condición humana en consecuencias jurídicas. La condición humana no es un prompt. La condición humana a su vez, es la interpretación que tienen otros humanos de ella. Algo que solo puede percibirse con lo que no ha sido decodificado. Con lo que hay en la epigenética, en el inconsciente colectivo y personal, con lo que se percibe sensorial y con ese único sentido basado en la sofisticada inteligencia de la supervivencia humana. Algo que una IA jamás comprenderá.
Esa condición que es contradictoria, frágil, capaz de lo más noble y de lo más abyecto, no cabe en ningún modelo. El miedo del acusado que no puede mirar al juez a los ojos, la rabia del ofendido que exige más que justicia, la culpa del que confiesa sin que nadie se lo pida, la liberación de las mujeres violentadas que mataron a sus agresores de manera ilegal pero justificada, ninguno de esos hechos tiene código que lo exprese ni algoritmo que lo pondere. Y sin embargo, en ellos vive el caso. Los jueces difícilmente serán sustituidos por IA, los abogados corporativos o aquellos dedicados a trámites tal vez lo sean poco a poco. Los familiares no serán sustituidos, menos los laborales ni los agrarios. La esencia humana de la escucha de problema y análisis de caso es bastante… humana. No significa que la IA no vaya a convertirse en herramienta de varios, si no es que ya lo es. Pero de herramienta comandada por abogados a inteligencias artificiales sustituyéndolos, hay un largo camino. Incluso, ahí se exhibe un error de la Inteligencia Artificial. Los grandes modelos del lenguaje interpretan al Derecho como conjugación del lenguaje ordinario al legal con sus consecuencias sin entender que es algo mucho más grande y complejo que eso.
La abogacía es una profesión que descansa en el saber acumulado, en la experiencia, en eso que saben los viejos más por viejos que por diablos. Es una profesión que descansa en el juicio, en la capacidad de ver en los hechos lo que los hechos no dicen todavía, de construir con el lenguaje una realidad más justa que la que existía antes del argumento. El derecho se basa en el lenguaje pero el lenguaje se basa en lo que creemos que algo significa. El derecho es contextual, creemos sobre ella no solamente aquello que dice literalmente sino eso que representa, lo que la acompaña, lo que dibuja y desdibuja, la parte a la que le da la razón en el gran debate legislativo que la hizo nacer. Eso no se delega. Eso no se automatiza.
En consecuencia, quienes anuncian el fin de la abogacía confunden el instrumento con el oficio, la herramienta con la mano que la sostiene. La Inteligencia Artificial será, sin duda, un auxiliar poderoso. Pero el abogado que piensa, que siente el peso del expediente y entiende que detrás de cada folio hay una vida, seguirá siendo insustituible. Mientras la naturaleza humana produzca conflicto, y siempre lo producirá, alguien tendrá que ponerse de pie, desenredar el conflicto y defenderla.