Hacia una jurisprudencia sin escrúpulos
Refutaciones Políticas
Fuera del confort de la ortodoxia de abogados y jueces, ha llegado el momento de repudiar el formalismo esterilizado de los tribunales y abandonar la anestesia moral de la academia complaciente y aristocrática de institutos, escuelas y facultades, para construir una jurisprudencia sin escrúpulos.
A la manera análoga de Paul Verlaine, Baudelaire, Rimbaud y Poe, ha llegado la hora de los juristas malditos.
Despojemos al derecho de todo misticismo metafísico de una vez por todas: la ley jamás ha descendido de una razón universal, ni es el corolario de una justicia inmaculada. Toda norma, en su núcleo fundamental, es la cicatriz de una batalla política; la cristalización jurídica de la victoria de unos sobre otros.
Sostener la ficción de la neutralidad de los principios jurídicos constituye un acto de cobardía intelectual: todo ordenamiento jurídico es, ineludiblemente, la institucionalización ideológica de una fuerza política hegemónica. Quien dicta la ley, ejerce el poder; quien la romantiza, simplemente justifica su propia sumisión. Por ello, el jurista no debe operar como un clérigo de la norma, sino como un anatomista despiadado e implacable que disecciona los músculos de la coerción, llamando al monopolio de la violencia por su nombre y negándose a ceder ante la retórica puritana que embellece el instrumental normativo.
El derecho no es una verdad objetiva, sino una interpretación política del mundo que ha logrado imponerse sobre otras formas de ordenación social mediante la fuerza material y política del Estado: la ley en la modernidad es, en esencia, la interpretación hegemónica armada de reglas incomprensibles para las personas.
Para desentrañar esta maquinaria de imposición, la genealogía se erige como escalpelo metodológico: ningún pacto social nace inmaculado. El mito liberal del consenso suele encubrir un origen asimétrico y violentamente fundacional, demostrando que el derecho moderno es apenas un Leviatán domesticado en su superficie. Al raspar el barniz de la burocracia y los formalismos procesales (la burocrática, cínica y falaz carrera judicial) lo que emerge es la continuación ininterrumpida de la disputa política por otros medios. La tarea crítica exige exponer esa genealogía, mostrando de manera sistemática cómo la razón de la fuerza se disfraza de la fuerza de la razón:
Hoy, la farsa jurídico doctrinal alcanza su clímax en el secuestro del conflicto social por parte de la aristocracia hermenéutica de la toga o el cubículo. Asistimos al dominio sofista de la tecnocracia judicial, donde las altas cortes se erigen como el sacerdocio intocable que, escudado en la retórica del neoconstitucionalismo, dicta la moral pública desde el aislamiento deliberado de los jurisconsultos.
Una élite que opera para tutelar, administrar y neutralizar la soberanía popular y el verdadero antagonismo democrático. Romper con este espejismo liberal exige denunciar frontalmente a un sistema que ha reemplazado la deliberación política material por la imposición de una razón tecnocrática, una que gobierna y somete sin rendirle cuentas a nadie.
Llegó el momento de tirar al cesto de la basura la ideología dominante de la argumentación y la interpretación jurídica de los beatos de clerecía: Alexy, Ferrajoli, Zagrebelsky, Dworkin, Comanducci, Carbonell, Atienza, Santiago Nino y compañía.
X: @RubenIslas3