¡Goyaaaa! Universidad
Tengo una hija orgullosamente Puma.
Y digo orgullosamente porque estudiar en una universidad con el prestigio que tiene la UNAM no es cosa menor.
La Universidad Nacional Autónoma de México encabeza el ranking de las mejores universidades de México, seguida del Tecnológico de Monterrey y del Instituto Politécnico Nacional. La UNAM, además se posiciona entre las mejores universidades del mundo en diversas disciplinas de acuerdo con el ranking QS 2026.
El ranking QS una ventana a la calidad y alcance global de las universidades.
Desde su creación en 2004, el ranking mundial de universidades QS se ha convertido en una de las referencias más influyentes en el ámbito de la educación superior. Según su sitio web, evalúa actualmente a más de 800 instituciones de todo el mundo, utilizando un conjunto de indicadores diseñados para medir su calidad educativa, capacidad investigadora y proyección internacional.
Debemos, como mexicanos, sentirnos orgullosos de que nuestra universidad, según la edición 2026, pasó de 10 a 12 especialidades dentro del Top 50 mundial, y de 31 a 36 dentro del Top 100.
¿Qué quiere decir esto?
Pues que la UNAM mejora en calidad académica y que algunas carreras, sobre todo las sociales, se están posicionando a nivel global.
Una buena, magnífica noticia. En México hay talento, claro que sí.
Pero siempre hay un negrito en el arroz.
Ayer mismo supimos que existen 14 carreras con poca demanda.
Es decir, en estas opciones académicas, el número de aspirantes fue menor a los lugares disponibles de la profesión a estudiar.
En contraste, carreras como Medicina, Derecho, Psicología o Arquitectura siguen siendo las preferidas por la mayoría de los aspirantes.
Pero ¿qué me dicen de carreras como Etnomusicología o Sociología Aplicada? De la primera tengo una anécdota.
Hace 25 años tuve una alumna que pidió hablar conmigo al término de la clase. Se veía consternada al comenzar la plática. Era una alumna ejemplar, con el mejor de los promedios, pero su familia era demasiado tradicional. El típico padre empresario que ya había dispuesto que sus hijos siguieran su trayectoria y que sus hijas, si querían ir a la universidad, estudiarían pedagogía. Algo más “femenino”, más “tierno”, pues al final, con cualquier “cabrón” se iban a casar.
Ella quería estudiar precisamente Etnomusicología y, debo confesar, no tenía ni idea de qué era eso. Nunca le dije, sin embargo, que no estudiara la carrera de su elección, al contrario, la animé diciendo que cuando alguien hace lo que ama, jamás se queda sin comer.
Esa era la principal incertidumbre: ¿en qué voy a trabajar? “Me dicen mis hermanas que quienes estudian eso se mueren de hambre?”.
Su preocupación era normal.
Desde que empezamos a ir a la escuela sabemos que algún día pisaremos la universidad y que debemos escoger una carrera que nos permita tener, en un futuro, un buen empleo, prosperar, mantener una familia. Solo de este modo seremos funcionales socialmente, nos decían.
Sobre todo en el pasado, en los llamados gobiernos neoliberales se nos hizo creer que estudiar cualquier cosa ajena a las áreas administrativas, científicas, o algo distinto a ser ingeniero o doctor, era encaminarse al fracaso.
Era plan con maña.
Ellos, los presidentes emanados del PRI o PAN (incluido el revoltijo con el PRD) jamás quisieron que en México hubiera profesionistas exitosos, querían lacayos, mano de obra barata. De preferencia que no estudiaran carreras humanísticas, cero lectura, cero conocer historia o arte.
Incluso los que estudiaban en universidades privadas tenían esa formación. Algunos, no todos claro está, sabían que su carrera era para tener un título y heredar el negocio familiar. No les importaba ser cultos, saber de música, de arte, de literatura. ¿Etnomusicología? Seguro era cosa del demonio.
No es negocio, no genera dinero, “te mueres de hambre“. Esa gente creció sin conciencia social, con ideas elitistas, discriminatorias. Algunos hoy son columnistas, o pretenden serlo. Son aquellos que critican por joder, que ponen cara de fuchi a los gobiernos de izquierda, que les quitaron los privilegios del pasado. Todos los caminos llevan al pasado prianista, ¿qué cosas, no?
Otra anécdota.
Tuve un novio en mi juventud que nadaba en dinero. Asistió a los mejores colegios, todos religiosos, de “niños bien”. Un día, en una comida en casa de su padre (político rimbombante de algunas décadas atrás, cuyo nombre me reservo). Estaba presente un tío de él, empresario que murió no hace mucho. Le dijo a mi ex novio que era bueno que ingresara a tal universidad porque ahí conocería a sus próximos socios…. Y a sus próximos empleados. “Porque esa gente es funcional. Los becados, los de medio pelo, los de piel no tan blanca…”. La escena parecía sacada de Las Batallas en el Desierto, del inmortal José Emilio Pacheco, pero en su versión chafa.
Me sentía asqueada. Yo, con la firme idea de estudiar literatura, ser periodista, docente y continuar en la línea de la clase media, no encajaba ahí.
La relación se acabó. Y aunque fui brutalmente criticada, dije algo que a la fecha repito: ser libre es de valientes, hacer lo que te da la gana, más.
Me extendí hablando de mis cuitas, incluidas las amorosas, pero vayamos al punto central.
Hay también un factor clave detrás de la baja demanda.
Entre las 14 carreras que presentan menos aspirantes que lugares disponibles, nueve se imparten en los campus foráneos de Morelia (Michoacán), León (Guanajuato) y Mérida (Yucatán). Esta ubicación lejana de la Ciudad de México es uno de los principales factores que reduce el interés de los jóvenes, especialmente de los residentes de la capital, que tendrían que dejar a su familia y amigos, además de enfrentar gastos extras, muy elevados, como renta, transporte y alimentación, no siempre fácil de cubrir por las familias.
La buena noticia es que la baja demanda no significa que estas carreras tengan menor calidad. Al contrario, mantienen los mismos estándares académicos que las que se imparten en la Ciudad de México, cuentan con profesores calificados, infraestructura moderna y vínculos con centros de investigación y empresas locales.
Esta situación plantea tanto retos como oportunidades. Para los estudiantes que sí están dispuestos a trasladarse o que viven en las regiones cercanas, estas carreras representan una oportunidad única de acceder a la UNAM sin enfrentar una competencia tan intensa, además de recibir una formación adaptada al contexto local.
Para la universidad, supone un reto para mejorar la difusión de su oferta académica, informar mejor sobre las ventajas de estudiar en los campus foráneos y crear programas de apoyo económico o de alojamiento que faciliten el traslado de los estudiantes.
Aunque la expansión de la universidad ha sido un paso importante para democratizar la educación, urge seguir trabajando para que la distancia no sea un obstáculo y se garantice que todos los jóvenes tengan las mismas oportunidades de elegir la carrera que más les guste y les convenga, independientemente de dónde se imparta. México necesita profesionistas en todas las áreas, personas felices con mayores oportunidades y que sean parte de la comunidad académica de tan importante universidad.