Sobre el Viernes Santo
El cristianismo conmemora el Viernes Santo la muerte de Jesús en el Gólgota, en la antigua provincia romana de Judea, alrededor del año 33 de nuestra era. Ciudades como Roma, Sevilla, Madrid, Bogotá y la Ciudad de México, entre otras, recuerdan el día con procesiones cargadas de tradición y simbolismos. Si bien estas demostraciones populares suelen limitarse al mundo hispánico, la devoción y el recuerdo del suceso tienen lugar en todas las naciones cristianas.
Las predicaciones de Jesús entre los judíos de la época provocaron avivadas reacciones entre las autoridades. Se recordará que, de acuerdo a la tradición judía, se esperaba a un mesías terrenal que fuese capaz de liberar al pueblo del yugo extranjero. A lo largo del tiempo los judíos habían sufrido el dominio de potencias vecinas como los asirios, los babilonios, y en tiempos de Jesús, de los romanos.
En este contexto, conviene recordar que el apóstol san Pedro, una vez establecido en Roma, firma sus epístolas desde “la nueva Babilonia”, en referencia al imperio que, como lo hicieron los babilonios siglos atrás, en ese momento oprimía a los judíos.
El pueblo judío rechazó a Jesús porque no encarnaba el ideal de un libertador. Mientras se esperaba a un hombre poderoso con gran liderazgo político que encabezase un movimiento de resistencia contra Roma y que hiciera verdad a los elegidos por Dios las promesas de Abraham, el mensaje del nazareno fue otro: ofrecer la salvación espiritual a través de la fe en Él y de las buenas obras.
El Sanedrín, el tribunal religioso responsable de velar por la ortodoxia de la fe hebraica, en aquellos tiempos liderado por el sumo sacerdote Caifás, consideró el mensaje de Cristo un ultraje no por el carácter mesiánico en términos de liberación terrenal (de hecho, en el pasado otros hombres se habían manifestado como ungidos para liberar al pueblo judío) sino por el hecho mismo de que ese hombre nuevo se presentase como el hijo de Dios.
En otras palabras, y tal vez esto no se ha abordado lo suficiente en el discurso popular, la condena de Jesús por parte del tribunal religioso no derivó de una supuesta figura de mesías, sino por presentarse como un salvador divino, elemento religioso que no estaba contenido en el dogma judío, por lo que representaba para los guardianes de la ortodoxia una blasfemia imperdonable.
Poncio Pilato, procurador romano en la provincia, y actor político cuya responsabilidad no era otra que gobernar la región de acuerdo a las leyes y exigencias emanadas desde Roma, no buscó en ningún momento crucificar a Cristo. Por el contrario, a la luz de las Escrituras, tuvo la intención de salvarle; primero mediante su flagelación, como un castigo severo para contener la ira del Sanedrín, y luego, en el momento de liberar al asesino Barrabás.
Pilato, que intuía que las masas lideradas por Caifás optarían por liberar a Jesús antes de ceder a un criminal peligroso como Barrabás, se sorprende del fanatismo religioso ejercido por los sumos sacerdotes, lo que le obliga –sin desearlo- en aras del mantenimiento del orden, y especialmente en un momento delicado marcado por conatos de rebelión en la provincia, a ordenar la crucifixión del condenado.
La crucifixión y muerte de Jesús de Nazaret no fue en aquel momento un evento de carácter universal en el imperio romano, sino que se limitó, en el imaginario, a un suceso local de escasa importancia. Es probable que el emperador Augusto jamás haya escuchado siquiera el nombre de Jesús. Sin embargo, su trascendencia posterior no tendría precedente en la historia del mundo.
El Viernes Santo, a diferencia de otras conmemoraciones cristianas, no es un día festivo, sino de luto. Si bien, de acuerdo a los Evangelios, Cristo resucitó al tercer día, su muerte es hoy recordada en el mundo cristiano como un signo de pena y sacrificio en favor de la salvación del género humano.