Sheinbaum: ¿tomó el antídoto contra el veneno del círculo cercano?

Es la pregunta que alguien me hizo anoche después de que publiqué el artículo Meryl Streep: la película que explica el fracaso de Fox y Calderón. El filme se llama Florence Foster Jenkins (2016), donde ella comparte escena con Hugh Grant.

Foster Jenkins existió. Pensaba de sí misma que era una gran cantante de ópera, pero lo hacía terriblemente mal. El drama surge porque Florence, millonaria y con un marido que le seguía el rollo, se las arregló para actuar en el legendario Carnegie Hall —no era cualquier teatro: lo inauguró a finales del siglo XIX Piotr Ilich Chaikovski como director invitado—.

Florence cumplió su sueño, pero la gente se carcajeó de ella. Cantaba espantosamente, se vestía de forma ridícula imitando a los personajes de la ópera y manoteaba grotescamente. El teatro se llenó; las entradas se agotaron semanas antes. Fue un acontecimiento en aquella Nueva York, pero bien lo sabemos: un suceso social o cultural puede serlo en sentido positivo o negativo.

Las críticas fueron despiadadas. Aquí apareció el veneno del círculo cercano: su marido, St. Clair Bayfield —por amor, por lástima o porque vivía de la fortuna de la mujer que no cantaba, sino aullaba— se las ingenió para que ella no leyera los diarios: los compró todos y los tiró a la basura. Así la convenció de que había tenido un gran éxito.

Al final, la fallida diva sacó un diario del basurero, lo leyó, se deprimió, sufrió un infarto y murió. De ahí la gran pregunta: ¿qué es mejor, decir la verdad siempre, por brutal que sea, o proteger el ingenuo sueño de alguien?

La ley del círculo íntimo dice que el potencial de cada liderazgo lo determinan las personas que tenga cerca. Si estas son fuertes, leales e inteligentes, el liderazgo se fortalecerá. Pero si no lo son, el liderazgo no llegará a sus metas.

Ocultar las críticas al jefe ha sido prácticamente una ley sagrada en la política mexicana; más en la de antes —la del PRI y el PAN—, menos en la de hoy —la de Morena—, pero el veneno del círculo íntimo, que puede o no formar parte del gabinete, sigue existiendo.

Ejemplifiqué con Vicente Fox y Felipe Calderón, dos mediocres a quienes sus colaboradores y valedores del sector empresarial les pagaban medios para convencerlos de poseer una grandeza de estadistas que de ninguna manera tenían. Solo leían los elogios hipócritas de la prensa comprada. Fue igualmente el caso de Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y Enrique Peña Nieto. Treinta años de mentiras, generadas en la propia oficina presidencial para alimentar el ego de los jefes.

Las pocas críticas existentes se ocultaban para que los presidentes no las conocieran. Además, los colaboradores más íntimos cerraban las puertas de las oficinas presidenciales para que no entrara nadie con mensajes distintos a los que el entorno elaboraba para mantener el engaño. Así le fue al país: vivió sus peores crisis porque quienes gobernaban nunca tuvieron la información correcta.

La 4T, por fortuna, no ha caído en esa farsa. Pienso que la presidenta Claudia Sheinbaum se ha administrado a sí misma el antídoto contra ese veneno al estar pendiente de las redes sociales, donde aparecen las verdades incómodas que su equipo de comunicación, por la todavía no desaparecida cultura política a la mexicana, quizá no le presentaría.

En redes, y ahora en los sistemas de inteligencia artificial, puede Claudia encontrar mediciones demoscópicas que no coincidan con las de su equipo. Y la maravilla del WhatsApp le permite discutir cualquier tema con cualquier persona en mensajes brevísimos sin esperar a que su equipo le agende reuniones. Si no permite que le quiten su celular, nada podrá hacer el círculo íntimo para impedir que lea o escuche opiniones distintas.

Sheinbaum no tiene a su señor Bayfield, pero este podría aparecer por las siempre inevitables grillas de su entorno. Desde luego, no sé si la gente cercana se atreverá a intentarlo; quienes la rodean saben que es casi imposible engañarla. Es mucho más inteligente que Fox y Calderón, intelectualmente lamentables ambos; no tiene los rasgos narcisistas de Peña Nieto, enamorado de su imagen; carece de la megalomanía de Salinas, quien llegó a sentirse un ser divino, y no se cree, como el acomplejado Zedillo, la última cerveza del estadio en materia económica. A la presidenta la veo protegida contra ese veneno. Pero, ¿está preparada para evitar traiciones? Supongo que sí.

A pesar de que el riesgo sea menor, en Viernes Santo conviene hablar del traidor de traidores: Judas. ¿Existió o no? ¿Existió el traicionado, Jesús? Soy ateo, y con eso digo todo. Pero lo cierto es que a veces el arquetipo tiene mucha más fuerza que la verdad histórica. Judas entregó a Jesús por 30 monedas, el precio de un esclavo. Era muy poco para una traición de esa magnitud, pero los traidores lo son por vocación, timoratos, miserable y por su mala conciencia, no por realizar cálculos económicos correctos.

Me resulta evidente que los aliados de Morena, el Verde y el PT, si se les presenta la oportunidad, venderán a la presidenta antes de 2030. Lo harán recibiendo como pago cualquier espacio de poder que la oposición les garantice. Saben los Betos Anaya y los Manueles Velasco que la 4T ya no los necesita; se han convertido en un lastre ético para la izquierda. Jesús, dice la fe, construyó un sistema de alianzas que estalló cuando el miedo y el cálculo llevaron a Judas a aceptar las monedas.

Nadie está inmunizado contra la traición, pero existen vacunas que la presidenta debería aplicarse, si no lo ha hecho ya. Es una dosis que se inyecta por etapas.

Primero, como antídoto contra el veneno de la falta de información por las intrigas palaciegas. Claudia ya toma ese remedio al abrir sus propios canales en sus recorridos por el México verdadero y en las mañaneras, donde cualquier periodista puede decirle lo que sea. Incluso los monólogos de Reyna Haydée Ramírez, aunque carezcan de prudencia y casi lleguen al insulto, pueden contener algo, por improbable que sea, que ayude a contrastar las verdades oficiales.

La segunda dosis es evitar el espejismo de las encuestas. Las de su equipo, seguramente bien hechas pero no infalibles, debe contrastarlas con otras; entre tanto dato cuchareado (AMLO dixit) aparecerá alguno que contradiga los famosos otros datos

La tercera dosis contra los judas del Verde y el PT es alentar la crítica interna, más en Morena que en el gobierno, lo que le permitirá saber si, en opinión de los más leales a la ideología del proyecto, conviene seguir cargando con partidos parásitos que son sinónimo de suciedad política.

Así veo las cosas. Puedo estar equivocado, pero escribo desde la buena fe.

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