Meryl Streep: la película que explica el fracaso de Fox y Calderón

En la presentación en México de la película El diablo viste a la moda 2, la actriz Meryl Streep dijo una gran verdad sobre la presidenta Claudia Sheinbaum: “Claro que México ha dejado atrás a los Estados Unidos teniendo una presidenta mujer”.

La presidenta Sheinbaum respondió a Streep con otra gran verdad: “Le agradezco…, es quizá la mejor actriz del mundo. Y qué bueno que hay reconocimiento internacional de lo que está pasando en México”.

Tal episodio me llevó a recordar la brillante actuación de Streep en la película biográfica Florence Foster Jenkins (2016), donde comparte escena con el británico Hugh Grant, también muy destacado en el filme.

En la primera mitad del siglo XX, Florence Foster fue una celebridad tan profundamente extravagante que logró escandalizar incluso en Nueva York, esa ciudad donde la excentricidad es, precisamente, la norma.

Florence Foster Jenkins era una multimillonaria que se esforzó al máximo para ser cantante de ópera, a pesar de que cantaba terriblemente mal.

Lo mejor de la película es la actuación de Meryl Streep, quien sin duda sabe cantar —durante su juventud tuvo formación operística y lo ha demostrado en filmes como el musical Mamma Mia!—. Subrayo esta habilidad porque, en su interpretación de Florence, Streep canta deliberadamente muy mal, exactamente como lo hacía la multimillonaria, logrando ese efecto con una extraordinaria precisión artística. Desafinar a propósito puede ser, si no un arte, sí una demostración de capacidad técnica. Sobre todo, en el filme, es risible y al mismo tiempo cautivante su interpretación del aria La reina de la noche de Mozart.

En la película, que cabe en la categoría de la comedia trágica, el público se ríe de la forma en la que canta Florence, pero Streep la interpreta con tal ternura que jamás cae en el chiste barato. Por tal motivo, su actuación conmueve al corazón más endurecido.

El momento más importante del filme es la presentación de Florence Foster Jenkins en el legendario Carnegie Hall. Lo consiguió por la influencia que le daba su dinero, pero lo cierto es que las entradas al concierto se agotaron desde semanas antes.

Hugh Grant interpreta a St. Clair Bayfield, compañero sentimental de Florence quien la engaña con una mujer sin relevancia en la película. No sé si por amor, por lástima o porque vivía de la fortuna de la pésima cantante, el señor Bayfield protege a su compañera de las críticas. Le organiza la vida de tal forma que ella no se entera nunca —al menos hasta el final, cuando enferma y muere— de que la gente especializada en música de ninguna manera elogia su trabajo, sino todo lo contrario.

La gran pregunta que deja la película es si es mejor decir la verdad siempre, por brutal que sea, o proteger el ingenuo sueño de alguien. Cuando Florence descubre la verdad —que la prensa no la halaga, como le hacía creer Bayfield—, cae en una profunda depresión y se infarta. Antes de morir expresa una frase que en mexicano equivaldría a aquella de ‘a mí lo bailado quién me lo quita’. Algo así dijo la ridícula y conmovedora cantante en la interpretación de Streep: “La gente podrá decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir que no canté”.

Y sí, cantó en el legendario Carnegie Hall. Fue tan importante su actuación que, a pesar de las carcajadas del público, en los archivos del auditorio uno de los programas más buscados es ese. El único disco que grabó en la vida real se sigue vendiendo como curiosidad musical; su fracaso como diva del bel canto la terminó convirtiendo en una figura de culto.

La historia de Florence Foster Jenkins, una anomalía genial en lamejor industria operística del mundo, la de Nueva York, tiene su equivalente en la política mexicana, pero como una normalidad absolutamente vulgar.

En nuestra política han abundado los líderes sin habilidad para dirigir un Estado —Vicente Fox, Felipe Calderón—, a quienes sus compañeros del PAN y sus valedores del PRI, los medios y la clase empresarial convencieron de poseer una grandeza que de ninguna manera tenían, impidiéndoles el contacto con el mundo real.

A Fox y a Calderón, par de mediocres elevados a la categoría de estadistas por los grupos empresariales que los veían como empleados, sus colaboradores les ocultaban las notas de la poca prensa crítica entonces existente. Tales colaboradores les leían a diario la enorme cantidad de elogios pagados en aquella prensa comprada y vendida. Además, cerraban las puertas de las oficinas presidenciales para que no entrara nadie con mensajes distintos a los que el círculo cercano elaboraba para mantener en el engaño al jefe.

Así, Fox y Calderón gobernaron —haiga sido como haiga sido— convencidos de su propio mito. El desastre de los dos gobiernos panistas se explica por la burbuja en que los encerraron sus patrones empresariales.

Florence Foster Jenkins, por el engaño en el que vivió, se llegó a sentir auténtica diva de la ópera, pero su canto solo provocaba risas. Vicente Fox se creyó la fábula de ser el gran héroe democrático que derroto al PRI, pero terminó su sexenio como el principal responsable del más grande fraude electoral de la historia, el de 2006. Y Felipe Calderón declaró una estúpida guerra contra el narco envalentonado por el aplauso de columnistas que siguen vigentes y que son cómplices de la atrocidad que tanto ha ensangrentado a México; son los mismos que inclusive se atreven a defender hoy en día a Genaro García Luna.

La gran diferencia de Fox y Calderón respecto de Florence es que esta mujer, por su honestidad, se ganó un lugar privilegiado en los anales de la música estadounidense, mientras que los dos panistas se han ido directo al basurero de la historia.

La 4T, por fortuna, no ha caído en esa farsa. Ojalá nunca nadie más en el gobierno tome el veneno de la mañosa narración del círculo cercano basada en mentiras o en verdades a medias.

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