AMLO en su jaula de Palenque

“Aunque la jaula sea de oro, jaula se queda”.

Refrán

Lo que el refrán popular sugiere es que la falta de libertad sigue siendo encierro, sin importar qué tan cómodas sean las condiciones. Y pocas metáforas describen mejor el momento actual de Andrés Manuel López Obrador.

Prometió un retiro total en su finca de Palenque al concluir su sexenio. Sin embargo, más que una verdadera despedida su intención parecía la de mantenerse como figura emblemática del poder, una especie de guía político que, desde las sombras, continuaría influyendo en el rumbo del país, vaya, como un Yoda tropical en versión 4T.

La realidad fue distinta. Desde que terminó su mandato el 30 de septiembre de 2024, lejos de convertirse en el referente omnipresente que imaginaba, su presencia pública se ha reducido al mínimo y el pueblo bueno ya no aclama su presencia.

Del protagonismo al silencio

Desde el fin de su gobierno, el expresidente ha tenido apenas cuatro reapariciones hasta marzo de 2026. La primera, en junio de 2025, cuando acudió a votar en la elección judicial, una reforma profundamente polémica impulsada por él mismo.

Después vino un intento más controlado. En diciembre de ese año reapareció mediante un video para presentar su libro Grandeza. Ahí planteó tres posibles razones para volver a la vida pública: una amenaza a la democracia, un golpe de Estado o la defensa de la soberanía nacional. El mensaje pasó sin mayor impacto y el libro fue un fracaso editorial.

En enero de 2026 intentó aprovechar la coyuntura internacional para reaparecer en redes sociales; y en marzo, lanzó un llamado a donar recursos para Cuba. El resultado en ambos casos fue de desapercibido a adverso: críticas, burlas y una recepción muy lejana al respaldo popular que durante años presumió.

Para alguien que construyó su carrera política en el contacto directo con la gente, en las plazas llenas y en la narrativa del líder cercano al pueblo, el contraste es brutal.

El peso del pasado

A diferencia de otros expresidentes que criticó, cuestionó y persiguió, pero, cuya salida fue digna, López Obrador no carga únicamente con el desgaste natural del poder. Sobre su figura pesan acusaciones constantes de corrupción y señalamientos de vínculos con el crimen organizado, nepotismo y un balance de gobierno marcado por la inseguridad, el deterioro institucional y una crisis social persistente.

El contraste es inevitable:

Ernesto Zedillo optó por la academia internacional y construyó una trayectoria sólida en la Universidad de Yale y organismos multilaterales. Vicente Fox creó el Centro Fox y ha mantenido presencia pública en temas globales. Felipe Calderón se integró a la Universidad de Harvard y participó en iniciativas internacionales sobre cambio climático. Incluso Enrique Peña Nieto, con todos sus cuestionamientos, eligió un perfil bajo, se mudó a Madrid y lleva una vida fuera del foco político.

López Obrador, en cambio, no ha logrado insertarse en espacios académicos ni en foros internacionales. Tampoco parece tener margen para una vida pública abierta en México. Su relación con Estados Unidos es distante, con Europa quedó marcada por constantes descalificaciones y tropiezos diplomáticos, y en América Latina su figura genera divisiones.

Una fortaleza llamada retiro

En el país, su ausencia también tiene explicación: el temor a ser repudiado. No recorre calles, no aparece en actos públicos, no mantiene contacto directo con la ciudadanía, incluso ha trascendido que sus salidas son mínimas y bajo estrictos operativos de seguridad.

La Chingada, su rancho en Palenque se ha convertido, más que en un refugio, en una fortaleza. Un espacio cerrado, protegido e inaccesible hasta para algunos de sus más leales aplaudidores.

Mientras otros exmandatarios transitan con relativa normalidad dentro y fuera de México, él permanece aislado y, en el plano personal, su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller, ha tomado distancia del encierro.

Lo cierto, al final, es que el poder no solo se ejerce, también se pierde. La Chingada es como un penal de alta seguridad, pero de lujo, un duro cambio para un personaje egocéntrico y narcisista a quien seguro no le basta con haber sido protagonista.

Y aquí es donde el refrán vuelve a cobrar sentido: aunque la jaula sea de oro, jaula se queda.

X: @diaz_manuel

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