La era del cyborgismo

El Manifiesto Cyborg de Donna Haraway es un ensayo fundacional que propone la figura del cyborg como una metáfora política para superar las divisiones tradicionales de género, raza y clase. La autora argumenta que la humanidad moderna ya es una mezcla híbrida de organismo y máquina, lo que invalida las nociones de una identidad “natural” u original. Al rechazar los dualismos occidentales como naturaleza frente a cultura o cuerpo frente a tecnología, Haraway aboga por una política de afinidad y coalición en lugar de una unidad basada en la esencia. Su texto utiliza la ironía y la blasfemia para desafiar tanto al patriarcado como a los feminismos que buscan una pureza inexistente. Finalmente, presenta al cyborg como una herramienta de resistencia y liberación dentro de una sociedad tecnológicamente avanzada.

Un dato curioso es que a la par de la teoría que aboga por eliminar los géneros, resulta ser que el cromosoma Y, responsable de determinar el sexo masculino, está en proceso de degradación y se prevé que desaparezca en unos 5 a 11 millones de años debido a la pérdida continua de componente genético. En algún momento leí que el cromosoma Y era un cromosoma X que había perdido la “patita” que falta para completar la línea perpendicular, o sea que contrario a lo que decía Sigmund Freud acerca de las mujeres como “seres incompletos, carentes que envidian el falo”, en realidad la genética del cromosoma masculino parece haber perdido algo que llevará a su eventual desaparición. Dice la ciencia que el cromosoma Y ha perdido la gran part de su componente genético a lo largo de 180 millones de años, lo que le deja con apenas 100 genes funcionales frente a los más o menos 900 del cromosoma X.

Donna Haraway define al cyborg como un mito político irónico con el fin de construir una visión que sea fiel al feminismo, al socialismo y al materialismo. Esta definición se apoya en los siguientes conceptos clave extraídos del Manifiesto que prácticamente, es la base de la posmodernidad socialista-feminista.

La ironía como método político

Para Haraway, la ironía trata sobre contradicciones que no se resuelven en totalidades mayores. Es la tensión de mantener juntas cosas incompatibles porque todas son necesarias y verdaderas. El cyborg encarna esta ironía al ser un híbrido de máquina y organismo, una criatura que pertenece tanto a la realidad social como a la ficción. El hecho es que no se trata de robots con conciencia sino de seres humanos que alojan su memoria, funcionalidad, experiencia sensorial y experiencia relacional mediante máquinas de todo tipo.

El manifiesto es profundo porque habla de la fidelidad familiar o creacional a través de la blasfemia: La autora describe su mito como una forma de “blasfemia”, la cual protege de la “mayoría moral” interna mientras se insiste en la necesidad de comunidad. En este sentido, el cyborg es un mito que no busca la adoración reverente, sino que utiliza el humor y el “juego serio” como estrategia retórica y método político. A diferencia de los mitos occidentales y religiosos tradicionales que dependen de una unidad original (como el Jardín del Edén), el cyborg “se salta el paso de la unidad original”. No reconoce el Edén, no está hecho de lodo y no sueña con volver al polvo. Solo es una criatura en un mundo post-género que no busca la plenitud orgánica ni la resolución edípica.

El cyborg es un mito porque funciona como una ficción que mapea nuestra realidad social y corporal, actuando como un recurso imaginativo para sugerir nuevos acoplamientos. En el siglo XX, Haraway argumenta que todos somos ya quimeras, híbridos fabricados de máquina y organismo, lo que convierte al cyborg en nuestra ontología y base de nuestra política. Al mismo tiempo, Haraway deja claro que el origen tecnológico es el patriarcado y la guerra, ambos complementándose y alimentándose mutuamente como en una dinámica infinita en donde la violencia patriarcal estalla en guerras que llevan al humano al desarrollo tecnológico, institucionalizado después de las guerras y que después de acumular nuevas tensiones, actúa en clave de violencia, que es el principal recurso de la masculinidad elegido para resolver controversias y encuentra el desarrollo de tecnologías aún más sofisticadas. En ese sentido, el cyborg es visto como el “vástago ilegítimo” del militarismo y el capitalismo patriarcal. Sin embargo, su carácter irónico radica en que estos hijos suelen ser infieles a sus orígenes, lo que permite al cyborg subvertir las estructuras de dominación que lo crearon.

El cyborg como mito político irónico es una herramienta para imaginar un mundo sin géneros y sin una historia de salvación, permitiendo a las personas no temer su parentesco conjunto con animales y máquinas, y aceptar identidades permanentemente parciales. Un mundo donde ser humano no implique supremacía. A diferencia de los mitos occidentales y humanistas (incluidos el marxismo y el psicoanálisis) que dependen de un estado original de unidad o plenitud del que el sujeto se ha separado, el cyborg “se salta el paso de la unidad original” y a esto es a lo que se refiere con no reconocer conexión natural previa con la madre Tierra, no siente la necesidad de “volver” a un estado orgánico ni de completar un ciclo de salvación o apocalipsis.

En lugar de buscar un “lenguaje común” perfecto (que Haraway considera totalizante e imperialista), el cyborg apuesta por la heteroglosia y el “ruido”. Su política consiste en recodificar la comunicación y la inteligencia para subvertir los sistemas de “mando y control” (C3I) del capitalismo tardío.

En definitiva, al no tener una historia de origen que lo ate a la inocencia o a la naturaleza, el cyborg se libera de la necesidad de “rootear” su política en la identificación o la pureza, permitiendo formas de afinidad y coalición que no dependen de la dominación o la incorporación. Que el cyborg sea un híbrido de máquina y organismo significa que es un organismo cibernético que fusiona de manera inseparable la realidad social con la ficción.

El cyborg habita el espacio donde la distinción entre lo natural y lo artificial, lo biológico y lo mecánico, o la mente y el cuerpo se vuelve completamente ambigua. En esta relación, no está claro quién fabrica y quién es fabricado, lo que subvierte la lógica de dominación tradicional. Bajo esta perspectiva, tanto la máquina como el organismo son reconcebidos como textos codificados. La biología moderna, por ejemplo, ya no trata a los organismos como objetos sagrados o íntegros, sino como “componentes bióticos”, es decir, dispositivos de procesamiento de información que pueden ser desensamblados y reensamblados.

Esto es fascinante pues realmente, acerca la visión del cuerpo como la más sofisticada tecnología existente, una que abandonó los metales y cables para concentrar electromagnetismo en fluidos y componentes químicos, que en su versión más ambiciosa busca resolver la ingeniería de la vida, desafiando absolutamente todo.

Ser un híbrido significa renunciar a la búsqueda de una unidad original o una “pureza” natural. Mientras que los organismos tradicionales son vistos como materiales y opacos, las máquinas cyborg de “alta tecnología” son descritas metafóricamente como hechas de “luz de sol”, señales y ondas electromagnéticas, lo que otorga al híbrido una fluidez y ubicuidad que desafía la visión estática del cuerpo humano.

En definitiva, esta hibridez es un recurso imaginativo que sugiere acoplamientos fructíferos y necesarios para la supervivencia, permitiendo a los sujetos moverse más allá de los dualismos limitantes de la tradición occidental. Un replanteamiento completo de nuestra esencia y si acaso, de lo que significa existir en la era en la que podríamos realmente descubrir que en el origen de la vida, todos somos iguales… máquinas. Brutal.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *