Antes de que llegue el mundo y consuman mujeres

Se acerca el Mundial de 2026 y el país se agita con esa prisa nerviosa de quien espera visitas importantes, como las antiguas casas de abuelas o tías que guardan las apariencias. Hay algo profundamente mexicano en ese impulso de barrer a toda velocidad, perfumar los rincones, empujar lo incómodo hacia donde no se vea. Pero también hay algo inquietante en esa urgencia por aparentar orden cuando el desorden no es superficial, sino estructural y no hablo de las familias mexicanas que guardan secretos… hablo de la fiesta deportiva que atrae a cierto tipo de personas, principalmente hombres, que gustan del futbol y se apasionan defendiendo sus equipos o países como si en los partidos se les fueran las últimas batallas nacionalistas de los libros de historia.

México se prepara para mostrarse al mundo mientras carga, como una sombra persistente, con las desapariciones forzadas, con la violencia que no cede, con comunidades desplazadas que aprenden a vivir lejos de sí mismas. En Guadalajara, las nuevas fosas atraviesan el subsuelo de la normalidad y cuestionan las cifras de desaparecidos mientras en el corredor Tlalpan, las voces que reclaman vivienda digna y denuncian la gentrificación rompen la narrativa de progreso, graffiteando e interviniendo los muros que el gobierno de la Ciudad se ha esforzado en colocar. Y, sin embargo, hay silencios institucionales sobre la trata de personas y la explotación sexual.

En ocasiones pienso que es parte de la naturaleza humana comportarnos en lugares donde sabemos que las reglas son estrictas y convertirnos en perdición en donde sabemos que hay laxitud. Cuando en 2022 se celebró el Mundial de Qatar, hubo amplia difusión y precaución de las prohibiciones como alcohol, sustancias y ni hablar de la prostitución, pero México es uno de los principales destinos de explotación sexual de niñas, niños y adolescentes, mujeres y encabeza cifras de consumo de material de abuso sexual infantil.

Hay documentales, libros, reportajes, Acapulco Kids, Los demonios del Edén, de Lydia Cacho y otro tanto de información que documenta cómo durante décadas, extranjeros cruzan fronteras y pagan en Tijuana o Acapulco o Cancún o Tulum por experiencias que en sus países serían ilegales.

Preocupa que no haya aún operativo anunciado o mecanismo para proteger a las víctimas de este país ni estrategia para identificar a quienes se dedican a estos crímenes, vinculados a menudo con cárteles y agrupaciones delictivas que controlan igual las drogas que la prostitución.

Se sabe que hay explotación sexual en una parte significativa de las mujeres y niñas que son víctimas de desaparición forzada, hay algunos testimonios aislados de adolescentes que desaparecieron en una ciudad y fueron encontradas dentro de burdeles en otros lugares alejados pero detrás de estos datos no hay abstracciones, sino vidas concretas atravesadas por el engaño, la violencia y la coacción. La trata de personas es, en esencia, una maquinaria de despojo que roba la libertad, mercantiliza los cuerpos y reduce la dignidad a una transacción. Quienes caen en sus redes no siempre sobreviven y es una economía clandestina que prospera precisamente en los márgenes de lo visible, que debería de ser tan combatida como el tráfico de drogas.

En el contexto del turismo, esa violencia adquiere formas particularmente perversas. Bajo la apariencia inofensiva del viajero, algunos agresores recorren ciudades y destinos en busca de contacto sexual con menores de edad. El desplazamiento, que debería ser sinónimo de encuentro cultural, se convierte así en una coartada. Al mismo tiempo, niñas, niños y adolescentes son absorbidos por circuitos laborales que los exponen a riesgos físicos y psicológicos, obligándolos a trabajar en condiciones insalubres, sin protección ni derechos. El turismo, uno de los escaparates más importantes del país, también puede ser, si no se regula con firmeza, un espacio donde la explotación se disfraza de servicio.

Pensar el Mundial únicamente como una fiesta deportiva sería ingenuo. Sin afán de construir estereotipos, pero los pamboleros son los mismos que ven a las mujeres como objeto y gustan de consumir mujeres. Los grandes eventos internacionales no solo traen inversión y visibilidad, también amplifican dinámicas preexistentes. Aumenta la demanda de servicios, se intensifican los flujos de personas y, con ello, crecen las oportunidades para quienes operan en la ilegalidad.

Tal vez, la metáfora de la casa no deba llevarnos a esconder el caos, sino a enfrentarlo. Reconocer que la hospitalidad no puede construirse sobre la invisibilización de las víctimas y que el país debería tomarse en serio dejar de ser un burdel enorme sin reglas que para satisfacer la demanda, echa mano de desapariciones que no sin atendidas con la particularidad del fin de explotación sexual. De entender que la dignidad no es un accesorio que se coloca para las visitas, sino el cimiento mismo de cualquier sociedad que aspire a llamarse justa.

Antes de que llegue el mundo, convendría preguntarnos si estamos dispuestos a mirar de frente que el turismo pambolero trae más consumidores y aunque aquí exista un vacío legal para quienes libremente deciden ejercerlo, hay un problema básico de la economía llamado escasez y aquella provoca que la coacción someta a quienes buscaban empleo o a quienes simplemente se trasladaban de un lugar a otro. Hay desórdenes que no se guardan en un armario: exigen ser nombrados, atendidos y, sobre todo, transformados. Y todo lo anterior pensando únicamente en la criminalidad de la trata de personas con fines de explotación sexual, pues si nos ponemos filosóficas, habría que preguntarnos si es que un país con un sistema que solo deja la alternativa de ofrecer relaciones sexuales por necesidad no es en sí un sistema violador, uno en el que es legal o permitido recibir dinero sin deseo de sostener un encuentro, obligadas principalmente por la precariedad económica. La prostitución tiene mucho de hombres que pagan por violar y mujeres que encuentran en su cuerpo el último recurso para sobrevivir. Una decepción total de la humanidad, un ofensivo triunfo del neoliberalismo que logró hacernos mercancía para la satisfacción del que la pude pagar.

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