Vemos hundirse a la oposición

Así como hemos visto crecer el proyecto de transformación que encabeza Claudia Sheinbaum, seremos testigos del hundimiento definitivo de la oposición. Creemos que, con esa tesitura, el destino de los partidos conservadores está trazado hacia el fracaso.

Nos ha tocado ver, por ejemplo, la caída de una de las fuerzas que, en su momento, estuvo a punto de ganar la elección presidencial, como el PRD. Recuerdo que esa filosofía se fincó en la lucha democrática del país y como una respuesta a las demandas sociales. Fue una lástima observar el grado de descomposición que tuvo el Sol Azteca en sus últimos años de existencia. Ya hemos hablado un poco de esa situación; sin embargo, vale la pena abordarlo, pues el PRI, que es visto como el próximo en desaparecer, está al filo de su final.

La decadencia reinante del PRI, en efecto, se puede percibir a grandes rasgos. La única realidad, más allá de los posicionamientos de su presidente nacional, es que el Revolucionario Institucional vive una agonía que lo hace intrascendente. De hecho, estamos convencidos de que la etapa que vivimos será crucial para atestiguar el final del otrora todopoderoso PRI. Ha dejado de ser una alternativa para convertirse en una expresión sinsentido. Sobre aquella maquinaria omnipotente no quedan más que recuerdos amargos de una expresión que monopolizó las decisiones colectivas de la ciudadanía.

Hoy, vemos que en todas sus estructuras el PRI se ha desplomado. Como prueba de ello, observamos cómo se ha ido desenredando el entramado de una podredumbre que le ha cobrado factura.

La percepción que tiene la ciudadanía, por ejemplo, no ve con buenos ojos el desempeño que ha tenido el PRI como partido. Lo asocian, por su pasado, a esa cadena de corrupción que solo enriqueció a un puñado de políticos que exprimieron las arcas del estado. Es, de hecho, una enorme contradicción la nomenclatura de un partido que jamás fue institucional, sino autoritario. Luego de un siglo en el poder, en efecto, el PRI está en la antesala de su final. Eso, por supuesto, se justifica en el espiral de derrotas que viene acumulando en los últimos años. Todo ello, además del descrédito, le da poco margen para sostenerse, sobre todo porque tiene fracturas internas que son difíciles de sanar. Alito, desde hace tiempo, se peleó con todos los liderazgos regionales. Él mismo, a propósito de ello, maneja los hilos de toda la estructura a su antojo. Al respecto, hemos visto una cascada de renuncias y el abandono de una estructura territorial que no podemos ignorar.

La apuesta de Alejandro Moreno, al no quedarle alternativa, es suplicarles a los partidos de oposición para construir un bloque que haga frente al dominante paso de Morena. El tema, de entrada, es inviable, pues las demás fuerzas, ante la cascada de derrotas que arrastran, han evaluado en lo colectivo que es mejor ir solos que en sociedad. Desde luego que todo eso ha ocasionado un fuerte pronunciamiento de Alito que ha subido de tono. Lo que más le inquieta, téngalo por seguro, es enfrentar un ejercicio democrático sin cuadros competitivos. Eso, en verdad, es lo más preocupante ahora que las campañas, dado lo anticipado, se juegan en todas las canchas con destapes y anuncios de encuestas que se aplicarán.

Seguramente el dirigente nacional del PRI ha hecho cálculos de las desgarraduras de una estructura que, en su momento, doblegaba a todos. El PRI ha dejado de ser importante. Sus únicas opciones son competir con lo único que les queda, pues la sociedad, con claridad, ve con mucho desprecio y animadversión al Revolucionario Institucional. Bastante golpeados han quedado luego de dos elecciones presidenciales fallidas en coalición. De ese modo, buscan refugio en otras trincheras que han dejado de ser una alternativa. El PAN, de plano, ha enterrado toda posibilidad de construir una alianza. Inclusive, ambos no tienen la más mínima idea de cómo competir contra Morena.

Así como nos ha tocado la fortuna de ver a México progresar, tendremos la dicha de ver caer al Revolucionario Institucional, que vive la peor crisis de toda su historia. El PRI, de hecho, carece de todo. Su mayor prueba de fuego será la elección intermedia que, de cumplirse los pronósticos, el PRI pasará a la historia como la expresión más reaccionaria y corrupta, pues desde la dirigencia nacional, obviamente, no hay una representación sólida. De ese modo, el PRI está a un paso de lo que le aconteció al PRD. No tienen agenda, elocuencia y, lo peor de todo, no cuentan con la simpatía del grueso de la ciudadanía.

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