La cultura “incel” y el camino de la violencia
Sucedió de nuevo, ahora en Michoacán.
Un joven de 15 años, llamado Osmar asesinó a dos profesoras de la preparatoria en la que estudiaba.
Estas escenas era común verlas en otros países, sobre todo en Estados Unidos y nos parecían muy lejanas. Aquí en México, decíamos, tenemos valores, nuestros hijos y nuestras hijas son jóvenes criados en buenas familias. Aquí no pasa nada.
Pero ayer 24 de marzo pasó.
Fue en Michoacán, lugar donde la violencia azota las calles. Ayer se coló hasta ese lugar que debería ser seguro: la escuela.
Un adolescente de 15 años, que horas antes difundió en redes sociales contenido con armas, videos sobre violencia escolar y se identificaba como “incel”, llegó fuertemente armado a la escuela, transformando en una escena de dolor lo que debía ser una mañana de aprendizaje. Las maestras Tatiana Bedolla y Mariana perdieron la vida en un colegio, en un hecho que estremeció a todo el país.
Su asesinato no solo enluta a dos familias, sino que nos obliga a enfrentar la realidad de que la violencia ha alcanzado incluso los lugares donde los jóvenes deberían estar seguros.
Este terrible suceso ha generado comparaciones con otro episodio reciente: el homicidio cometido por Lex Ashton, de 19 años, el 22 de septiembre de 2025 en el CCH Sur de la UNAM, donde un estudiante murió y un trabajador resultó herido tras un ataque con arma blanca.
En ambos episodios, las redes sociales y espacios en línea registraron una advertencia clara antes de la tragedia. Osmar publicó historias en sus perfiles pocas horas antes del ataque, mostrando armas y contenido relacionado con violencia en centros educativos. Pero no sólo eso. En algunas de sus historias publicadas en Instagram decía odiar a las feministas, que según él, siempre le “habían arruinado la vida”.
Lex Ashton, por su parte, no solo compartió imágenes de armas y la ropa que usaría en el ataque, sino que incluso expresó su intención de ĺevarlo a cabo en chats.
Uno de los puntos más significativos es la vinculación directa o indirecta con la cultura “incel” (del inglés involuntary celibate, célibe involuntario). Lex Ashton participó en foros de esta subcultura, donde compartió ideas de aislamiento, resentimiento con discursos misóginos muy preocupantes.
Por su parte, Osmar se asumía como “incel” en sus perfiles digitales.
El término se asocia con comunidades en línea donde algunos integrantes desarrollan narrativas de rechazo social y odio hacia las mujeres. Especialistas advierten que estos espacios pueden funcionar como circuitos de retroalimentación, donde el aislamiento personal, la frustración y el consumo de contenido violento se refuerzan mutuamente, generando un caldo de cultivo para la radicalización, que puede terminar en sucesos lamentables como los que aquí menciono.
Los jóvenes que se identifican con la cultura “incel” a menudo se sienten frustrados por no tener relaciones románticas o encuentros sexuales, y atribuyen esta situación a factores externos como la apariencia física, los estándares sociales o una presunta “conspiración” contra ellos. Si bien algunos miembros buscan apoyo emocional, la comunidad también ha sido asociada con discursos misóginos, violentos y extremistas que representan un riesgo para la seguridad pública y el bienestar de quienes los rodean. Además, la participación en estas comunidades puede reforzar creencias negativas sobre sí mismos y los demás, dificultando aún más la integración social y el desarrollo de relaciones saludables.
Estos dos episodios en México han puesto de manifiesto la urgencia de abordar múltiples desafíos: desde la educación emocional y la formación en relaciones saludables en los jóvenes, hasta la necesidad de que las plataformas digitales implementen medidas más efectivas para detectar y actuar ante contenido de riesgo.
Hoy, las aulas quedaron en silencio. Los pupitres vacíos y los pasillos fríos reflejan la ausencia de quienes dedicaban su vida a enseñar.
Compañeros, alumnos y padres de familia lloran la pérdida de sus maestras, intentando comprender cómo un acto tan lleno de violencia pudo irrumpir en un espacio que debía ser seguro. Las lágrimas, los abrazos y el dolor compartido son lo único que sostiene a una comunidad rota.
También hay una familia inmensa en un dolor profundo sin saber qué pasará con ese joven de 15 años que se convirtió en un asesino a tan corta edad.
Este hecho no solo enluta a dos familias, sino que nos obliga a mirar de frente una realidad que duele: la violencia que ha alcanzado incluso los lugares donde debería florecer la vida.