En política, como en la vida misma, sólo existe lo que se demuestra

En política, como en la vida misma, sólo existe lo que se demuestra. Esta premisa, que antes era una sugerencia ética, hoy es una condena para quienes pretenden gobernar a base de espejismos. En un tablero saturado de promesas recicladas, el doble discurso se ha convertido en el síntoma más evidente de una patología mayor: el divorcio absoluto entre la palabra y la acción.

La crisis de credibilidad que asfixia a nuestras instituciones no es gratuita. Nace de esa brecha insalvable entre la o el político que se presenta como el salvador en un mitin, pero que sólo ve por el interés de unos cuantos. Cuando el relato choca contra la realidad cotidiana de la ciudadanía, la confianza no sólo se fisura, se pulveriza.

En la comunicación política actual, el exceso de “storytelling” sin resultados ha terminado por agotar la paciencia social. Ya no hay espacio para la ambigüedad calculada. El electorado, armado con memoria y un escepticismo blindado, ya no pide intenciones, exige evidencias. Si el liderazgo no es capaz de mostrar coherencia entre lo que predica y lo que practica, su mensaje es puro ruido.

Recuperar el valor de la palabra empeñada es el único camino para sanar el tejido democrático. Sólo a través de la transparencia radical y la rendición de cuentas real podremos cerrar la herida del abandono. Por ello, es momento de exigir una nueva cultura pública donde la integridad sea la norma y no la excepción.

Juntas y juntos impulsemos una política de hechos que devuelva la esperanza a nuestra sociedad.

Jennifer Islas. Política y conferencista

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