Prioridades históricas de México

A lo largo de la historia nacional, el espacio público ha visto cambiar las prioridades colectivas y estas han quedado inscritas en los textos constitucionales prevalecientes.

En la primera etapa, entre 1821 y 1867, es claro que el debate principal giró sobre la independencia e identidad política.

En ese tiempo nos preocupó y ocupó el ser México, monarquistas, federalistas o centralistas, conservadores o liberales o de plano una dictadura militar.

Esos debates se conocieron como “el constitucionalismo fluctuante” y fue atestiguado por los textos jurídicos fundamentales aprobados entre 1822 y 1852.

Al final, optamos por la integridad juarista soberana de la República democrática, proto laica y liberal de 1857, restaurada diez años después por el Gigante de Guelatao, el presidente Benito Juárez, nacido hace 180 años, al frente de su brillante generación frente al asedio confesional, centralista o monárquico de Zuloaga o Maximiliano.

En el ciclo siguiente, la prioridad se ubicó en el progreso económico, que el porfiriato forzó aún sacrificando a conveniencia los principios del orden consagrado en la Constitución formal.

En el periodo subsecuente se posicionaron la democracia y la justicia social peleadas a muerte en la revolución y pactadas en el texto refundacional de 1917, ante el cual se alinearon actores e instituciones en las dos décadas posteriores.

El largo ciclo de la revolución institucionalizada, entre los años cuarenta y los setenta del siglo XX repuso la prioridad del desarrollo con estabilidad que animó el milagro de la industrialización y sus múltiples implicaciones sociopolíticas, incluida nuestra instalación en el Tercer Mundo global.

Al finalizar la década de los setenta, la prioridad se situó en la pluralidad política y la libertad económica, que nos abrió la puerta del Segundo Mundo dentro del club de los más ricos de la OCDE, justo en 1994, aunque a la vez caímos en el abismo de los más desiguales.

Veinte años después, exhausta la orientación neoliberal, el debate retomó con fuerza la urgencia de la igualdad y la diversidad, la seguridad y la participación en un entorno austero y conflictuado debido a la intensidad del inédito capitalismo digital y de las nuevas fuentes de energía.

Ahora oscilamos entre las nuevas formas de imperialismo o la dignidad de la frágil interdependencia multidimensional preñada por los poderes salvajes, sin que el derecho al Derecho logre renacer.

Pese a ello y bien vistas, las reformas constitucionales, políticas, sociales, de seguridad o electorales aprobadas entre 2019 y 2025, más las que están en curso, reflejan con claridad esa agenda constreñida por la complejidad más compleja que nunca.

El temple de los Juárez y las Maza de antaño se torna indispensable órgano para librar las nuevas batallas de nuestra comprometida patria.

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