El Tridente de Neptuno frente al César (así actúa Trump)
Las élites intelectuales y políticas de EEUU padecen el complejo de sentirse la antigua Roma, por igual la republicana y la imperial, ya que ambas dominaban el mundo de su época y conquistaban cuantos territorios consideraban valiosos para sus intereses.
Tienen en EEUU un Capitolio, y no un Congreso. Cuando se construyó, el edificio iba a llamarse Congress House, pero Thomas Jefferson —uno de los más eminentes fundadores de la vecina nación del norte— insistió en llamarlo Capitol en honor a la Colina Capitolina (Mons Capitolinus) de Roma, donde se encontraba el Templo de Júpiter Optimus Maximus, el centro espiritual y político del Estado romano. Al cambiar el nombre, los estadounidenses elevaron el estatus del inmueble: dejó de ser una oficina política para convertirse en un templo del poder de un país que, desde su origen, ha sido a la vez republicano e imperialista.
“Para que la cuña apriete debe ser del mismo palo”, dice un refrán del Siglo de Oro español muy utilizado en México. Como ningún otro presidente de EEUU, Donald Trump se siente un general romano conquistador de toda la humanidad; alguien tan grande como Julio César o Escipión el Africano. Así es él y no va a cambiar. Es su derecho sentirse héroe de la antigua Roma.
Ahora bien, si Trump quiere jugar a ser Escipión o Julio César, la presidenta Claudia Sheinbaum puede recordarle que Roma no solo era legiones; era, ante todo, derecho.
El éxito de mexicanos como Isaac del Toro en las grandes competencias ciclistas de Europa tendrá este domingo un significado especial ya que, de no accidentarse —la etapa final, sin montaña, casi es un trámite—, ganará la Tirreno-Adriático.
Esa es la Carrera de los Dos Mares y el ganador recibe como premio un apreciadísimo símbolo romano: el Tridente de Neptuno. En lo deportivo, con el Tridente en sus manos, el Torito de Ensenada demostrará que en México existe el talento y la disciplina para competir, con posibilidades de éxito, frente a las grandes potencias.
En el ciclismo actual, la justificación de ese trofeo es puramente geográfica, pero inspirada en la mitología. La carrera cruza la península itálica desde el Mar Tirreno hasta el Mar Adriático. En la cosmovisión romana, Neptuno era el soberano absoluto de ambos litorales —y de todos los otros, desde luego—. Este dios dominaba armado de un tridente que no era como la fuscina de los gladiadores de la época, que requería ser cargada a dos manos; Neptuno lo blandía con una sola, con la elegancia de un cetro.
Claudia Sheinbaum ha resistido el acoso de Donald Trump con un tridente, en pleno siglo XXI, aún más poderoso que el de la deidad marina. El dios romano de las aguas usaba su poder de formas muy distintas: para destruir, provocando tormentas o tsunamis cuando se enfurecía; para mantener el orden y garantizar la estabilidad de las aguas; o para crear, haciendo brotar fuentes o manantiales imprescindibles para la vida en la tierra.
Sheinbaum ha esgrimido un tridente inmensamente real, y no mitológico, en sus relaciones con Trump. El arma de la presidenta mexicana tiene tres puntas: (i) La soberanía que no se negocia. (ii) La relación comercial benéfica para las dos naciones. (iii) La dignidad personal de quien no renunciará por ningún motivo a sus principios.
En la antigüedad, el número tres solía representar la totalidad (principio, medio y fin) o el dominio sobre las tres esferas del mundo: cielo, tierra y mar. Para el Estado mexicano, hoy la única totalidad aceptable es la mencionada: soberanía que se defenderá pase lo que pase, comercio pacífico con el vecino del norte y la ética de una gobernante que no cederá al pragmatismo de rendirse ante las exigencias del actual conquistador de la humanidad.
Así, como un gran conquistador, se ve el presidente de EEUU a sí mismo, o así lo han convencido de que actúe los tribunos que lo rodean; pero frente a ese ímpetu cesarista, México levanta hoy su propio cetro de mando.