Presidente Trump, la presidenta Sheinbaum algo sabrá sobre cuervos y lobos

Recomiendo al presidente Trump un estudio reciente, y fascinante, sobre el comportamiento de lobos y cuervos. Se realizó en el Parque Nacional de Yellowstone y se publicó en Science, en inglés, con el título La vigilancia aérea y la memoria espacial permiten a los cuervos encontrar fuentes de alimento impredecibles en un paisaje dominado por lobos.

Quizá ya lo leyó la presidenta Sheinbaum. La imagino, en sus escasos ratos libres, no viendo series de Netflix, sino navegando en la red en busca de temas científicos interesantes, lo que siempre ha sido su vocación.

El hecho es que los cuervos rara vez siguen a los lobos para nutrirse de la carroña que estos dejan abandonada después de cazar. Ocurre algo distinto: los cuervos utilizan su memoria espacial para patrullar áreas donde saben que los lobos suelen ir de cacería, llegando al sitio incluso antes que el lobo. Se pensaba lo contrario, que el cuervo era un simple seguidor del lobo, pero la observación científica refutó tal creencia.

Los lobos y los cuervos del narco

En la relación bilateral, el error de diagnóstico es similar: se piensa que si se sigue al lobo para eliminarlo (los cárteles en México), desaparece el problema. Falso. La industria de las drogas ilegales la sostiene una red de cuervos (distribuidores, lavadores de dinero y vendedores de armas) que operan en del territorio de EEUU.

Los cuervos gringos no solo identifican a los lobos mexicanos, sino que los fortalecen para que realicen las tareas sucias que desde el vecino país se les exige para que crezca un negocio criminal que deja allá gigantescas ganancias.

Es falso que los cárteles (los lobos) gobiernen México

El presidente Trump está mal informado o, deliberadamente, utiliza un lema de campaña electoral que piensa le reditúa en EEUU frente a lo que ya parece un problema mayor: la guerra en Irán.

Los cárteles, presidente Trump, no gobiernan México. Es verdad que poseen armamento de alto poder, atemorizan a presidentes municipales de localidades pequeñas y corrompen alcaldes de ciudades más grandes e incluso gobernadores. Pero, la verdad sea dicha, las mafias carecen de la fuerza de un Estado tan grande y organizado como el mexicano.

Donald Trump sabe —por sus agencias de inteligencia, y hasta lo ha hablado directamente con Claudia Sheinbaum— que el Estado mexicano ha demostrado, con operaciones exitosas de alto impacto, que puede descabezar cualquier organización criminal. La velocidad con la que se realizan los operativos puede no ser la esperada por algunos sectores, pero responde a una estrategia que debe ejecutarse con prudencia para no complicar el problema que se pretende resolver.

El Estado mexicano mantiene la supremacía, militar y policiaca, en lo relacionado con la seguridad pública. Los cárteles son ruidosos y se benefician de la espectacularidad de sus respuestas a los operativos federales. Actúan bajo una lógica de guerra asimétrica (emboscadas, bloqueos e incendios de vehículos), pero lo hacen de forma esporádica y, como sugiere la experiencia, en acciones de un solo día. Después de paralizar algunas vialidades se retiran porque carecen de estructuras suficientemente sólidas como para sostener una campaña permanente contra las fuerzas armadas del Estado mexicano.

Gobernar implica administrar servicios, recaudar impuestos, organizar elecciones y representar al pueblo ante el mundo; son funciones que los cárteles no cumplen. El Estado las ejerce diariamente gracias a una robusta red de instituciones políticas dividida en tres poderes, que la presidenta Claudia Sheinbaum coordina desde el Palacio Nacional. En esta red participan actores de todos los partidos, gobernantes locales, personas juzgadoras, gente que legisla, medios de comunicación que informan con toda libertad —incluso cayendo en el abuso, esto es, con ofensas dirigidas a la propia presidenta— y una clase empresarial nacional y extranjera que no cesa de invertir en México.

La gran orquesta de la gobernabilidad nacional ejecuta la sinfonía que la batuta de la presidenta Sheinbaum ordena, a veces con disonancias, pero normalmente con un nivel bastante aceptable de interpretación.

El presidente Trump, hombre muy inteligente, no puede ignorar que México mantiene un sistema de poderes plenamente funcional. Las elecciones se llevan a cabo de manera regular y el presupuesto público se asigna mediante procesos institucionales, no bajo el dictado de grupos criminales. México es un actor clave en el G20 y el T-MEC. Tendremos juegos del Mundial de la FIFA en tres ciudades, y no pasará nada malo, excepto la temprana eliminación de nuestra Selección —frustración que compensaremos con la esperada brillante actuación del Torito, Isaac del Toro, en el Tour de Francia—.

El crimen organizado en México no es un bloque unido que represente un verdadero reto al Estado; las mafias están profundamente fragmentadas y en guerra interna. Son grupos delincuenciales perseguidos por la ley que pelean por su supervivencia; considerarlos riesgos para la gobernabilidad es una narrativa que solo funciona como eslogan electoral en EEUU.

Los cuervos que operan desde el otro lado de la frontera

El gobierno de EEUU suele omitir una verdad porque le resulta doloroso admitirla: el problema del narco es de responsabilidad compartida. Los cárteles no son grupos guerrilleros, sino corporaciones ilegales que operan a ambos lados de la frontera. ¿Quién distribuye la droga en Chicago o Nueva York? ¿No está la inmensa mayoría de drogadictos en EEUU? ¿Volteamos a otro lado para no ver a quienes lavan el dinero en el sistema financiero estadounidense? ¿No llegan las armas de las mafias desde el vecino país? Un diagnóstico correcto debe partir de la aceptación de las culpas de aquella sociedad, que no son menores.

La única administración mexicana con un vínculo criminal probado al más alto nivel en cortes de EEUU es la de Felipe Calderón, del PAN, que comparte principios ideológicos con el Partido Republicano y organizaciones de ultraderecha global. El caso García Luna es una prueba irrefutable. Cuando México más entregó sus sistemas de seguridad a EEUU, mediante la fallida Iniciativa Mérida, más se infiltró el crimen organizado en las instituciones federales.

El gobierno actual ha optado por una estrategia mucho menos violenta: atacar las causas sociales del problema sin descuidar las tareas policiales. Esto es gobernabilidad soberana que merece el mismo respeto que EEUU exige para sus políticas internas, tal como lo ha manifestado la presidenta Sheinbaum, inclusive personalmente, al presidente Trump.

Ojo con los cuervos de EEUU, presidente Trump

Mientras el discurso de Trump siga obsesionado con perseguir al lobo en territorio ajeno, los cuervos seguirán prosperando en el suyo. La verdadera carroña que alimenta este ciclo no es la debilidad institucional de México, sino la demanda insaciable de una sociedad consumidora y un sistema financiero que, con una memoria impecable, siempre sabe dónde y cómo encontrar las drogas ilegales, distribuirlas en su territorio y legalizar el dinero que dejan.

Sin atender el origen del apetito del cuervo —la drogadicción en EEUU y el pingüe negocio que esta representa—, la cacería del lobo del narco será siempre un espectáculo costoso e inútil.

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