Antisemitismo y antisionismo: dos conceptos bien distintos

El antisemitismo no es un fenómeno nuevo en Occidente. Por el contrario, echa raíces profundas en Europa, exacerbado principalmente a partir de los primeros siglos de la consolidación del cristianismo. Sin embargo, se expandiría en el mundo hasta atestiguar eventos atroces como las persecuciones de la Edad Media, las purgas soviéticas y el Holocausto del siglo XX.

Un suceso que marcó de manera importante un nuevo hito en la historia del antisemitismo fue la fundación del estado de Israel en 1948. Se recordará que surge como como resultado de la voluntad de un grupo de líderes políticos de ofrecer un hogar a los judíos víctimas de las diásporas. Tuvo su inicio con la declaración Balfour, que buscaba convertir al protectorado británico de Palestina en un lugar de acogida de judíos europeos tras el desmembramiento del imperio otomano, y culminó con la creación del nuevo Estado en aquel año.

Si bien el sionismo, la corriente política e ideológica que persigue el objetivo de crear y consolidar un Estado judío, tuvo su culminación en 1948, data su origen en momentos anteriores, principalmente en el siglo XIX en la persona del austrohúngaro Theodor Herzl.

En tiempos recientes, el activismo político y militar del estado de Israel, primero contra sus vecinos árabes, y ahora, contra el régimen islamista de Irán, se ha conocido un resurgimiento del sentimiento anti sionista. En los últimos meses se han reportado incidentes violentos en ciudades como París y Londres, y apenas el jueves pasado, un tiroteo en un distrito en los suburbios de Detroit.

Estos actos de violencia responden a una confusión en torno a los conceptos de sionismo y judaísmo. En primer lugar, como he señalado, el primero se refiere a la idea misma de la existencia de un Estado judío, distanciado de cualquier significado religioso. En este contexto, el estado de Israel es hoy un país multicultural, donde sus ciudadanos, a pesar de que la mayoría es de origen judío, gozan de igualdad de derechos y libertades.

Un hombre o mujer israelí de origen judío o árabe puede votar libremente, elegir a sus representantes en el Congreso y participar con libertad en la ratificación de su primer ministro. A diferencia de las minorías cristianas, judías e hinduistas presentes en los países árabes, los ciudadanos israelíes participan en una democracia electoral garantizada por las leyes del Estado.

Por otro lado, la violencia perpetrada contra individuos de credo u origen judío en distintas partes del mundo motivada por sentimientos de rabia contra las acciones del estado de Israel no es solo lamentable y condenable, sino que responde a la creencia errada de que todo judío es sionista por antonomasia.

Por el contrario, un gran número de judíos fuera de Israel (y por tanto, no ciudadanos israelíes) se han opuesto históricamente a las violaciones del derecho internacional cometidas por Tel-Aviv, e incluso a la existencia misma de una entidad política judía, a la vez que han reiterado su apego a los valores morales y éticos abrazados por la religión hebraica.

En suma, el judaísmo y el sionismo son conceptos distintos, pero a la vez, erróneamente entremezclados. Mientras uno se refiere a una antiquísima identidad religiosa y cultural de millones de personas a lo largo de la historia, la otra representa un significado moderno ligado a la idea de un Estado político.

La violencia debe ser siempre repudiada, tanto la que proviene de la derecha extrema como de la izquierda. Voces apasionadas e inexpertas expresan cada día sus opiniones temerarias en favor o en contra de las acciones de Estados Unidos e Israel en Irán. Por desgracia, ninguna de las dos partes (ni Israel ni sus enemigos) goza de superioridad moral para pretender erigirse en la opinión pública como poseedores de una verdad absoluta.

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