La esquizofrenia de Estado
En medio de una tensión global creciente (guerra comercial, crisis energética, realineamientos militares), México ocupa una posición privilegiada. No es una potencia militar ni tecnológica, pero sí posee un activo extraordinario: es el principal socio comercial de Estados Unidos. En 2025 el comercio bilateral superó los 872 000 millones de dólares, y México exportó a ese país más de 534 000 millones, generando un superávit cercano a los 197 000 millones de dólares frente a Washington. En otras palabras: México le vende mucho más a Estados Unidos de lo que le compra.
Y, sin embargo, la política mexicana se comporta como si ese dato no existiera. Hay países que enfrentan dilemas geopolíticos complejos. México, en cambio, parece empeñado en practicar un extraño deporte: maltratar sistemáticamente a su mejor cliente que, además, es su vecino.
Para cualquier país racional, un superávit comercial de casi 200 mil millones de dólares con su principal socio sería una relación a cuidar con delicadeza diplomática. Pero en México la lógica parece ser exactamente la contraria.
El discurso político dominante en buena parte del régimen y de la comentocracia que lo rodea, consiste en asumir sistemáticamente posiciones antagonistas frente a la política exterior estadounidense.
No se trata de diferencias estratégicas entre Estados soberanos, algo que sería perfectamente legítimo; sino de algo más peculiar: una mezcla de retórica ideológica, resentimiento histórico y gestos simbólicos que rozan lo performativo.
Mientras el 84 % de nuestras exportaciones depende del mercado estadounidense, buena parte del discurso político mexicano parece orientado a demostrar lo poco que nos gusta Estados Unidos.
Estas acciones plantean una paradoja difícil de explicar sin recurrir a lo que se antojaría llamar psicología política y diagnosticaríamos el síndrome del antagonista dependiente.
Y es que México obtiene buena parte de sus divisas de tres fuentes profundamente vinculadas con Estados Unidos:
• Exportaciones manufactureras al mercado norteamericano
• Remesas enviadas por migrantes que trabajan en ese país
• Inversión extranjera ligada al mercado estadounidense
Y, aun así, cada cierto tiempo, el país decide actuar como si perteneciera a un bloque geopolítico alternativo y:
Se financia a Cuba.
Se aplaude a Maduro.
Se legitima al régimen cubano de Díaz-Canel.
Todo ello mientras el principal socio económico es precisamente el país al que esos regímenes consideran su enemigo estratégico. La contradicción es casi barroca.
Para completar el cuadro, México importa enormes volúmenes de bienes de China —el principal rival comercial de Washington— con los dólares que obtiene, precisamente, vendiendo productos al mercado estadounidense.
Es decir: ganamos dinero en el mercado americano para comprarle mercancías a su rival estratégico.
Si un estratega geopolítico diseñara deliberadamente un esquema para irritar a Washington, difícilmente podría hacerlo mejor.
El problema no es solo económico, sino narrativo. Mientras en Estados Unidos crece el debate sobre el narcotráfico y el fentanilo, y se declara a los cárteles como organizaciones terroristas, México insiste en responder con una mezcla de retórica soberanista y ambigüedad operativa.
El resultado es una narrativa peligrosa pues, para amplios sectores del electorado estadounidense, México aparece simultáneamente como socio comercial, fuente migratoria y plataforma del narcotráfico.
En ese contexto, la pregunta que algunos se hacen en Washington: si podría haber acciones unilaterales contra laboratorios o redes criminales, deja de ser una hipótesis extravagante y empieza a convertirse en un tema de debate político.
No porque sea necesariamente probable, sino porque el ambiente político lo vuelve imaginable.
México actúa como si su economía estuviera integrada al bloque bolivariano, mientras en la realidad depende profundamente de la economía norteamericana. La política exterior mexicana se mueve como si el país tuviera alternativas geopolíticas amplias, cuando en la práctica su integración económica con Estados Unidos es una de las más profundas del planeta. El asunto en realidad no es ideológico ni comercial. Es algo más simple: ausencia de coherencia estratégica.
No es antiamericanismo lo que mostramos. Es algo más curioso; es una especie de esquizofrenia de Estado, una diplomacia que se comporta como adversario simbólico del mismo país del que depende estructuralmente su prosperidad.
Quizá el problema no sea Washington. Quizá tampoco sea el comercio. Tal vez el problema sea más sencillo: México necesita menos ideología y más sentido estratégico. Porque en política internacional, como en la vida, hay reglas simples y una de ellas es elemental:
no se provoca innecesariamente al cliente principal de tu economía.
Pero México, con admirable creatividad, parece decidido a demostrar que incluso esa regla puede romperse y lo hace todos los días.