Irán: guerra preventiva y petróleo

LA POLÍTICA ES DE BRONCE

No existe defensa posible del régimen de los ayatolas en Irán. Se trata de un sistema teocrático que restringe libertades, encarcela disidentes y ha sometido a su población a una crisis económica persistente. Hay un movimiento social legítimo que exige derechos, apertura y democracia. Nada de eso está en discusión. Pero reconocer la naturaleza autoritaria del régimen iraní no significa avalar la decisión unilateral de bombardear sus ciudades.

El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques contra objetivos en territorio iraní con un saldo devastador: más de 600 personas muertas, entre ellas 70 niñas que se encontraban en una escuela cercana a un complejo militar. Ninguna narrativa estratégica puede borrar esa imagen. La muerte de civiles, especialmente menores de edad, desmonta cualquier discurso que pretenda revestir la ofensiva de moralidad democrática.

Estados Unidos, bajo el gobierno de Donald Trump, atacó sin declaración formal de guerra y sin autorización expresa del Congreso. Esa omisión no es menor. La arquitectura constitucional estadounidense fue diseñada precisamente para evitar aventuras bélicas personales. Cuando la decisión de usar la fuerza se concentra en el Ejecutivo, el riesgo de que los intereses políticos internos se mezclen con la política exterior se multiplica.

Porque el argumento central no es la democracia iraní ni los derechos humanos. Si así fuera, la política exterior norteamericana sería coherente en todas las latitudes. El verdadero núcleo del conflicto está en el petróleo, en el control de las rutas energéticas y particularmente en el estrecho de Ormuz, por donde transita una parte sustancial del crudo mundial. Controlar esa llave geopolítica significa incidir directamente en el mercado global de hidrocarburos.

Además, la coyuntura interna en Washington ofrece pistas. La Suprema Corte estadounidense declaró inconstitucionales los aranceles impulsados por Trump, un revés político significativo. En momentos de debilidad interna, la historia demuestra que algunos gobiernos recurren a la fuerza externa para recomponer liderazgo. La guerra como distractor no es una teoría conspirativa: es una práctica recurrente del poder.

Se habla también de un cambio de régimen. El llamado explícito a que los inconformes iraníes “aprovechen la coyuntura” confirma que la intención no es solo neutralizar capacidades militares, sino alterar la conducción política del país. Sin embargo, la historia milenaria del pueblo persa enseña que las intervenciones externas rara vez producen estabilidad. Irak en 2003 es el recordatorio más claro: se justificó la invasión con armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, y el resultado fue un país fracturado durante décadas.

¿Qué tan cerca está Irán de desarrollar armas nucleares? La información disponible indica que no existe inminencia. Pero la doctrina de la guerra preventiva ha servido antes como coartada. El problema es que cuando la fuerza sustituye al derecho internacional y se debilita el papel de las Naciones Unidas, el mundo entra en una lógica peligrosa donde prevalece quien tiene mayor poder militar.

El conflicto puede parecer lejano para México, pero no lo es. Somos exportadores de petróleo y, al mismo tiempo, importadores de gasolina y gas. Una escalada en Medio Oriente impacta precios, inflación y estabilidad económica. La soberanía energética no se construye con discursos patrióticos, sino con inversión, refinación y autonomía real.

Frente a este escenario, la diplomacia mexicana debe sostener principios históricos: autodeterminación de los pueblos, no intervención y solución pacífica de controversias. Condenar el autoritarismo iraní no obliga a justificar bombardeos. La defensa de la paz no es ingenuidad; es la única alternativa responsable ante el tiempo de decisiones unilaterales y fuerza desmedida que se abre ante nosotros.

Eso pienso yo. ¿Usted qué opina? La política es de bronce.

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