Ante la Ley de Kafka: La aristocracia del lenguaje técnico de jueces y abogados

REFUTACIONES POLÍTICAS

En la parábola “Ante la Ley”, inserta por Franz Kafka en El Proceso, un hombre del campo llega frente a la puerta de la Ley. No está cerrada ni abierta, hay un guardián que le impide el acceso con una fórmula ambigua: “no ahora”. El campesino espera, espera y espera por toda su vida sentado ante la puerta. Antes de morir pregunta al guardián por qué nadie más ha intentado entrar. Él le responde: esa puerta estaba destinada solo para ti y ahora voy a cerrarla.

La escena no es un simple ejercicio literario sobre el absurdo; es la radiografía del derecho moderno. Kafka comprendió que el poder más eficaz no es el que golpea, sino el que posterga; no es el que prohíbe frontalmente, sino el que administra el acceso. La Ley no niega su universalidad: está ahí, visible, solemne, casi invitante. Pero su comprensión y su uso efectivo están custodiados por una estructura de doctos y burócratas que convierte el acceso en privilegio.

El derecho contemporáneo se proclama rector racional y universal de la conducta humana, afirma gobernar a todos por igual. Sin embargo, desde la nomenclatura del poder fáctico ha construido una aristocracia técnica cuyo instrumento de dominación es el lenguaje especializado de lo jurídico. Jueces y abogados no solo interpretan la ley: monopolizan la totalidad de su significado. Las personas pueden leer las leyes, pero no comprenderlas o descifrarlas, verla, pero no atravesarla.

Aquí se revela la gran paradoja: ¿cómo puede el derecho regular la conducta humana si quienes deben obedecerlo no lo conocen ni comprenden? La respuesta implícita del sistema es inquietante: no es necesario comprender el derecho; basta con someterse ciegamente (“la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”). Para eso existen los especialistas intermediarios, los abogados y jueces: los guardianes de la Ley.

La tecnocracia jurídica ha convertido el lenguaje jurídico en muralla. La proliferación normativa, la inflación legislativa, la complejidad procesal y la hipertrofia de la jurisprudencia no son meros accidentes del desarrollo institucional; son también dispositivos de exclusión. El derecho se presenta como público, pero su inteligibilidad es privada: la igualdad ante la ley es desigualdad frente a su interpretación.

Las personas no doctas, como el hombre del campo, internalizan el límite, no intentan forzar la entrada, aceptan dócilmente que el conocimiento técnico les es ajeno, metafísico: confían ciega y resignadamente en la autoridad del guardián. Así, la dominación se vuelve casi invisible: no necesita violencia abierta, porque descansa en la “legitimidad” del saber especializado, aristocratizado, tecnocratizado.

La mística oscura del derecho adjetivo refuerza a la aristocracia del foro y la judicatura. No importa tanto la justicia material como la corrección formal del trámite procesal. Todo proceso es un fin en sí mismo: los plazos, los incidentes, los recursos y las formalidades sustituyen a cualquier intento de acción comunicativa para la experiencia concreta de una justicia material real y comprensible. El tiempo subordinado al procedimiento se forja como la herramienta más perversa del poder fáctico. El “no ahora” de Kafka resuena en cada diferimiento, en cada resolución que aplaza lo esencial bajo el pretexto de una técnica que califica lo procedente en tiempo y forma.

La imparcialidad y la neutralidad, banderas del poder judicial, se convierten en coartadas que degeneran en distancia social. La neutralidad técnica oculta decisiones profundamente humanas bajo el ropaje del silogismo jurídico. La toga y el lenguaje críptico generan un aura de sacralidad que inhibe la crítica y toda sentencia se presenta como verdad racional, cuando no es otra cosa que una construcción hermenéutica inscrita en relaciones de poder.

El problema no es la existencia de especialistas. Toda sociedad compleja requiere saber técnico, el problema surge cuando ese saber se autonomiza del cuerpo social y se transforma en casta dominante. Cuando la interpretación de la ley deja de ser un ejercicio orientado al interés general y se convierte en mecanismo de autoconservación corporativa. La frase final del guardián kafkiano es devastadora: “esta puerta estaba destinada solo para ti”. En el sistema legal, cada persona tiene derechos singulares, cada caso encarna una historia irrepetible, pero la estructura institucional impide que esa singularidad encuentre realización efectiva. La puerta existe, pero la arquitectura está diseñada para que las personas mueran esperando la autorización de comprender la Ley que les regula.

El derecho moderno, si quiere sostener su pretensión democrática, debe enfrentar esta contradicción. No puede seguir afirmando que gobierna racionalmente mientras mantiene el acceso a su sentido bajo custodia aristocrática de abogados y jueces. No puede invocar la soberanía popular mientras habla en un idioma inaccesible para el demos.

Hoy, la tecnocracia jurídica no es más que la nobleza contemporánea: sin títulos hereditarios, pero con privilegios cognitivos; sin castillos, pero con tribunales; sin espadas, pero con sentencias. Una aristocracia del lenguaje que decide, en nombre de todos, aquello que casi nadie comprende. Kafka no ofrece soluciones, pero sí una advertencia: la Ley que no puede ser entendida por quienes la obedecen deja de ser instrumento de autogobierno y se convierte en aparato de espera infinita. Y ningún orden que aspire a llamarse democrático debería tolerar que la puerta destinada a cada persona se cierre sin haber sido verdaderamente abierta.

En X: @RubenIslas3

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