Claudia Sheinbaum juega a las vencidas con Morena, PVEM y PT

La discusión de la reforma electoral ha abierto un nuevo frente de tensión en un gobierno que ya enfrenta desgaste político y fisuras internas. No es una modificación técnica: está en juego la viabilidad del proyecto obradorista y la manera en que se reorganizará el poder en los próximos años. El desenlace marcará el rumbo del oficialismo e incluso, podría anticipar su propia decadencia.

Reforma tóxica

Después de 1988 el ejecutivo entendió que ya no prosperaría ninguna reforma sin consenso político amplio. La crisis de legitimidad obligó a construir reglas compartidas, dando paso a importantes reformas que dieron autonomía a la autoridad electoral y consolidaron la pluralidad.

Hoy la lógica parece invertirse. Cualquier reforma impulsada desde el poder se vuelve tóxica más por su origen que por su contenido. La desconfianza parte del rediseño de reglas promovido por quien gobierna y compite al mismo tiempo.

Desde 2018, el proyecto de Andrés Manuel López Obrador fue más que programático, estructural. No se trató solo de gobernar, sino de sustituir la lógica de partidos por la de un “movimiento” articulado en torno de un liderazgo central. Morena nació bajo la premisa de que la toma de decisiones fuera vertical: a las iniciativas presidenciales no se les mueve “ni una coma” y la deliberación plural se sustituyó por hegemonía.

En 2022, López Obrador intentó una reforma constitucional profunda: transformar al árbitro electoral, reducir representación proporcional, centralizar funciones y redefinir el financiamiento; cuando no alcanzó mayoría calificada, vino el “Plan B”, invalidado por la Corte. La falta de consensos parecía poner límite al rediseño institucional, de ahí la actual ofensiva.

El riesgo para los aliados

Pese a los antecedentes la propuesta presentada por Claudia Sheinbaum retoma aquella lógica. Sin parlamento abierto ni negociación visible con la oposición, la reforma nació nuevamente sin consensos, pero esta vez, la tensión no está fuera del bloque oficialista, sino dentro.

Morena necesita los votos del Partido Verde y del PT para alcanzar mayoría calificada. Y el escenario ya no es el de 2022. Cuando el respaldo del PVEM estuvo condicionado a la llamada “cláusula de vida eterna”, que permitía las transferencias de votos para evitar la pérdida de registro. Aquella fórmula fue anulada y ahora no hay salvavidas similares.

La eliminación de plurinominales altera el equilibrio. Sin representación proporcional, los partidos pequeños dependen exclusivamente de triunfos directos con el riesgo de quedar subordinados a Morena o perder viabilidad electoral. El rediseño propuesto reduce incentivos para la pluralidad interna del bloque, por lo que no es extraño que muestren mayor dureza en la negociación.

Por otro lado, está la intención de eliminar el PREP, un mecanismo de transparencia inmediata que, pese a sus fallas, ofrece certidumbre preliminar.

En un contexto donde la elección de 2024 fue señalada por sectores opositores como una elección de Estado, retirar instrumentos de transparencia no es una decisión inocua. La narrativa del “abrazos no balazos” muta y aparece en el marco de lo electoral: contención política hacia dentro, concentración estratégica hacia fuera.

El régimen juega a las vencidas

Sheinbaum juega a las vencidas con sus aliados. Necesita sus votos para validar una reforma que fortalece centralmente a Morena; mientras, para sus partidos aliados, la negociación es de supervivencia.

Si PVEM y PT respaldan sin condiciones, consolidan la hegemonía morenista y aceptan su papel subordinado. Si se resisten, ponen en riesgo la mayoría calificada y frenan el rediseño institucional. En cualquiera de los escenarios, el movimiento enfrenta el dilema de compartir el poder o absorberlo.

El problema de fondo es que cuando un régimen necesita reformar las reglas para asegurar su continuidad, suele estar anticipando su propio desgaste. La reforma electoral se vuelve señal de prevención: si el poder se siente sólido no cambia el tablero; compite en él.

Después del 88, México entendió que las reglas debían construirse entre adversarios. Hoy el oficialismo está al filo de la navaja. Sin la reforma, su proyecto queda incompleto. Con ella, el país entra en una nueva etapa de concentración política.

En ambos casos, Claudia Sheinbaum enfrenta una prueba decisiva: demostrar de qué está hecho su liderazgo en una partida donde se juega lo que será la nueva arquitectura de la democracia mexicana o la erosión del régimen que quiso imponer su hegemonía.

X: @diaz_manuel

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