A 10 años del regaño papal a los obispos mexicanos
En la misa del miércoles de ceniza, el sacerdote comentó al final: “Nuestro obispo cumple 75 años. Ha entregado su carta de renuncia (como compete a su edad). Nos ha expresado que no tiene ahorros ni un fondo para el retiro. Haremos una colecta y si alguien sabe de algún terreno o una casa en venta puede informarnos ya que el obispo planea quedarse a vivir aquí. Me refiero al obispo de Puerto Escondido, Florencio Armando Colín“.
Mientras escuchaba esto, atónito, pensaba en los jerarcas de las grandes ciudades, rodeados de lujos, protegidos por empresarios, despreocupados por su futuro porque tienen propiedades y fortunas de extraños orígenes. Solamente el cardenal Norberto Rivera tiene dos departamentos de lujo (de los que se tiene noticia). Hace exactamente 10 años el Papa Francisco se dirigía a los obispos mexicanos en la catedral metropolitana de la Ciudad de México:
“Les ruego no caer en la paralización de dar viejas respuestas a las nuevas demandas. Vuestro pasado es un pozo de riquezas donde excavar, que puede inspirar el presente e iluminar el futuro. ¡Ay de ustedes si se duermen en sus laureles! Es necesario no desperdiciar la herencia recibida, custodiándola con un trabajo constante. Están asentados sobre espaldas de gigantes: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, fieles ‘hasta el final’, que han ofrecido la vida para que la Iglesia pudiese cumplir la propia misión. Desde lo alto de ese podio están llamados a lanzar una mirada amplia sobre el campo del Señor para planificar la siembra y esperar la cosecha.”
Encuentro con los obispos de México, discurso del Santo Padre, Catedral Metropolitana, Ciudad de México, sábado 13 de febrero de 2016.
La intención del Santo Padre molestó a más de uno, sobre todo a aquellos que en efecto estaban viviendo una vida de riqueza y no una vida de pastores. Incluso se refirió a la hipocresía reinante entre la hermandad del episcopado, les invito a “portarse como hombres… de fe” y a decirse las cosas de frente, sin murmuraciones ni discordias. La reacción no se hizo esperar, el más ofendido, el arzobispo primado, desplegó su indignación. Utilizando el semanario Desde la Fe, se quejó de la “desinformación” en la que había caído el Papa. De manera pusilánime decidió enfrentar la obediencia que le ata al obispo de Roma antes que aceptar sus propios errores. Los demás obispos no se dieron por enterados del mensaje. Hicieron cambios estéticos pero el regaño quedó en la historia como un mero “fallo comunicacional”.
Desde entonces y hasta el día de hoy, el episcopado mexicano se encuentra en una profunda crisis de liderazgo(s). Lejos se encuentran de figuras prominentes como Sergio Méndez, Carrasco o Samuel Ruíz. No hay voces disidentes sino algunas expresiones timoratas de cercanía popular, aunque se entendió que para ser buen pastor había que ser poco estudiado y entonces no hay pastores proféticos ni teólogos capaces sino una mezcla bastante parecida a la incompetencia y a la mediocridad.
Un esfuerzo de algunos obispos que debe destacarse, por mediación de los jesuitas y laicos con amplia experiencia e inteligencia, fue el despertar a encabezar el Diálogo Nacional por la Paz. Lamentablemente este esfuerzo nacional no ha llegado a todas las diócesis ni a todas las comunidades parroquiales, quedándose en grupos muy concretos, demasiado académicos y poco cercanos al territorio. Poco a poco avanza en una presencia discreta pero eficaz. Aunque es visto por grupos conservadores como un proyecto demasiado de “izquierda” (lo cual es buena noticia), no ha logrado que la histórica articulación interna entre jesuitas, jerarcas y laicos y laicas, salga de un diálogo parecido al eco y se convierta en bocina que agrupe diversas causas sociales. En términos prácticos: se hablan entre sí y se responden entre sí.
Este año habrán de presentar la renuncia los obispos de tres de las principales arquidiócesis del país, a saber: Monterrey, Guadalajara y México. Es una gran oportunidad para que los nuevos obispos sean elegidos sabiamente, con un ojo puesto en la realidad nacional que exige una respuesta clara a los grandes y muy graves deudas de los gobiernos (de todos los colores) y otro ojo puesto a la construcción de una Iglesia cercana, sinodal, lejos de amistades cómplices con el empresariado y otros grupos delictivos.
Todavía recuerdo cómo en el funeral de Samuel Ruíz, mientras entraba el féretro a la capilla del CUC, con machetes en alto los representantes de Atenco gritaban: “¡Queremos obispos al lado de los pobres!“. Hoy me pregunto: ¿en dónde estarán esos obispos? ¿Dónde se están formando y qué clase de conservadurismo podrán desafiar? ¿Quiénes están dispuestos a no dejarse seducir por el dinero, la comodidad o la fama? ¿Por qué no tenemos obispos que también sean profetas? ¿Por qué no tenemos obispos que se comporten como obispos? Mientras tanto, testimonios como el del obispo Florencio Armando Colín me dan esperanza, que en silencio y dedicación, hay algunos pocos pastores dedicados a su pueblo; pastores con verdadero olor a oveja.