Teología para tiempos funestos

La pregunta frente a lo que vivimos tiene muchas respuestas, la mayoría son respuestas convertidas en acción, una palabra militante y activa que desde la resignación busca darle sentido al mundo. La teología es, desde esta perspectiva, una más de las voces que puede justificar o combatir aquello que tanto duele. Más allá del análisis, debe mostrar rutas, reales, situadas, actuales. También hay teologías que han servido para sostener y cooperar con el mal. Estas teologías, enraizadas en el capitalismo y potenciadas por el machismo, son una contradicción, pero al ser tan cómodas, se han vuelto el púlpito sobre el que los poderosos escupen; la deidad que idolatran es un espejo sucio que solamente les permite ver una imagen borrosa de sí mismos, se escuchan y aplauden entre sí. Las voces del pueblo no caben en tales figuraciones y la realidad tiene el tamaño de su propio ego. Nada cabe, ni el cristianismo real ni deidad alguna.

¿Cuál es el volumen de la voz de la teología actual? ¿Con qué teología contamos para contrarrestar esta miseria que no es del corazón sino social y política? ¿Alcanza rezar y creer que las cosas mejorarán solas? ¿Es suficiente el numeroso esfuerzo de libros sobre teología-cada vez más costosos- que solamente señalan la herida y se compadecen, pero no hacen nada en la práctica? ¿Están ejecutando las iglesias, de manera contundente, la lucha contra el mal o están centradas en cuidar de dogmas olvidando los mandamientos del amor y de la dignidad humana? ¿Siguen pensando en el mal como algo abstracto que se aleja mostrando un crucifijo o se dan cuenta que está vivo, presente y vestido de traje? ¿Se darán cuenta que al replicar los discursos de odio contra minorías y mayorías en realidad se alejan cada vez más de Cristo? ¿En qué momento pusieron a las patrias y a los gobiernos y sus leyes injustas por encima de la creación? ¿En qué momento se convirtieron en el coro bullicioso de quienes intentan destruir el Reino de Dios? ¿En dónde quedó la valentía profética en la jerarquía que, cobardemente, critica a la izquierda que busca el bien común, pero calla frente a la derecha asesina y perversa?

Los templos comienzan a vaciarse, iniciando un proceso en donde el cristianismo en todas sus expresiones se vuelve irrelevante salvo para temas de tradición comunitaria o para generar culpa en una generación que busca expresar sus emociones libremente. La poca población que se acerca, ya no lo hace por convicción, lo hace por inercia y su permanencia es violentada por un sistema opresor vertical preocupado por conseguir recursos económicos antes que ser un verdadero hospital para quien necesita ternura. Los templos se convertirán en museos de otra época en donde hombres ignorantes y con miedo gobernaban; alérgicos a la realidad, a la sinodalidad y al diálogo con lo distinto.

Al abrir la ventana, hoy no tenemos el viento del Espíritu Santo que nos sugiere un cambio. Nos exige una transformación profunda porque al asomarnos hay un mundo en llamas, donde los pueblos ya no claman por milagros sino por comida y libertad, justicia social y el fin de las violencias. La apuesta a la radicalidad está aquí. Ya no es una opción preferencial por los pobres. Es la decisión de vida o muerte. Es la elección ante lo que es obligatorio para cualquier persona seguidora de Jesús. Ya no es necesario un cristianismo con adjetivos, simplemente basta con decir que se está con la lucha social o se está en contra del proyecto del Amor.

La teología para tiempos funestos no está en las grandes universidades o en los conservadores jerarcas que no saben sino de diplomacia pusilánime; la teología del pueblo está en la tierra, en quienes la defienden, en quienes protestan contra las corporaciones, no con quienes aplauden falsamente al empresariado por recibir prebendas a cambio; la teología la están haciendo los colectivos que se organizan y se preocupan por la vivienda digna, el trabajo digno, la salud universal, el derecho a la movilidad humana, el cuidado de quienes migran. Está también en medio de quienes no creen en deidad alguna o profesan religión alguna pero que tienen esperanza y dan la vida, el tiempo y el amor a sus prójimos. En esa fe de lucha, está la nueva teología; la que rompe la vitrina, no la que busca que las cosas sigan como siempre, ignorando que del otro lado hay futuras generaciones que merecen un mejor mañana. En esas actitudes de servicio y generosidad, en quien levanta la voz en medio de una celebración familiar para señalar los problemas sociales, está la nueva generación de profetas. No está en la juventud fanática que no hace sino luchar contra fantasmas y “luchas culturales” que no existen. No está en las oraciones hipócritas cuyo efecto dura mientras están dentro de los templos o lugares de culto y al salir se convierten en replicadores de discursos baratos, elaborados por gente con miedo y sin misericordia.

El carácter profético del pueblo que se subleva contra sus autoridades por ser injustas, el espíritu de protesta y de esfuerzos coordinado y anticapitalista, es el que debemos cuidar, incentivar y alentar. Los nuevos modelos de santidad no deben ser adolescentes obsesionados con mitos devocionales sino los que están pensando en estrategias para que las comunidades tengan vida y justicia social.

La teología no debe ser nueva, debe ser congruente. El cristianismo sumiso a la disciplina, silencioso frente al odio y cómplice del neoliberalismo está condenado a la intrascendencia. En este acantilado social habrá que decidir si somos quienes extendemos la mano y lanzamos cuerdas para ayudar o si somos los que juzgan, desde la falta de amor, a quienes son diferentes, negándoles el reconocimiento como descendencia de la misma deidad de la cual proclamamos nuestro origen.

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