Grupo Tabasco: ¿la región cuatro del Grupo Atlacomulco?

México atraviesa una de las etapas más complejas de su historia reciente. Crisis fiscal, violencia política, señalamientos de corrupción, nepotismo y presuntos vínculos entre actores públicos y el crimen organizado alimentan una percepción creciente de fragilidad institucional. En ese contexto, para comprender la lógica interna de la llamada Cuarta Transformación (4T), conviene revisar los referentes históricos que moldearon su arquitectura de poder.

El obradorismo no surgió en el vacío. Más allá de su narrativa antisistémica, su diseño político retoma elementos del viejo régimen priista, particularmente del llamado Grupo Atlacomulco, la corriente mexiquense que durante décadas ejerció influencia determinante en el Estado de México y en la política nacional. La pregunta es inevitable: ¿el llamado Grupo Tabasco es una nueva versión regional de aquel modelo?

El antecedente mexiquense

El Grupo Atlacomulco consolidó su influencia a partir de figuras como Isidro Fabela, Carlos Riva Palacio y, más tarde, Carlos Hank González, Alfredo del Mazo Vélez y Emilio Chuayffet. Durante la hegemonía priista, se le atribuyeron prácticas de control territorial, cooptación corporativa y disciplina interna férrea.

Su momento de mayor proyección ocurrió durante el gobierno de Adolfo López Mateos, cuando redes políticas y económicas tejidas desde el gabinete consolidaron un entramado de continuidad generacional. La interconexión familiar, las alianzas regionales y la ocupación estratégica de cargos públicos permitieron extender influencia más allá del Estado de México.

Tras el declive relativo posterior a los años setenta, el grupo retomó centralidad con la llegada de Carlos Salinas de Gortari en 1988. La anécdota atribuida a una conversación con su padre —“nos tardamos 30 años, pero llegamos”— sintetiza una aspiración histórica, la permanencia en el poder. Un proyecto que evocaba, en cierta medida, la lógica de control político que intentó consolidar Plutarco Elías Calles en el Maximato.

La ramificación tabasqueña

Es en esa red de relaciones donde algunos analistas ubican el origen del llamado Grupo Tabasco. El exgobernador Manuel Gurría Ordóñez, cercano a Carlos Hank González, fungió como puente político entre corrientes regionales. De esas estructuras emergieron cuadros que años después adquirirían relevancia nacional.

Entre ellos destaca el senador Adán Augusto López Hernández, cuya trayectoria se desarrolló en ese entorno político. También aparece Humberto Mayans Canabal, con vínculos históricos con el priismo tabasqueño. Estas trayectorias evidencian la continuidad de élites regionales que han transitado con pragmatismo entre distintos proyectos.

La tesis crítica sostiene que la 4T replicó la lógica de concentración de poder basada en lealtades personales, pero con menor cohesión interna. Donde el Grupo Atlacomulco operaba bajo disciplina jerárquica, el obradorismo enfrenta tensiones constantes entre facciones. Donde la disputa por contratos públicos, posiciones estratégicas y control territorial ha generado fricciones visibles.

Episodios recientes han alimentado sospechas sobre luchas internas y presiones externas: el asesinato del empresario Sergio Carmona en 2021 reavivó debates sobre financiamiento político irregular y redes criminales; además, accidentes y muertes de figuras empresariales y políticas en contextos de conflicto público, así como el persistente homicidio de alcaldes y funcionarios municipales en diversas regiones del país.

Continuidad, pero en otro contexto

La comparación, sin embargo, tiene límites claros. El México del siglo XXI no es el del priismo hegemónico. Hoy existe mayor pluralidad electoral, una sociedad civil más activa, redes sociales que amplifican denuncias y presión internacional constante en materia de transparencia y combate al crimen organizado.

No obstante, hay un punto de coincidencia estructural: la concentración del poder en círculos reducidos. Cuando las decisiones estratégicas se subordinan a lealtades personales y equilibrios facciosos, la gobernabilidad se vuelve frágil. Más aún en un entorno atravesado por violencia territorial y economías ilícitas.

La pregunta de fondo no es si el Grupo Tabasco es una réplica exacta del Grupo Atlacomulco. La cuestión es si un modelo basado en redes cerradas puede sostenerse en una democracia más vigilada, fragmentada y competitiva.

La historia política mexicana demuestra que los grupos construidos alrededor de lealtades personales suelen fracturarse cuando las tensiones internas superan los incentivos de unidad.

Y cuando eso ocurre, la ruptura no queda confinada a la élite. Se traslada al sistema completo. Si el poder se concentra sin contrapesos reales y sin cohesión interna, el riesgo no es solo la disputa de la cúpula, sino una crisis más profunda de gobernabilidad. Ahí radica el verdadero desafío para la 4T —y para el país entero.

X: @diaz_manuel

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