Rudos contra técnicos

La aparición del libro “Ni venganza ni perdón”, del exconsejero jurídico de Andrés Manuel López Obrador, Julio Scherer Ibarra —a quien el propio expresidente llamaba “hermano”— llega en uno de los momentos más delicados para la Cuarta Transformación y para el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum.

El texto no solo reabre heridas: alimenta la percepción de que dentro de Morena y sus aliados se libra una auténtica “guerra civil”.

No es una oposición externa la que hoy pone en aprietos al oficialismo, sino una confrontación interna por poder, dinero y supervivencia política.

El primer campo de batalla es judicial y transnacional. La presión de Estados Unidos sobre figuras relevantes de la 4T ha generado tensión. Investigaciones abiertas en cortes de Texas, Nueva York y California han puesto nerviosos a más de uno.

En ese contexto, crecen versiones de posibles colaboraciones como testigos y filtraciones que comienzan a traspasar las fronteras del país. Cuando las disputas internas coinciden con expedientes judiciales internacionales, la política deja de ser sólo política y se convierte en cálculo de protección personal.

El segundo ring es económico. La disputa por contratos, concesiones y asignaciones directas en sectores altamente rentables como infraestructura, energía, telecomunicaciones y servicios públicos.

La lucha por el control de estos recursos ha fracturado alianzas que parecían sólidas. La 4T prometió desterrar el viejo reparto de cuotas a cuates; sin embargo, la pugna actual exhibe que el acceso al presupuesto sigue siendo el gran ordenador del poder.

Rudos contra técnicos

El tercer frente es político-electoral. Aquí la confrontación es más visible. Los llamados “duros” del obradorismo frente a los “técnicos” o pragmáticos.

Los primeros, leales al expresidente y hoy alineados con Sheinbaum, buscan mantener el control del movimiento. Los segundos, muchos con pasado en el PRIAN o en partidos aliados, intentan ampliar su cuota de poder.

En el bloque de los duros figuran Adán Augusto López; Mario Delgado; Audomaro García; Alejandro Esquer; Layda Sansores; Félix Salgado Macedonio; y la jefa de Gobierno capitalina, Clara Brugada. Todos orbitan alrededor de una figura clave en la arquitectura del poder obradorista: Jesús Ramírez Cuevas, ex vocero presidencial y hoy coordinador de asesores de la presidenta, señalado como operador central de la narrativa y de las disputas internas.

A ese núcleo gravitaron personajes como el fiscal Alejandro Gertz Manero y la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, además de los hijos del expresidente, José Ramón, Andrés y Gonzalo López Beltrán, mencionados con frecuencia como operadores políticos y económicos dentro del movimiento.

Pero la fractura no es nueva. Scherer salió tras choques con Gertz y Ramírez y también se distanció César Yáñez, histórico colaborador de López Obrador. Desde fuera, libros como El Rey del Cash y El Gran Corruptor, de Elena Chávez, quien conoció de cerca el núcleo del obradorismo, alimentaron la narrativa de traiciones internas.

Incluso empresarios que respaldaron al obradorismo hoy están confrontados con el régimen, como Ricardo Salinas o Alfonso Romo, ex jefe de la oficina de Presidencia.

Del otro lado están los pragmáticos: Ricardo Monreal, Manuel Velasco, Alberto Anaya y liderazgos del PVEM y el PT que buscan redefinir la correlación de fuerzas. La disputa se expresa en el debate sobre la reforma electoral.

La propuesta original —eliminar plurinominales, reducir financiamiento y reconfigurar al árbitro electoral— es vista por críticos internos como un intento de recentralizar el poder y debilitar aliados.

El choque entre Layda Sansores y Ricardo Monreal por el conflicto en Campeche fue un síntoma claro que, lejos de disciplina, exhibió ruptura.

Violencia y desgaste moral

Todo esto ocurre en un país donde la violencia persiste. Durante el sexenio pasado se documentaron asesinatos de funcionarios, candidatos y autoridades municipales y miles de eventos de alto impacto.

En ese contexto, el libro de Scherer actúa como catalizador. No es solo un ajuste de cuentas personal; es una pieza que alimenta la narrativa de fractura y cuestiona la cohesión moral del proyecto. La 4T, que durante años se presentó como bloque monolítico frente a la “mafia del poder”, hoy enfrenta la imagen de un movimiento fragmentado por ambiciones y sospechas.

¿Es exagerado hablar de “guerra civil”? Quizá en términos estrictos. Pero políticamente, Morena atraviesa su momento más delicado y, cuando un proyecto depende de la unidad interna y de una narrativa de superioridad moral, las fracturas pesan el doble.

La pregunta ya no es si existe confrontación dentro de la 4T. La pregunta es si la presidenta podrá contenerla sin sacrificar gobernabilidad, credibilidad y estabilidad. Porque cuando la lucha es por el control del poder, el riesgo no es solo la división del movimiento: es la erosión del Estado mismo.

X:@diaz_manuel

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