El Super Bowl: ¿un acto de resistencia o un espectáculo más?

La noche del 8 de febrero de 2026 obliga a una lectura que trasciende el espectáculo para situarse en la cruda geopolítica del continente. América Latina se encuentra en un estado de sensibilidad extrema, herida por políticas migratorias que han transformado la frontera en un muro de vigilancia tecnológica y miedo. En este escenario, la figura de Benito Antonio Martínez Ocasio, mejor conocido como Bad Bunny, emerge como un símbolo de soberanía cultural. Su presencia en el Levi’s Stadium representó la ocupación de un espacio central por parte de una identidad que el sistema estadounidense intenta, simultáneamente, comercializar y perseguir.

La coherencia de Benito con su público se manifestó en un hecho concreto: el artista cumplió un año sin ofrecer conciertos masivos en Estados Unidos. Esta decisión respondió al incremento de los operativos del ICE a finales de 2024. El artista canceló sus fechas para evitar que sus presentaciones se convirtieran en puntos de concentración donde las autoridades migratorias pudieran realizar redadas masivas.

La historia de este encuentro entre el artista y el imperio está marcada por la fricción. En 2023, tras declarar que a la apropiación cultural de la industria “le faltaba sazón”, los registros de sus palabras fueron eliminados de las plataformas digitales bajo pretextos de propiedad intelectual. Fue un intento de invisibilizar una voz que cuestiona el centro del poder.

Sin embargo, también existe la otra contra parte: ¿realmente incomodó a la élite? Sin caer en el sobreanálisis, es evidente que el show funge también como una sofisticada herramienta de asimilación y contención. Mientras el público celebraba soberanía cultural, la NFL y sus patrocinadores capitalizaban cada segundo de la transmisión. El sistema siempre se favorecerá de una división política, hasta pareciera que empaquetaron nuestro enojo para vendérnoslo de vuelta.

Desde una perspectiva más negativa, el medio tiempo de Bad Bunny puede ser interpretado como una probadita de justicia, permitiendo que el orgullo y cultura latina brille durante quince minutos. Pareciera que el sistema libera presión acumulada por las injusticias a los migrantes, pero sin modificar una sola ley migratoria. Al final de cuentas, el producto de Benito, rebelde o no, era lo más rentable para estos momentos.

Bad Bunny ofreció un momento de exposición a la cultura latina, compartiendo un mensaje de unidad, lo cuál nos hizo sentir respetados y celebrados, aunque fueran por unos instantes. Pero idealizarlo sería caer en el juego, conformándonos con migajas. Enaltecer, otra vez, a una celebridad multimillonaria. No porque se apropiara por 15 minutos de uno de los espacios con más rating en el mundo significa que ganamos, pero tampoco significa que lo ocurrido en el medio tiempo no fuera trascendental.

Entre un océano de análisis y opiniones a veces es bueno ver las cosas por lo obvias que son: el show fue la evidencia de que la cultura es imposible de callar, pero también fue un recordatorio de que las verdaderas luchas están en las calles y no en las estrellas del espectáculo.

A pesar de todo, mírenos aquí, aún hablando del tema, discutiendo si sólo fue un show más del montón.

Alexa Heredia, Politóloga y administradora pública de la UNAM

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