Un puente real en construcción
En días pasados acudimos a la cumbre contra el narco-terrorismo organizado con CPAC; no fue un evento más en la agenda política internacional.
Fue, sin exagerar, un espacio real y directo de interlocución entre liderazgos de la sociedad civil mexicana y miembros activos de la administración del presidente Donald Trump.
Desde mi discurso inaugural lo dije con claridad: no empujamos los acontecimientos, los previmos.
La crisis de seguridad que hoy atraviesa México y que impacta directamente a ambos lados de la frontera, no es coyuntural ni retórica; es estructural, acumulada y negada durante demasiado tiempo. Por eso, se equivocan quienes sin haber presenciado el evento, lo consideran una solicitud; este encuentro de voces diversas no nació del cálculo político, sino de la urgencia histórica de colaboración y atención a un problema común entre ambas naciones.
La presencia de Sarah Carter, zar antidrogas de la administración Trump, marcó un punto de inflexión. Su participación confirmó que no se trató de un ejercicio simbólico, sino de un canal real de escucha y definición. Su mensaje fue inequívoco: el combate al narco-terrorismo vuelve al centro de la agenda hemisférica, con seriedad, con datos y con voluntad política (de ambas naciones).
Un reconocimiento especial y profundo a Mercy Schlapp, cuya conducción de la cumbre fue decisiva para su éxito. Su capacidad para articular voces diversas, mantener el eje moral del encuentro y conducir la conversación hacia soluciones concretas permitió que este espacio trascendiera el formato de conferencia para convertirse en un punto de diálogo efectivo.
Ella subrayó una idea que sintetiza el espíritu de esta cumbre al señalar: “La lucha contra los cárteles no es solo un tema de seguridad: es una causa moral que define el futuro de nuestras naciones”.
Esa convicción moral, política y civilizatoria fue el hilo conductor de la cumbre y explica su impacto real.
Mi reconocimiento también a Matt Schlapp, hoy uno de los referentes conservadores más influyentes del continente. Su definición en favor de la causa compartida en contra de los cárteles ha permitido que se vuelva a asumir como bandera la fuerza activa del orden, la libertad y Estado de derecho. La decisión de CPAC de abrir este espacio junto a México Republicano a actores sociales diversos, confirma una postura sin ambigüedades: el narco-terrorismo es el enemigo común y debe ser enfrentado como tal.
El Summit logró algo que durante años parecía imposible: sentar en una misma mesa a actores de ambos países sin simulación, sin eufemismos y sin agendas ocultas. Se habló de cooperación, sí, pero también de omisiones en ambos lados; de soberanía, pero sin usarla como coartada para la impunidad; de futuro, pero partiendo de un diagnóstico frío, técnico y honesto del presente.
Para México Republicano, este encuentro lo coloca como un interlocutor legítimo, serio y responsable entre México y el nuevo entorno político que representa el movimiento conservador estadounidense. No se trata de un partido, ni de una empresa con intereses económicos, menos aún de una consigna pasajera; es una construcción estratégica, como social civil organizada, un arca en tiempos de tormenta.
El éxito del Summit no se mide solo en asistencia o repercusión mediática, sino en algo más profundo: se abrió un canal que ya no se cerrará. Un canal donde la seguridad, la libertad y la dignidad humana vuelven a ocupar el centro del debate.
A quienes asistieron desde ambos lados de la frontera (líderes políticos, analistas, comunicadores y representantes de la sociedad civil), los condujo el mejor deseo de que las cosas vayan bien para México y para su vecino del norte. Lo importante será lo que los representantes de Estados Unidos y México hagan con lo que la sociedad civil necesita.