El medio tiempo que el discurso antimigrante no pudo apagar

No hace falta ser fan de Bad Bunny para entender lo que está pasando. En un momento en el que la conversación pública parece dominada por el miedo al otro, el endurecimiento migratorio y la normalización de la exclusión, un artista latino decide usar los escenarios más visibles del mundo para decir algo incómodo: que ser latino no es una desventaja, que migrar no es un delito y que nunca dejó de creer en él. No es un gesto menor.

Cuando Bad Bunny lanzó mensajes críticos contra políticas migratorias y reivindicó el orgullo latino en espacios globales, no estaba improvisando ni haciendo provocación gratuita. Estaba usando poder simbólico. Y el poder simbólico, en economía, importa más de lo que solemos aceptar. Las narrativas influyen en expectativas, y las expectativas influyen en decisiones. Decisiones de consumo, de inversión, de migración y de emprendimiento.

La discusión migratoria suele abordarse desde la seguridad o la política electoral, pero rara vez desde la economía real. Ahí es donde el discurso dominante falla. En Estados Unidos, la población latina no es marginal: es estructural. Aporta millones de trabajadores, sostiene sectores enteros de la economía y es una de las comunidades con mayor dinamismo emprendedor. Sin embargo, sigue siendo tratada como si fuera prescindible o problemática. Esa contradicción no es solo moral; es económicamente irracional.

México conoce bien esta paradoja. Durante décadas, la migración ha funcionado como una válvula de escape ante la falta de oportunidades internas. Las remesas son hoy una de las principales fuentes de ingreso del país, superando incluso a sectores estratégicos. Pero seguimos hablando del migrante como si fuera un accidente del sistema y no una consecuencia directa de decisiones económicas y políticas. Cuando una figura como Bad Bunny coloca el tema en la conversación global, obliga a mirar esa realidad sin eufemismos.

Desde la economía conductual sabemos que la percepción de pertenencia tiene efectos medibles. Cuando una persona siente que su origen la limita, invierte menos en sí misma, menos educación, menos capital humano, menos disposición al riesgo productivo. Por el contrario, cuando se refuerza la idea de que el origen no es un obstáculo sino un activo, se generan incentivos distintos. El mensaje “nunca dejé de creer en mí” no es solo emocional.

Lo que incomoda de Bad Bunny no es su música, sino su negativa a adaptarse. El modelo tradicional de éxito ha exigido históricamente a los latinos suavizar el acento, esconder el origen y traducirse para ser aceptados.

Esto tiene implicaciones claras para países como México. Durante años se nos ha dicho que el desarrollo pasa por parecernos a otros, por importar modelos sin cuestionarlos, por competir únicamente vía costos. Pero la experiencia muestra que las economías más resilientes son las que convierten su identidad en valor agregado. Cultura, creatividad y narrativa también son factores productivos. No sustituyen a la política económica, pero la complementan.

En un contexto de creciente incertidumbre global, insistir en la dignidad del trabajo migrante es casi un acto de resistencia económica. Las políticas de exclusión no solo son injustas; generan ineficiencias. Limitar la movilidad laboral, criminalizar comunidades productivas y sembrar miedo reduce el crecimiento potencial. No es ideología: es aritmética económica básica.

Bad Bunny entiende algo que muchos economistas olvidan en el debate público: el crecimiento no se decreta, se construye sobre confianza. Confianza en el futuro, en el esfuerzo y en la identidad. Cuando esa confianza se erosiona, las cifras terminan reflejándolo. Menos inversión, menos innovación, menos cohesión social. Cuando se fortalece, incluso sin reformas estructurales inmediatas, se amplían las posibilidades.

Al final, el impacto de figuras como Bad Bunny no está en cambiar leyes ni en escribir tratados, sino en algo más sutil y duradero: modificar la narrativa desde la cual millones de personas toman decisiones económicas todos los días. Decisiones que, acumuladas, terminan moldeando el desempeño de países enteros.

Porque creer en uno mismo no es un acto ingenuo ni un eslogan motivacional. Es el primer paso para invertir, producir y crecer. Y en tiempos donde se insiste en decirle a muchos que no pertenecen, insistir en lo contrario se vuelve un acto político y económico.

Nunca dejes de creer en ti.

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