El día que Bad Bunny hizo historia
Lo único más poderoso que el odio, es el amor. Bad Bunny ganó la batalla cultural y el capital simbólico de todo un continente en lo que fue mucho más que un medio tiempo en el super tazón. Profundamente politizado y profundamente representativo de la cultura latinoamericana, Benito logró enviar un poderoso mensaje en tierras estadounidenses, justo en el evento más consumido por aquella población, y el mensaje fue el de la amorosa resistencia. El de la humanidad más allá de las absurdas etiquetas de lo que nombramos, comenzando por cómo nombramos América.
Es increíble la cantidad de personas en Estados Unidos que, hasta el momento, siguen sin comprender que América es un continente completo integrado por países y naciones tan plurales y autónomas como con esencias y rasgos compartidos. La alegría, la salsa, el ritmo, la música sobre lo que nos duele, las canciones sobre la explotación, los plantíos, el honor a los oprimidos, la descendencia de manos trabajadoras que fueron explotadas. Todo en colores.
El fenómeno América es que el apellido Latina no es necesario cuando miramos que, en realidad, somos mayoría. Bad Bunny estuvo a la altura del momento más tenso y los minutos de show rebasaron el concepto del entretenimiento. Fue historia pura.
Pedagogía amorosa cargada de simbolismos; en definitiva, un himno contundente de vida. Benito demostró que puede salvar de pandemias, arrancar sonrisas, hacernos llorar y hacernos sentir profundamente orgullosos de ser quienes somos, de estar en donde estamos. De abandonar la idea de abandonar América Latina para abordar el sueño de salvarla y hacerlo realidad.
La música, como el fenómeno profundamente político que es la cultura, fue una cachetada con guante blanco. La capacidad creadora de amar un origen en la estructura y narrativa de entender nuestra historia, una forma de procesar el pensamiento complejo e histórico para regalarnos los mejores memes.
Hoy millones de niños amanecerán cantando a Bad Bunny; pocos padres latinoamericanos podrían molestarse. Nació un ícono que trasciende al reggaeton puro y que se convierte en el símbolo de creer en que nuestro origen es el mejor posible y que nuestra construcción cultural es poderosa, mucho más poderosa que lo aesthetic y lo blanqueado. Que somos colores desbordantes, caderas no contenidas, intensidad, pasión, coraje, orgullo. Millones recordarán el día que, gracias a Bad Bunny, más de un gringo deseó ser latino aunque no tuviera el ritmo, y eso tal vez sea lo más poderoso…. tras décadas deseando ser ellos, hoy por fin despertamos con el orgullo de ser nosotros mismos. Gracias, San Benito.
Vale la pena destacar también el triunfo cultural del español latino. No hablamos de ese español de la Real Academia Española, ni del vosotros y aquellos estilos antiguos… Hablamos de un español que hicimos propio, en el que nacieron tantas palabras nuevas, incomprensibles para la hispanidad clásica. Nuestro español, nuestra tierra, nuestra historia, toda junta demostrando que ese otro mito debe ser derribado. Por décadas compramos la idea de que el inglés era el idioma del éxito, la lengua universal. Ese idioma fue o ha sido un indicador de clase y cualquier latinoamericano podrá reconocerlo… aquel que nunca pudo aprenderlo o que lo hablaba con algún estilo tropicalizado era visto como alguien sin mundo y sin clase.
Pero seguimos aquí y sin la cartografía lingüística de Bad Bunny, tal vez no habríamos recordado la conciencia de la hispanidad tropical de América. América habla español. América somos todos. América somos más nosotros que los que dicen querer salvarla. Además de potenciar y recordar la historia de Puerto Rico, elevar como signo de unión nuestras historias compartidas en las que cambian los nombres de los perpetradores y las identidades de las víctimas pero se comparten episodios de despojo y conquistas. Como recordarnos sobrevivientes de mil guerras no nombradas y mirarnos al espejo para encontrarnos tan nuestros, tan sobrevivientes de la herida de haber sido pueblos oprimidos para haber incorporado todo aquello a nuestras historias de resiliencia, historias en las que solo cabe el amor. Bad Bunny hizo más que cualquier político, construyó un mosaico de honor a nuestras identidades y a nuestros detalles únicos que además de humanizarnos hacia quienes nos odian, nos recuerdan lo iguales que somos. Lo absurdo que es la persecución racial y narrativa encabezada por los más ignorantes y por sus secuaces que, por cierto, resultaron ser minoría de las minorías. Parias de su propia historia de vida.
Y quizá ahí resida la verdadera épica de esta escena: en la normalidad de lo extraordinario. En comprobar que la identidad no necesita pedir permiso cuando se nombra en voz alta y se baila sin disculpas. Que el amor, cuando se vuelve colectivo, deja de ser consigna para convertirse en método.
Porque no fue solo un espectáculo, fue un espejo. Y en ese reflejo, América —toda— se reconoció sin subtítulos, sin traducciones, sin filtros. Un recordatorio sencillo y feroz: no hay que parecerse a nadie para valerlo todo.