La herencia maldita: la 4T asfixia a Claudia Sheinbaum

Claudia Sheinbaum llegó a la presidencia con una narrativa de continuidad y éxito que hoy choca de frente con la realidad. Lejos de recibir un país en transformación, heredó un Estado erosionado, instituciones debilitadas y una sociedad cansada. Una “herencia maldita” que no proviene de los gobiernos del pasado que el obradorismo usó como enemigo retórico, sino del sexenio inmediato anterior: el de Andrés Manuel López Obrador. Un legado tóxico que amenaza con asfixiar a su propio proyecto.

A meses de iniciar su mandato, la ciudadanía comenzó a cobrar a Sheinbaum los costos acumulados de seis años de errores, improvisaciones, mentiras, corrupción y promesas incumplidas. Aunque la narrativa intente deslindarla, la realidad es contundente: gobierna sobre un terreno devastado por decisiones políticas erráticas y una gestión que se basa más en propaganda que en resultados.

La crisis de gobernabilidad es inocultable

El mayor fracaso es la seguridad. Amplias regiones del país permanecen bajo control del crimen organizado sin que el Estado ejerza autoridad. Sinaloa, Sonora, Nayarit, Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Guerrero, Tamaulipas, Zacatecas y otras entidades viven entre ejecuciones, desplazamientos forzados, extorsiones y desapariciones.

La política de “abrazos, no balazos” no pacificó al país; lo entregó. Sheinbaum enfrenta las consecuencias de una estrategia que fortaleció a los cárteles y debilitó a las instituciones civiles encargadas de garantizar la seguridad.

A la crisis de seguridad se suma el desastre financiero y operativo de las obras emblemáticas de la 4T. Dos Bocas no redujo la importación de combustibles ni abarató la gasolina. El Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles y el de Tulum operan de manera limitada y arrastran errores de diseño advertidos desde su planeación. El Tren Maya y el Corredor Interoceánico se convirtieron en los símbolos de la improvisación cuatrotera: descarrilamientos, fallas técnicas, materiales de baja calidad, hundimientos y víctimas mortales y, Mexicana de Aviación, un capricho ideológico que drenó recursos públicos en un contexto de fragilidad fiscal.

La lista de ocurrencias fallidas sigue y es extensa: el Banco del Bienestar, cuarteles militares sin función clara, “Internet para Todos”, la vacuna Patria, los ventiladores, la Mega Farmacia, Gas Bienestar y los nuevos libros de texto. Proyectos anunciados con estridencia propagandística, pero sin planeación, evaluación técnica y ni asomo de rendición de cuentas.

Proyectos que, para muchos, no fueron políticas públicas, sino mecanismos de saqueo y corrupción que beneficiaron a la élite política y empresarial ligada al obradorismo.

Enojo social

El escenario se agrava con los señalamientos persistentes sobre presuntos vínculos entre figuras clave del régimen y el crimen organizado. Nombres como Adán Augusto López Hernández, Mario Delgado y varios gobernadores de Morena aparecen de manera recurrente en investigaciones periodísticas nacionales e internacionales. Aunque el aparato del poder ha blindado cuidadosamente a estos personajes, el descrédito es profundo y termina salpicando directamente a la actual presidenta.

El enojo social ya no es silencioso. Sheinbaum lo enfrenta cara a cara en sus giras. En San Quintín, Baja California, fue recibida por una población harta de engaños y trato despótico. En Poza Rica, Veracruz, damnificados por inundaciones le reclamaron abandono. En Puebla, ciudadanos denunciaron negligencia. Policías retirados exigieron pensiones dignas; madres buscadoras encararon al Estado por la indolencia frente a las desapariciones.

Durante la gira por su Primer Informe de Gobierno, pensionados del IMSS protestaron en León por la falta de medicamentos. En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara fue abucheada. En San José del Cabo hubo protestas por el cierre de playas; en Oaxaca interrumpieron un acto oficial; en la Ciudad de México, la llamada “Generación Z” marchó contra la inseguridad y la corrupción. El patrón del descontento es nacional, transversal y creciente.

Realidad vs discurso

Las protestas no son cosa gratuita ni articulada por “adversarios”, se alimentan del incumplimiento de promesas concretas. El abasto universal de medicamentos no llegó. El “internet para todos” pura ficción, en fin, la narrativa triunfalista perdió credibilidad y ya no convence ni a los propios.

El sol no se tapa con un dedo. Descalificar las protestas, minimizar el desgaste o culpar a la oposición es una estrategia agotada. Regañar a legisladores o pedir “trabajo de tierra” no resuelve un colapso estructural.

Sheinbaum enfrenta una decisión histórica: romper de manera real con el obradorismo o hundirse con él.

El primer paso, bien podría ser una purga profunda del aparato heredado: secretarios, directores y operadores políticos vinculados a los peores excesos del sexenio anterior, incluido el círculo más cercano del expresidente. El segundo, desmontar políticas públicas diseñadas para beneficiar a la élite partidista y reconstruir un Estado funcional.

El margen de maniobra se reduce cada día. Si Claudia Sheinbaum no corta de tajo con la herencia maldita de la 4T, corre el riesgo de pasar a la historia como la presidenta que no corrigió el rumbo, la que permitió que el país terminara por colapsar.

X: @diaz_manuel

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