La ultraderecha mexicana
La ultraderecha en el mundo está teniendo un ascenso cómo hace tiempo no se veía. Su propagación se debe, en parte, a que se ha filtrado como la humedad: silenciosa, persistente y destructiva.
Vemos en redes sociales y en las noticias cómo se hacen publicidad por estrategias de marketing que se suman a la polarización del discurso y radicalización de las posturas, pero…
¿Qué representan realmente estas acciones incendiarias y excéntricas de algunas y algunos políticos de la Ciudad de México? Son estrategias de propaganda y síntoma de una estructura de pensamiento estrechamente ligada al imperialismo y la violencia que hoy asola al mundo.
No se trata de una inocente acción de quitar las estatuas de espacios públicos sin siquiera consultar a los vecinos, o hacer declaraciones para que remuevan las embajadas de gobiernos de la izquierda mundial de una alcaldía solo para dar la nota roja. Detrás de ese espectáculo mediático hay una agenda autoritaria y anti derechos alineada con referentes como Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele o Isabel Díaz Ayuso.
Cuando políticos de la actual oposición en la Ciudad de México se alinean con estas figuras, están aceptando un paquete ideológico completo que incluye el respaldo al genocidio en Palestina, el saqueo de recursos en África y América Latina bajo el disfraz de libre mercado, y la justificación de bombardeos e intervenciones militares en nombre de una “libertad” que solo sirve a los más poderosos.
En la Ciudad de México, esta maquinaria tiene operadores con nombre y apellido:
Raúl Torres, diputado del PAN, al pedir en la tribuna la intervención de Estados Unidos en suelo mexicano, no solo comete una traición a la soberanía; está validando la misma lógica imperialista que ha destruido naciones enteras para imponer intereses ajenos y corporativos.
Mauricio Tabe, alcalde por el PAN en la Miguel Hidalgo, refleja una diplomacia de odio en su intento de solicitar el retiro de las embajadas de Cuba, Venezuela y Nicaragua de su demarcación. Es el mismo aislamiento y desprecio por el derecho internacional que permite que las potencias bombardeen poblaciones civiles sin rendir cuentas ante nadie, tratándolas como enemigos por no alinearse a sus intereses.
Por su parte, la alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega, ha celebrado ataques armados contra países hermanos y retirado ilegalmente estatuas como las de Fidel Castro o el Che Guevara, como intento de borrar la memoria de las luchas antiimperialistas para pavimentar el camino a una ideología que busca silenciar la historia de resistencia. Sumado a ello, tuvo reuniones con Isabel Díaz Ayuso en España, una política cuyas posturas se basan en el desmantelamiento de lo público para favorecer a sus aliados empresariales. Ayuso representa una derecha que dejó morir a miles de ancianos en residencias durante la pandemia, un modelo de crueldad que Rojo de la Vega parece dispuesta a importar.
Podríamos pensar que Gaza, el Congo o Caracas están lejos, pero la mentalidad que permite esas tragedias es la misma que hoy busca gobernarnos aquí. Un político que celebra la violencia en el extranjero es un político que, ante una crisis doméstica, no dudará en usar esa misma violencia contra su propio pueblo.
No es solo un voto por un partido; es una postura frente a la humanidad. Por eso, identificarlos y combatirlos en el terreno de las ideas es, literalmente, una cuestión de supervivencia global.
Alexa Heredia, Politóloga y Administradora Pública de la UNAM