El supra-poder: ICE, CBP y los arquitectos del miedo
No es retórica.
No es exageración.
No es paranoia progresista.
Estados Unidos ha permitido el surgimiento de un supra-poder armado, opaco y prácticamente incontrolable, que actúa por encima de la Constitución mientras finge protegerla. Tiene siglas, presupuesto infinito y licencia tácita para atropellar derechos. Se llama ICE. Se llama CBP. Y opera como Estado dentro del Estado.
No gobiernan, pero deciden destinos.
No legislan, pero imponen miedo.
No juzgan, pero condenan en la calle.
Y lo hacen con una arrogancia inédita: agentes afirmando que no necesitan órdenes judiciales, que pueden detener a quien quieran, cuando quieran, donde quieran. Eso no es seguridad nacional. Eso es poder sin freno. Eso es barbarie institucionalizada.
Génesis del monstruo
ICE y CBP no nacieron como agencias civiles normales. Nacieron del trauma del 11-S, incrustadas en el recién creado Departamento de Seguridad Nacional (DHS), no en el Departamento de Justicia. Desde su diseño original fueron pensadas para operar en excepción permanente, con lógica de guerra interna.
CBP es el muro vivo: fronteras, aeropuertos, puertos, aduanas.
ICE es la cacería interna: redadas, detenciones, deportaciones, irrupciones nocturnas.
Uno contiene.
El otro persigue.
Ambos intimidan.
Con el paso del tiempo dejaron de ser herramientas del poder civil y se convirtieron en centros autónomos de coerción, blindados por sindicatos armados, códigos internos de silencio y una cultura de impunidad que ya no reconoce límites.
¿Quién manda? Nadie… Y ese es el problema
Formalmente dependen del DHS, hoy encabezado por Kristi Noem, secretaria desde enero de 2025. Antes estuvo Alejandro Mayorkas, bajo Biden. Pero engañarse con los nombres es ingenuidad política: el monstruo no obedece al firmante del organigrama.
ICE y CBP ya no responden plenamente al control civil. Responden a sí mismos, a su narrativa interna y a su utilidad política.
Ahí aparece Tom Homan, inflado mediáticamente como “zar fronterizo”. Digámoslo sin rodeos: Homan no gobierna nada. No dirige ICE ni CBP. No tiene mando constitucional real. Es el megáfono del exceso, el legitimador del atropello, el rostro brutal de un aparato que ya no necesita permiso.
No es el líder del monstruo.
Es su propagandista.
Poder armado + discrecionalidad = corrupción
¿Existen vínculos con el crimen organizado? La pregunta correcta no es si existen, sino por qué no habrían de existir. Donde hay poder armado, discrecionalidad extrema y ausencia de escrutinio, la corrupción no es anomalía: es consecuencia.
Casos documentados de sobornos, filtraciones y colusión individual en zonas fronterizas sobran. No es una conspiración. Es matemática del poder.
Los que se relamen
Este supra-poder no es un accidente. Es una mina política. Y varios ya se frotan las manos:
Kristi Noem, la eficiencia autoritaria, vende orden sin derechos.Pete Hegseth, soñando con una política de fuerza abierta, donde ICE y CBP sean el ensayo general de una democracia amputada.JD Vance, paciente, calculador, esperando heredar el movimiento sin cargar con el descrédito.Marco Rubio, el más “moderado” solo en apariencia, traduciendo el autoritarismo al idioma aceptable de las élites.
Todos juegan a futuro.
Y Donald Trump, paradójicamente, empieza a verse como usuario desechable. Útil para incendiar, prescindible para gobernar. El aparato ya aprendió a funcionar sin él. El trumpismo puede sobrevivir a Trump porque el verdadero poder ya no está en la Casa Blanca, sino en agencias que no rinden cuentas.
El riesgo real
Esto no es una dictadura clásica. Eso sería burdo. Es algo peor:
Un Estado que tolera —y explota— poderes que actúan al margen del orden constitucional, amparados en el miedo y normalizados por la costumbre.
El Frankenstein ya camina solo.
Y la historia es implacable: los monstruos no se domestican, se desmantelan.
Quien crea que esto se corrige solo, miente.
Quien lo justifica, es cómplice.
Quien guarda silencio, ya eligió bando.
Porque cuando el poder deja de rendir cuentas, solo la sociedad organizada puede matarlo.
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