Salinas Pliego en los archivos de Epstein: impedido moralmente para la presidencia, debe aprender del alto funcionario eslovaco

El asesor de seguridad nacional del primer ministro eslovaco, Robert Fico, presentó su dimisión después de que nuevos archivos relacionados con Jeffrey Epstein revelaran intercambios de correos electrónicos en los que se hablaba de mujeres jóvenes.

Miroslav Lajčák negó cualquier irregularidad y condenó los crímenes de Epstein. Describió el intercambio como informal y carente de sustancia, pero ofreció su renuncia para evitar que el episodio se utilizara políticamente contra el jefe de gobierno. “No porque haya hecho algo criminal o poco ético, sino porque no quiero que él cargue con los costos políticos de algo ajeno a sus decisiones”, explicó. Fico aceptó la dimisión y destacó la experiencia de su asesor en diplomacia y política exterior.

El Departamento de Justicia de Estados Unidos publicó millones de nuevos documentos relacionados con Epstein, incluidos intercambios de octubre de 2018, cuando Lajčák era ministro de Exteriores. En ese mismo universo documental aparece el empresario conservador Ricardo Salinas Pliego, quien ha expresado aspiraciones presidenciales desde un discurso ultralibertario. Su nombre figura asociado, a través del folio EFTA01794970, a un correo enviado el 2 de marzo de 2011 por John Brockman, fundador de la organización intelectual Edge.

El contexto del mensaje es una invitación colectiva a un evento exclusivo en el que también figuraban Jeff Bezos y Elon Musk. El contenido detalla instrucciones para un acceso privado a un comedor subterráneo cercano a Pine Avenue, evitando la entrada principal de un restaurante, con personal que contaría con una lista y fotografías de los invitados. Conviene subrayar —porque en estos temas la precisión importa— que la aparición de un nombre en archivos o invitaciones no equivale a una imputación penal. Pero tampoco es irrelevante.

La ética pública se construye, sobre todo, con gestos. En democracias maduras, la vara moral no se limita a la ausencia de delito probado; incluye la responsabilidad de evitar cualquier sombra que erosione la confianza ciudadana. Por eso resulta pertinente el contraste: un alto funcionario que, aun negando irregularidades, se aparta para no contaminar al gobierno; y, del otro lado, un empresario que aspira a la presidencia sin reconocer que ciertos entornos —aunque sean de sociabilidad elitista— hoy son políticamente tóxicos.

El debate ya no es jurídico, es político y moral. En lo jurídico, fue vencido y obligado a pagar los millones de impuestos que debe, eso sí, en abonos chiquitos. Ha fracasado su intento de negociar condonaciones desde la élite y a lo más que ha podido llegar, es a acceder a las facilidades que la ley otorga para cualquier ciudadano. Pero esto es peor. Se trata de vínculo directo, invitaciones personalizadas a eventos de pedofilia y abuso contra menores de edad. Peor aún. Desde el país que encabeza la estadística de producción de pornografía infantil, el que tiene las tasas más altas de abuso sexual contra niñas y niños, de eventos donde menores de edad eran subastadas, abusadas y ultrajadas.

La proximidad, directa o indirecta, con el ecosistema que rodeó a Epstein activa alarmas legítimas en sociedades que han aprendido, a golpe de periodismo y de víctimas, que el poder económico suele blindar abusos. En México, además, esa discusión no es abstracta. Coincide con investigaciones periodísticas de largo aliento —como las de Lydia Cacho— que documentaron redes de explotación sexual de niñas, niños y mujeres jóvenes, y con una realidad persistente de impunidad. Coincide con lo inexplicable, con la impunidad… Con las muertas de Juárez, con los cuerpos ultrajados y desmembrados, con la cultura de la pedofilia, con el misterio de norteamericanos que cruzan la frontera para llevarse mujeres que protagonizarían videos extremos tipo “Snuff”, con las niñas colombianas y venezolanas, ucranianas y rusas enganchadas con promesas de una vida mejor en México. Con los escándalos de tortura y prácticas extremas contra las “invitadas” de aquellas fiestas.

Desde una ética mínimamente exigente, nadie vinculado a ese universo debería aspirar a encabezar un proyecto presidencial ni a erigirse en referente moral de movimiento alguno. No porque exista una condena judicial, sino porque la política democrática exige algo más que el mínimo legal: exige ser ejemplar. Salinas Pliego es la cultura del cinismo hecha empresario que aspira a político. Pretender lo contrario normaliza lo inaceptable.

Y sí, habrá quien considere radical sostener que los niños no se tocan, no se violan y no se matan. A esos lectores conservadores, la disculpa es franca y breve. La radicalidad, en todo caso, está en tener que recordarlo.

POR CIERTO… Vale la pena insistir que Epstein solía visitar la Ciudad de México, Playa del Carmen y Cancún. Los últimos sitios coinciden con las investigaciones periodísticas de Lydia Cacho que por años documentaron el tráfico de niñas y niños así como mujeres muy jóvenes.

A partir de la ética primermundista, ningún vinculado a Epstein podría atreverse sostener aspiraciones a la presidencia, ni siquiera a representar un movimiento y mucho menos a ser el rostro empresarial de un grupo. Realmente esa moral es inaceptable hasta para los que son inaceptables.

Una disculpa a los lectores conservadores por sostener la radical idea “zurda” de que los niños no se tocan, no se violan y no se matan. Disculpas, en serio.

X: @ifridaita

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *