La calle manda, los políticos tiemblan

Primavera americana: ciudadanos y cultura marcan los límites que los políticos no lograron fijar

Protestas masivas, canciones de Springsteen, Bruce, Billie Eilish y Taylor Swift, voces de DiCaprio, Damon, De Niro, Banderas y cientos de líderes culturales superan a la política formal. La brutalidad de ICE, la muerte de Pretti y Good, y la tibieza de políticos y aspirantes exponen el vacío de liderazgo. La voz de la gente se convirtió en el árbitro; Trump y su corte sienten que la derrota anticipada ya no es posible ignorarla.

Hay momentos en que algo empieza a cambiar de eje, sin estruendo institucional, pero con gestos que anuncian que el poder dejó de avanzar sin resistencia. Eso es lo que ocurre hoy en Estados Unidos. No porque los políticos hayan despertado, sino porque la sociedad comenzó a empujar con una fuerza que ya no puede ignorarse.

La orden judicial que obliga a la liberación de Liam Conejo Ramos y su padre, Adrián Conejo Arias, con plazo límite al 3 de febrero, es mucho más que un fallo favorable. Es un acto de contención legal frente a un Ejecutivo que había normalizado la arbitrariedad en el control migratorio. Cuando un juez corrige públicamente a la administración, es porque el abuso se había vuelto costumbre.

Ese fallo no llegó en el vacío. Llegó impulsado por la indignación social provocada por los excesos brutales de ICE en Minneapolis y otros lugares. Dos ciudadanos estadounidenses —Renée Nicole Good y Alex Jeffrey Pretti, ambos de 37 años de edad— fueron asesinados a tiros por agentes federales en operativos de inmigración, hechos que han indignado al país y generado protestas masivas contra la violencia institucional.

Las protestas no se limitan a Minnesota: miles de personas han salido a las calles en 47 estados, con huelgas generales, cierres de negocios y levantamientos estudiantiles exigiendo fin a lo que muchos consideran un régimen de violencia por parte de ICE. Familias, estudiantes, comunidades religiosas y trabajadores han dejado claro que la fuerza real proviene de la calle y de la ciudadanía, mientras los políticos observan, hablan o titubean.

En este contexto, una jueza federal negó la solicitud de Minneapolis y Minnesota para frenar la ofensiva de ICE —la llamada Operation Metro Surge— argumentando que el tribunal no podía suspender los operativos en ese momento, aunque reconoció sus efectos perjudiciales. Esto expone que los mecanismos institucionales tradicionales por sí solos no bastan para contener la arbitrariedad del poder ejecutivo.

La sociedad civil respondió con contundencia: la NBPA se solidarizó con Minnesota y con quienes enfrentan la represión, y su posicionamiento ha sido acompañado por movimientos similares en otros deportes y comunidades. Esta solidaridad podría ampliarse a ligas como la de beisbolistas profesionales, reforzando que la presión social y cultural supera con creces a la política institucional en visibilidad y movilización.

Incluso en el terreno cultural se han visto repercusiones directas: Queen anunció que no hará gira en EE. UU., y artistas de enorme influencia han evitado presentaciones mientras persiste el clima sociopolítico de repudio. Esto muestra que el descontento social no solo se expresa en las calles, sino también en decisiones culturales y económicas con alcance global.

En paralelo, la cultura y los líderes de opinión han ocupado el lugar que la política no ha sabido sostener. Artistas, actores, músicos, escritores y figuras públicas como Robert De Niro, Leonardo DiCaprio, Antonio Banderas, Meryl Streep, Tom Hanks, Emma Stone, Scarlett Johansson, Pedro Pascal, Lady Gaga, Taylor Swift, Billie Eilish, Lin‑Manuel Miranda, Margaret Atwood, Isabel Allende, Salman Rushdie, LeBron James, Serena Williams y la NBPA, entre muchos otros, han amplificado la indignación y la conciencia pública, superando la influencia de los políticos.

El golpe simbólico más potente vino desde Minneapolis: Bruce Springsteen lanzó Streets of Minneapolis, una canción de protesta en memoria de Pretti y Good que en pocos días acumuló millones de reproducciones y se convirtió en himno de resistencia ante la brutalidad estatal.

A esto se sumó la presencia pública de Barack Obama y Michelle Obama, dos de las pocas figuras políticas con legitimidad social transversal. Gavin Newsom ha emergido como una de las pocas voces demócratas capaces de atraer atención; gobernadores como los de Minnesota y Nueva York también han hablado. Pero más allá de estas excepciones, no hay un liderazgo demócrata sólido que logre aglutinar a legisladores ni presionar efectivamente a republicanos que hoy se muestran avergonzados o arrepentidos de haber apoyado estas tácticas brutales.

Conviene subrayarlo con claridad: es la gente, solo la gente, la que está empujando este momento. Son las calles, las plazas, los conciertos, las universidades, los tribunales que aún resisten, las redes que amplifican, las conciencias que despiertan. Lo que algunos llaman —con cautela, pero sin ingenuidad—, una primavera americana no nace de estrategias partidistas ni de cálculos electorales, sino del hartazgo social frente al abuso, la arbitrariedad y el mesianismo político. Los liderazgos culturales han sido catalizadores, no conductores. La fuerza real proviene de abajo, de una ciudadanía que dejó de esperar permiso y comenzó a empujar, arrastrando incluso a políticos reticentes a salir de su zona de comodidad.

Todo esto apunta a un fenómeno que el trumpismo subestimó: la gente se movió antes que los políticos. Mientras legisladores calculaban costos y esperaban encuestas, la calle habló. Mientras los partidos discutían estrategias para 2026 y 2028, la sociedad comenzó a fijar límites en tiempo real. Los políticos actúan en escasa medida; su papel es testimonial frente al impulso ciudadano.

Entre Springsteen, DiCaprio, Damon, los ciudadanos que marchan pese al frío y millones que ya no confiarán en la narrativa oficial, la voz de la gente se convirtió en árbitro absoluto. Los políticos, con pocas excepciones, solo hablan o miran; los que sueñan con la presidencia —desde el vicepresidente Vance hasta otros aspirantes— flotan entre complicidad, conveniencia y cálculo interno. Trump y su corte saben que la derrota anticipada ya no es posible ignorarla. El futuro exige un liderazgo social fuerte y estructurado que traduzca esta movilización en poder institucional real. Hasta entonces, la voz más poderosa sigue siendo la de la calle, la plaza, el concierto y la conciencia despierta de millones que ya no esperan permiso.

Opinión.salcosga23@gmail.com

@salvadorcosio1

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