Los no-periodistas del régimen (periodismo sin ñ)
“La censura no siempre calla: a veces habla demasiado.”
George Orwell
Mucho se ha dicho —desde el poder— sobre los “periodistas críticos”. Se les acusa de mentir, de exagerar, de servir a intereses inconfesables. Pero hay algo que deliberadamente se evita nombrar: los principales enemigos del periodismo hoy no son periodistas. Son otra cosa.
Funcionarios que opinan, caricaturistas que disciplinan, comunicadores que cobran del erario y juegan a reportear. Conservan la credencial, el micrófono o la columna, pero renunciaron al oficio. Por eso la ñ importa. Porque no es periodismo. Es propaganda. Y no es crítica. Es castigo.
La 4T no inventó la hostilidad contra la prensa, pero sí perfeccionó algo más eficaz: la sustitución del periodismo por un aparato de comunicación política que simula informar mientras intimida. No se trata solo de callar voces —lo que de por sí es demasiado burdo—, sino de ahogarlas en un ecosistema diseñado para encarecer la disidencia y premiar la obediencia.
Ahí aparecen los nombres, no como anomalías, sino como engranes de un mismo mecanismo.
Rafael Barajas, el Fisgón, dejó hace tiempo de hacer sátira del poder para custodiarlo. Ya no caricaturiza abusos: los justifica. No incomoda al régimen; lo normaliza. Usa el humor no para cuestionar, sino para ridiculizar al disidente, convertirlo en enemigo moral y marcarlo ante la feligresía política. Su pluma ya no apunta hacia arriba, sino hacia quien estorba abajo.
Jesús Ramírez Cuevas no es periodista ni pretende serlo. Es el ingeniero central del dispositivo. Desde la comunicación social del Estado diseñó un modelo donde la mañanera no informa: exhibe. Ahí se dictan sentencias simbólicas, se construyen villanos, se suelta el linchamiento. No responde preguntas; autoriza ataques. Su mérito no es comunicar, sino haber convertido la propaganda gubernamental en un espectáculo cotidiano de disciplinamiento público.
A su alrededor orbita una fauna reconocible. Sabina Berman, que dejó de interpelar al poder para servirle de coartada moral, y junto a ella una nómina no escrita pero perfectamente identificable de pseudoperiodistas cuya función no es informar sino blindar al régimen. Opinadores militantes que se presentan como periodistas, que dicen tener la verdad —y que el otro habla desde la mentira— mientras operan como voceros, justificadores o francotiradores del discurso oficial.
No son voces críticas equivocadas: son operadores conscientes. No fiscalizan al poder; lo escoltan. No preguntan para saber; preguntan para encuadrar. No escriben para incomodar; escriben para disciplinar.
No investigan: alinean.
No contrastan: replican.
No cuestionan: ejecutan.
La estrategia funciona por capas. Primero, la estigmatización. Desde el púlpito del poder se construye el expediente moral del periodista incómodo. No se discute el dato ni el argumento; se cuestiona la intención, el pasado, la supuesta motivación económica. El mensaje no es para él, sino para todos: miren lo que pasa cuando se salen del libreto.
Después, la amplificación coordinada. Opinadores orgánicos, medios alineados y ejércitos digitales repiten la consigna. No importa la verdad; importa el volumen. La repetición sustituye a la prueba y el ruido reemplaza al debate.
Sigue el castigo administrativo. Publicidad oficial selectiva, temas y personajes que se prohibe abordar, exclusiones silenciosas, auditorías oportunas, filtraciones dirigidas. Nadie prohíbe escribir. Simplemente se vuelve inviable hacerlo. La censura ya no necesita decreto: opera por desgaste.
Y finalmente, la sustitución. Periodistas críticos fuera; no-periodistas del régimen dentro. Personas que no informan, sino administran el discurso, con recursos públicos, línea política y absoluta impunidad. Funcionarios sin nombramiento, propagandistas con credencial de prensa.
Aquí está el punto que más incomoda: la 4T no combate al periodismo corrupto; lo reemplaza por una prensa subordinada.
Lo hace, además, con una hipocresía impecable. Se proclama defensora de la libertad de expresión mientras utiliza el aparato del Estado para financiar voces dóciles y hostigar a las incómodas. Denuncia censura mientras practica la coacción indirecta. Presume pluralidad mientras construye un ecosistema donde disentir tiene costo personal, profesional y económico.
No es un exceso. No es un error. Es diseño.
Para el régimen, la prensa no es un contrapeso democrático, sino un problema operativo. Algo que debe ser administrado, neutralizado o reutilizado. De ahí la obsesión por convertir propagandistas en periodistas y periodistas en enemigos públicos.
El resultado es un modelo reconocible: un periodismo que habla en nombre del pueblo, cobra del poder, y golpea al que estorba.
Eso no es periodismo. Es control político con forma de columna. Es propaganda con retórica moral. Es el periodismo sin ñ.
Y mientras sigan ocupando micrófonos, caricaturas y espacios públicos para disciplinar en lugar de informar, conviene decirlo sin rodeos: no son periodistas atacados por el poder. Son el poder fingiendo que hace periodismo.