La prensa estadunidense en manos de un tirano

Sin duda, México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo, pero en Estados Unidos la relación del presidente Trump con los medios de comunicación está muy lejos de ser amigable.

En este segundo mandato del magnate que ha puesto al mundo al borde de un ataque de nervios, la prensa no ha sido la excepción. La política de comunicación del Pentágono se ha vuelto restrictiva en exceso, tanto que muchos colegas han preferido retirarse, dando paso a que medios afines al gobierno sean los que tomen la batuta. Se aplica la misma narrativa de “no pago para que me peguen” que funcionó a la perfección en México ya hace varios sexenios. La misma, pero más fea. Trump es un tirano en toda la extensión del término.

También se ha sabido que medios considerados opositores han sido amenazados con retirarles sus licencias de transmisión. Asimismo, se supo de un allanamiento del FBI en el domicilio de una periodista del Washington Post, condenado por redacciones y asociaciones de defensa de la libertad de prensa como una posible amenaza a los derechos de los periodistas y a sus fuentes confidenciales. Además, se sabe que se han interpuesto demandas por difamación contra empresas de medios de comunicación.

Todo esto es grave, muy grave.

La percepción de que el segundo mandato presidencial de Donald Trump ha rebasado los límites en la crítica y la denostación de la labor periodística es un tema que ha generado amplios debates en Estados Unidos y en el ámbito internacional. Desde su primer mandato la relación entre la administración y los medios de comunicación ha sido de alta tensión, pero diversas voces dentro del mundo periodístico y de las organizaciones defensoras de la libertad de expresión señalan que ahora de plano se volaron la barda.

Trump ha insultado a periodistas, especialmente a mujeres, a quienes ha calificado en forma vulgar, diciéndole “cerda”, “estúpida” y otros adjetivos que no vale ahora nombrar.

Encima, las declaraciones públicas del presidente, en las que ha calificado a medios específicos como “prensa falsa” y ha cuestionado la credibilidad de reporteros y redacciones enteras, han sido constantes. Estos términos no solo buscan desacreditar la información que difunden, sino que también pueden contribuir a crear un clima de desconfianza entre la ciudadanía y los medios de comunicación.

Ser periodista en el país del norte se está convirtiendo en algo muy peligroso, tanto, que los continuos ataques a la prensa estadounidense suben cada vez más de tono y se llega a criminalizar el trabajo de las y los comunicadores. Un riesgo latente en una nación gobernada por alguien que a todas luces, no está en sus cabales.

Este conflicto, de escalar, se sumará a las innumerables crisis sociales que ya se viven en tierras del tío Sam, hoy, tierra de nadie.

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