Gobernar con miedo: Homan al mando y la legitimidad de la resistencia cívica

No es una imagen. No es un video viral. No es un “caso sensible”.

Liam es una prueba.

La prueba de que el gobierno de Donald Trump ha cruzado una frontera moral y constitucional: la conversión de la crueldad en política pública.

Liam Conejo Ramos es un niño detenido por autoridades federales dentro de Estados Unidos. No en la frontera. No en tránsito. Dentro del país. Encerrado junto a su padre en condiciones que abogados y defensores describen como inhumanas incluso para adultos: agua contaminada, alimentos en mal estado, trato degradante, encierro prolongado. Un niño convertido en instrumento de intimidación estatal.

No es un error.

No es un exceso.

Es una decisión del ejecutivo federal.

Durante décadas, incluso en los momentos más duros del discurso migratorio, existió una línea roja: los niños no se usan como escarmiento. Esa línea fue borrada. ICE detiene bebés, niños y adolescentes con respaldo explícito de la Casa Blanca. No es negligencia. Es doctrina.

Y frente a la indignación, Trump no corrige: endurece.

La salida de Gregory Bovino no fue una rectificación. Fue un relevo hacia arriba en la escala de brutalidad. En su lugar aparece Tom Homan, nombrado “zar de la frontera”: veterano de políticas punitivas, defensor declarado de redadas internas, opositor frontal de ciudades santuario y convencido de que la fuerza no sólo se ejerce, sino que se exhibe. Homan no llega a apagar incendios. Llega a imponer disciplina por miedo.

No actúa solo. Forma parte de un núcleo ideológico cohesionado que empuja esta deriva:

El vicepresidente que normaliza la violencia como “defensa”.

La secretaria de Seguridad que recicla sin pudor el discurso del enemigo interno.

La secretaria de Prensa que miente con altanería desde el podio.

Y el propio Homan, operador del castigo.

No son improvisados. Son convencidos.

En ese contexto surge la farsa del supuesto “acuerdo” con el gobernador de Minnesota, anunciado con soberbia desde la Casa Blanca. Ese acuerdo no existe. No ha sido firmado ni avalado por el estado. Es una ficción unilateral para fabricar cooperación donde hay rechazo.

Más grave aún: el contenido propuesto no protege a la gente. Todo favorece al ejecutivo federal. Bajo ese esquema, los gobiernos locales quedarían reducidos a subcontratistas de la represión, haciendo el trabajo sucio mientras Washington se deslinda. No hay compromisos para frenar abusos. No hay límites claros a ICE. No hay garantías para menores ni ciudadanos. No es coordinación: es coacción.

Por eso el gobernador no lo avala ni lo hará. Porque aceptarlo sería legitimar la barbarie.

Minnesota se ha convertido en advertencia nacional: un gobernador activando la Guardia Nacional no para reprimir protestas, sino para proteger a la población de la actuación federal. Esa imagen es clave. No es rebelión. Es autodefensa institucional frente a un ejecutivo que ha dejado de reconocer límites.

Aquí conviene decirlo sin rodeos: la resistencia cívica es legítima cuando el poder se vuelve abusivo. No sólo es legítima; es necesaria. Y lo que hoy se observa en las calles no es una conspiración política, sino la reacción de ciudadanos —muchos de ellos estadounidenses— que se niegan a aceptar que el miedo sea la nueva norma.

La historia es clara: cuando el poder concentra fuerza armada, desprecia a los jueces, miente a los gobiernos locales y usa niños como mensaje, la obediencia deja de ser virtud. La resistencia pacífica, organizada y cívica se convierte en deber democrático.

Liam no entiende de política.

Pero su detención dice más sobre Estados Unidos que mil discursos.

Dice que el poder perdió vergüenza.

Dice que la ley se volvió selectiva.

Dice que la crueldad dejó de ser un error y pasó a ser método de gobierno.

Estados Unidos aún puede corregir.

Pero no lo hará desde este Ejecutivo.

Cuando el gobierno gobierna con miedo, la legitimidad se traslada a la sociedad. Así ocurrió en otros momentos oscuros. Así vuelve a ocurrir ahora.

Liam no debería ser un símbolo.

Pero lo es.

Y la pregunta final ya no es abstracta, es urgente y profundamente política:

¿Quién asumirá el liderazgo cívico capaz de frenar a un gobierno que, con Homan y su círculo al frente, ha decidido gobernar mediante el terror y la barbarie más denostable?

X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinión.salcosga23@gmail.com

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