¿El sueño americano y la pesadilla latinoamericana?
La justicia social que no tienen millones de personas desde hace décadas, ha provocado que las y los mexicanos, y latinoamericanos viajen a Estados Unidos en busca de una mejor calidad de vida. Sin embargo, las extremas políticas migratorias de EU, del presidente Donald Trump, son una pesadilla; alcanzar el sueño americano es tortuoso.
Las y los migrantes son tratados como delincuentes, perseguidos por la patrulla fronteriza, y el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas. México, es el segundo país expulsor de migrantes más importante a nivel mundial.
En 1931 el historiador James Truslow Adams, definió el sueño americano: “El sueño de una tierra en la que la vida debería ser mejor y más rica y plena para todos, con oportunidades para cada uno según su capacidad o logros”.
Ser migrante es un derecho humano, plasmado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y las autoridades tienen que respetarlo; lamentablemente, los gobernantes de México han provocado que muchos paisanos y paisanas hayan decidido irse a vivir a Estados Unidos para mejorar su calidad de vida, encontraron un refugio temporal, ante las problemáticas económicas, educativas, sanitarias y de seguridad que vivieron en sus lugares de origen.
“Se calcula que residen en el mundo 12.3 millones de personas migrantes mexicanas. El 97.0%, más de 12 millones, reside en Estados Unidos. Esto convierte a México en el segundo país expulsor de migrantes más importante a nivel internacional”. (Departamento de BBVA Research, 2024).
Gobernantes de diferentes colores partidistas no han logrado mejorar la calidad de vida, aunque lo prometan a través de sus discursos, en ocasiones elocuentes, pero incumplibles.
Los gobiernos presumen “sus logros” con las remesas que llegan a México, porque para ellos el éxito se mide por la capacidad de enviar dinero, sin importar las desgracias por las que atraviesan las y los migrantes, así como sus familias, no importa que sean amenazados, golpeados, encerrados, quemados, encarcelados o asesinados, que sean víctimas de la trata de personas o del crimen organizado.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desde su primera campaña presidencial (2016), colocó a la migración latinoamericana como uno de los ejes centrales de su discurso político, utilizó un lenguaje duro y estigmatizante, asociando a los migrantes con criminalidad, tráfico de drogas, pandillas y pérdida de empleos para ciudadanos estadounidenses normalizó la xenofobia y el racismo.
El problema de fondo no es el actuar de Donald Trump sino las fallidas políticas públicas de muchos gobiernos de México y América Latina, la falta de oportunidades y violencia, dejaron crecer la maldad.
Una maldad que no tiene vigencia, por más que se “esfuercen y se rasguen las vestiduras” es casi imposible acabar con ella y llegar al desarrollo sostenible en el 2030, una promesa que hicieron los países con Naciones Unidas, no la cumplirán; signan documentos por doquier, pero continúan violando los derechos humanos de los pueblos cansados de injusticias.
Sí injusticias sobre las mesas de las casas u hogares, porque no hay alimentos para poder sobrevivir, en un planeta en donde sobreviven las mayorías y viven las minorías.