El tejido social: la obra más importante que casi nadie ve
Últimamente he pensado mucho en esto: en lo rápido que se mueve todo y en lo poco que a veces nos detenemos a mirarnos como sociedad. Vivimos rodeados de noticias, opiniones, tendencias, enojos, posturas. Todo cambia de un día para otro. Pero hay algo que casi nunca entra en la conversación y que, en realidad, sostiene todo lo demás: la forma en que nos estamos relacionando entre nosotros.
Un país no es solo lo que se construye hacia arriba, también es lo que se sostiene hacia adentro en nuestras vidas cotidianas.
Hay una obra que no se presume, que no se inaugura, que no tiene placas ni fotos oficiales. No se ve, pero se siente. Es la que se construye cuando una colonia deja de ser solo un conjunto de casas y se convierte en un lugar donde la gente se conoce, se habla, se cuida. A eso le llamamos tejido social. Aunque suene a concepto grande, en realidad es algo muy simple: personas conectándose con personas.
El tejido social aparece cuando un joven encuentra un espacio donde sí importa. Cuando una familia deja de sentirse sola. Cuando hay alguien que escucha. Cuando hay organización. Cuando hay comunidad. Todo eso, aunque no aparezca en titulares, cambia realidades.
Algo que he confirmado en este camino es que seguimos cargando una idea bien injusta: que ser joven es sinónimo de no estar listo. De no saber. De no poder. Yo veo otra cosa. Veo a muchos jóvenes que ya están participando, proponiendo, organizando, cuidando, levantando proyectos, acompañando procesos. Jóvenes que no están esperando “su momento”, porque entendieron que el momento es ahora.
La edad no define la capacidad. La define el compromiso y en estos años me ha tocado estar en colonias, escuelas, espacios comunitarios, actividades sociales. Platicar con vecinos, con niñas y niños, con mamás, con adultos mayores, con voluntarios. Hay algo que se repite: cuando la gente se encuentra de verdad, cuando dejan de verse como extraños y empiezan a verse como parte de algo, pasan cosas. Se ordenan ideas. Se generan acuerdos. Se abren caminos. Se construye confianza y se abre paso a la esperanza.
Ahí es donde ocurre lo más importante. No en el discurso, sino en lo cotidiano. En quien presta su tiempo. En quien se involucra. En quien propone. En quien acompaña. En quien deja de preguntar “a quién le toca” y empieza a decir “yo me sumo”.
El tejido social no aparece solo. Se va armando. Con presencia. Con constancia. Con acciones chiquitas que, juntas, pesan. Se arma cuando alguien decide no vivir desconectado de lo que pasa a su alrededor. Cuando entiende que comunidad no es un concepto, es una práctica.
Por eso creo que hoy vale la pena hacernos preguntas simples, pero poderosas:
¿Dónde estoy poniendo mi tiempo? ¿Desde dónde estoy participando? ¿En qué espacio puedo ser útil? No para salvar nada, sino para sostener. Para cuidar. Para sumar.
Ningún país se sostiene solo con obras, leyes o discursos. Se sostiene con vínculos. Con gente que se involucra. Con jóvenes que no se hacen a un lado. Con personas que entienden que el futuro no es algo que se espera… es algo que se construye, todos los días, con otros. En resumidas palabras, la verdadera esencia del tejido social vive en nuestra acciones, en nuestros pensamientos y actitudes… y en un país, donde la costumbre de pedirle todas las soluciones al gobierno, se ha vuelto ley, es imperativo retomar nuestra responsabilidad ciudadana y ser los arquitectos del cambio que deseamos.