El estado de excepción siempre llega “por seguridad”

El 27 de enero no es una fecha para ponerse solemnes y seguir. Hoy se conmemora el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Es un recordatorio incómodo: la deshumanización no empieza con un grito; empieza cuando el poder se da permiso de tratar a alguien como cosa.

En estos días, Estados Unidos volvió a mostrar cómo se ve ese permiso cuando se vuelve práctica.

En Minnesota se documentó el caso de un niño de cinco años detenido junto con su padre por agentes federales. Se señaló públicamente que lo habrían hecho tocar la puerta de su casa para ver si había más personas adentro, usándolo como “carnada”. La autoridad lo negó y ofreció otra versión. Pero el hecho que no se puede maquillar es este: un menor quedó atrapado en una lógica de detención y traslado.

Y hubo otro cuadro igual de elocuente: un operativo en el que un ciudadano fue sacado de su casa y llevado a la nieve prácticamente semidesnudo, esposado, sin permitirle vestirse, con temperaturas bajo cero. Podrán llamarlo “procedimiento”; el mensaje social es humillación como método.

A estas alturas ya no estamos discutiendo “migración”. Estamos discutiendo estado de excepción: cuando la urgencia se vuelve coartada, cuando la ley se vuelve herramienta selectiva y cuando la dignidad pasa a ser un detalle negociable.

El estado de excepción nunca se anuncia como estado de excepción. Se anuncia como “eficiencia”, “mano dura”, “orden”. Con esa envoltura se normaliza lo que antes habría sido intolerable: el trato degradante, la intimidación como técnica, la infancia convertida en pieza operativa. Y cuando lo intolerable se vuelve paisaje, se institucionaliza solo.

Aquí el 27 de enero deja de ser historia y se vuelve detector. No para hacer analogías fáciles —eso sería irresponsable— sino para reconocer el mecanismo: primero cambian las palabras; luego cambian los métodos; al final cambia la conciencia pública.

México no puede ver esto como espectáculo ajeno. No por antiamericanismo: por realismo. Lo que se normaliza allá presiona acá.

Por eso importa lo que se dijo en estos días desde Palacio: ayer, tras la visita del director del FBI y el ruido sobre supuestas “operaciones binacionales”, la presidenta Claudia Sheinbaum fue tajante: no hay operaciones conjuntas de agencias estadounidenses en territorio mexicano; esas agencias conocen sus límites conforme a la ley mexicana. Eso no es pleito: es soberanía operativa.

Y vale sostener una frase simple, de política de Estado, no de moralina: cooperación no puede significar permiso. Coordinación e intercambio de información, sí. Carta blanca, no.

El 27 de enero sirve para una sola advertencia útil: el poder, cuando quiere desatarse, siempre encuentra una coartada. La pregunta no es si la coartada suena convincente. La pregunta es si vamos a aceptar que, en nombre de la seguridad, se vuelva normal lo que debería ser inadmisible.

Porque cuando un Estado se permite usar a un niño como herramienta, el problema ya no es migración. Es civilización.

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