Los sueños imperialistas de Donald Trump
El presidente Donald Trump se supera a sí mismo cada día. El discurso que pronunció hace unos días en Davos, Suiza, no tiene precedente en la historia de Estados Unidos y del mundo. Imbuido de una arrogancia, petulancia, soberbia y falta absoluta de talante como jefe de Estado, el mandatario estadounidense se mostró como es: un narcisista delirante, sediento de poder, con expedientes criminales pendientes y que no busca algo más que el engrandecimiento de su propio ego. Su participación en el Foro Económico Mundial ha sido vergonzosa.
Entre burlas infantiles al presidente Emmanuel Macron y su confusión entre Groenlandia e Islandia, Trump evidenció no solamente su carácter, sino su deseo de ver arder el planeta con el simple propósito de satisfacerse.
En adición, el riesgo persistente es que Trump es presidente de Estados Unidos. Si bien pueden existir resistencias en el seno de su administración y en el Departamento de Guerra (otrora Departamento de Defensa), el sujeto es comandante supremo de las fuerzas armadas y, por lo tanto, tiene las competencias para provocar un desorden mundial de magnitudes colosales.
Trump, lejos de ser un demócrata, es un dictadorzuelo inserto en una democracia liberal que aún funciona. Se recordará que hombres cercanos a su círculo de gobierno durante su primera administración hicieron sonar las alarmas ante su carácter errático. La CIA, el FBI y los militares, en vez de informar a la Casa Blanca sobre los asuntos de seguridad nacional, optaban en su momento por filtrar la información a diarios como The New York Times.
A pesar de estas advertencias y de la evidencia en torno a sus acciones para descarrilar el triunfo de Joe Biden en 2020, los estadounidenses le votaron de nuevo cuatro años más tarde. Desde su regreso a Washington, de acuerdo a fuentes como el Times, Trump ha sumado a su fortuna la cantidad de 1,400 millones de dólares como resultado de sus “negociaciones”.
El presidente estadounidense sueña con ser como Vladimir Putin, Xi Jinping y Recep Erdogan. Antes de acostarse por las noches, debe contemplarse como el hombre fuerte que pasará a la historia de Estados Unidos como el más grande mandatario que jamás ha pisado la Tierra. Le hace ilusión convertirse en un nuevo Lincoln, y fantasea con la idea de comprar territorios como lo hizo su antecesor con Alaska a finales del XIX.
En contraste, debe sentirse profundamente afligido al pensar que deberá dejar la presidencia en 2028, mientras que sus homólogos ruso y chino continuarán en el cargo. La realidad debe perturbarle; no por sus deseos de defender los intereses de su país, sino por su ego desbordado y enfermizo.
Trump sueña con apoderarse de Groenlandia no porque esté interesado en defender los intereses estadounidenses en el Ártico, sino porque mira con recelo lo que Putin ha hecho con Ucrania. Lo envidia y admira, a la vez. En su voluntad desmedida de presentarse como el presidente ruso, fantasea con ver su imagen impuesta a la fuerza sobre el territorio danés, y así poder acercarse a los logros alcanzados por los rusos en el este de Europa.
Trump está en curso de destruir lo que queda del orden internacional. Arrastrado por sus ambiciones, ha amenazado a los aliados de la OTAN, hasta el límite de declarar que el soporte brindado por Estados Unidos a la alianza atlántica ha sido “gracias a él” echando a un lado cualquier consideración histórica hacia el rol de su país desde 1945. Patético.
Con miras a las elecciones intermedias de noviembre de este año, se espera que una nueva mayoría demócrata en la Cámara de Representantes erija un muro firme ante un presidente que ha perdido los estribos y que ha puesto en peligro la seguridad del mundo.